Chiapas: de la frontera medusaria a la frontera como apertura existencial

Chiapas: de la frontera medusaria a la frontera como apertura existencia

El uso de la palabra

Dr. Raúl Vázquez Espinosa

Las fronteras de nuestro país caen, como dijo Mario Payeras, arbitrariamente en un ambiente natural más vasto. El bosque tremendo y fuerte comienza en las selvas y sierras de Chiapas, frontera biológica en la que un Chiapas montañoso, de lluvias interminables y árboles inmensos, aparece habitado, cito de nuevo a Payeras, por “dantas, jaguares y venados, drenado en el riñón por ríos en que las crecientes arrastran hacia el mar bosques inmemoriales”. Entretejida con esta frontera geográfica y biológica se vive, día a día, la frontera cultural y existencial; una frontera atravesada por políticas, economía, mercado, migración y saturación existencial, pero, sobre todo, diseñada desde la modernidad ilustrada y consolidada por la visión norteamericana de entre siglos (XIX y XX).

Desde esta perspectiva, delineo un concepto de frontera como línea/umbral estatal. Este límite, en su sentido “convencional”, privilegia la delimitación jurídica, el control territorial, la soberanía y la seguridad, reduciendo la frontera a un “borde” administrable: aduanas, migración, policía, mapas. Con frecuencia, esta frontera línea/umbral estatal se encuentra sometida a disposiciones internacionales y a los vaivenes de los países hegemónicos; en nuestro caso, principalmente a las políticas anglo-norteamericanas. Como apunta Andrés Fábregas Puig, esta noción forma parte del discurso político norteamericano y surge con la formación del Estado nación de Estados Unidos en la colonización de la “tierra de nadie”, formulada por Frederick Jackson Turner en su ensayo “El significado de la frontera en la historia americana”, publicado en 1893. Turner dota a la frontera de mitología, contenido simbólico y definiciones que aún hoy persisten. A partir de ese texto, se han producido innumerables libros y el cine de Hollywood ha cumplido una función ideológica clave en la difusión de la idea norteamericana de frontera.

Esta frontera tradicional como línea/umbral estatal ha sido, y sigue siendo, el concepto privilegiado por las políticas aplicadas al fenómeno fronterizo. Sin embargo, existen elementos más profundos que desbordan esta definición y que es necesario atender. Parto, entonces, de la frontera entendida como región. Fábregas Puig propone pensar la frontera como un espacio que organiza relaciones socioculturales y económicas, y no solo como un trazo cartográfico. Señala que “regiones y fronteras son resultados diversos de experiencias humanas variadas, no solo concretas, sino cambiantes”. En términos ecológico-culturales, la introducción de nuevas adaptaciones configura contextos transformativos que se integran a prácticas y experiencias temporal y espacialmente situadas. Dicho de otro modo, la frontera como región implica una vivencia profunda de prácticas y experiencias donde el tiempo acontece en un lugar (prefiero este término) delimitado por ciertas dimensiones y acotamientos. Como señala el antropólogo chiapaneco, se trata de momentos de cambio en las prácticas humanas, de vivencias que se transforman en contextos concretos. En este proceso interviene la inmersión de unas formas de vida en otras, que no siempre se da desde el diálogo o la apertura, sino desde el conflicto propio de las fronteras del Estado nación.

En este marco, resulta pertinente incorporar la categoría de Alain Basail Rodríguez, quien entiende la frontera como una situación de desbordamiento. La imagen de lo “medusario” se propone aquí como figura crítica de proliferación y extensión: la frontera se fragmenta en efectos, conexiones y tensiones que se expanden más allá de un límite fijo. Para Basail, la frontera des-bordada enfatiza que no se trata solo de una línea, sino de un proceso marcado por flujos, tensiones y multiplicidad de afectaciones y subjetividades. La frontera así entendida es la frontera vivida, aquella que desborda la línea/umbral estatal, sus leyes, políticas y programas de atención. Este desbordamiento desdibuja la solidez del umbral fronterizo, pues, como señala el autor, la frontera se encuentra “desbordada por flujos humanos, desterritorializaciones de identidades colectivas y del capital, proyectos geopolíticos, pactos internacionales y múltiples formas de representación en discursos políticos, mediáticos y artísticos”. Basail explica este proceso tanto en sentido metafórico, como un tejido artesanal que se hace y se deshace, como en sentido material, asociado a desastres climáticos en los que ríos, presas o mares se salen de sus cauces. En este punto, Chiapas aparece a medio camino entre la frontera del Estado nación y el desbordamiento.

Por otro lado, Chiapas es también una frontera histórica, como señala Jan de Vos. El historiador afirma que, dentro del conjunto geopolítico y sociocultural de la Frontera Sur de México, Chiapas es la región fronteriza por excelencia. De 1531 a 1821 formó parte extrema del Reino de Guatemala y, a partir de 1824, se constituyó como el estado más sureño de la República Mexicana, colindando con Guatemala a lo largo de su flanco oriental. Así, Chiapas fue región fronteriza durante más de cuatro siglos y medio, lo que implicó vivir aislada y subordinada a los intereses de los centros de poder que le correspondieron sucesivamente. Esta condición se ha mantenido hasta el siglo XX, cuando Chiapas se convierte en territorio de contención social, económica y política de la Frontera Sur.

Desde esta experiencia histórica, propongo pensar a Chiapas como una “frontera medusaria” (expresión de José Lezama Lima). Se trata de una frontera nacida de los objetivos liminares del Estado nación y, al mismo tiempo, sometida a los vaivenes históricos de los centros de poder político. Es medusaria porque funciona como un palimpsesto: un territorio de superposición de tiempos coloniales, republicanos y contemporáneos. Es también una “costura” conflictiva, un espacio donde Estados, economías y resistencias han interpelado constantemente el sentido de comunidad y soberanía. En este sentido, es una frontera des-bordada, atravesada por procesos simbólicos y, sobre todo, existenciales. Chiapas opera tanto como frontera con Centroamérica como pliegue interno de la nación mexicana, producto de desigualdades y relaciones centro-periferia. En la frontera medusaria confluyen prácticas, temporalidades, símbolos, tradiciones en conflicto, procesos naturales, pactos y políticas que no logran concretarse. De ahí que la frontera chiapaneca se encuentre en un tiempo de urgencia: el de redefinir sus sentidos y procesos, y dotarlos de significados más existenciales. En este horizonte, Chiapas puede reconfigurar la frontera como apertura existencial.

Desde el inicio, conviene recordar, como señala Daniel Villafuerte Solís, que la Frontera Sur es un lugar en construcción. No es un objeto dado, sino una operación política y discursiva que se transforma con tratados, planes regionales, políticas de seguridad y migración. Sin embargo, la frontera en Chiapas es, ante todo, una frontera humana, cargada de símbolos, construcción cultural y sentidos compartidos. La frontera medusaria genera movilidad, política y producción simbólica hegemónica; se materializa en dispositivos que clasifican, permiten o bloquean la movilidad, produciendo narrativas y prácticas contradictorias. Cada política o plan introduce nuevos tentáculos (controles, Estados, burocracias, tecnologías) que alimentan esta condición medusaria.

Por ello, pensar la frontera como apertura existencial implica apelar a la hospitalidad y a la posibilidad del nosotros. Para Dariana Ivonne Lizardi Godínez, en su ensayo “Hospitalidad y frontera: pensar el umbral del otro”, la frontera deja de ser una barrera física para concebirse como un espacio de encuentro interpersonal y ético, donde la hospitalidad auténtica supone riesgo y apertura al otro. Desde esta mirada, Chiapas no puede reproducir el discurso de la otredad; es necesario pensarnos como un nosotros existencial, una comunidad entrelazada por procesos que nos desbordan, pero que nos unifican en lo humano. Retomar la hospitalidad implica pensar el límite mismo de lo humano, pues acoger al otro puede transformarnos, desplazarnos e incluso desestabilizar nuestro propio sentido de identidad. Como advierte la autora, en muchas fronteras —como la MEX-EUA— la hospitalidad se reduce a controles, burocracias y sospechas, convirtiendo la acogida en un trámite.

Lizardi Godínez retoma de Jacques Derrida la idea de una hospitalidad incondicional: una apertura radical al otro, sin preguntas ni condiciones, que, aunque imposible, funciona como imperativo ético. Esta hospitalidad desborda las condiciones políticas y revela otra forma de existencia frente a la frontera. En el caso de Chiapas, nos encontramos en un momento en el que irrumpen nuevos sentidos históricos capaces de desdibujar lo imposible y construir otras prácticas y experiencias fronterizas; no desde el otro, sino desde un nosotros surgido de esta región. La frontera es una experiencia existencial porque no se reduce a una división geográfica, sino que constituye un umbral donde se confrontan miedo, comunidad, empatía y exclusión. Pensar a Chiapas como lugar de apertura existencial, frente a la frontera medusaria, implica asumir un umbral de hospitalidad que invite al encuentro ético con el otro, no como amenaza, sino como posibilidad de transformación del sentido de identidad y comunidad. Esta apertura no niega la violencia ni la exclusión, pero afirma que otra forma de habitar la frontera es posible, una en la que el gesto de acoger sea también un acto de rehumanización.

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