En el cruce del camino
Fernando Castellanos Cal y Mayor
Hay países que llegan a una elección buscando un gobierno. Colombia parece estar llegando a la suya buscando una respuesta.
A pocos días de la segunda vuelta, el ambiente político en Bogotá se parece menos a una campaña tradicional y más a una cuenta regresiva. No hay tranquilidad en la Casa de Nariño. No la hay en los cuartos de guerra de los candidatos. Tampoco en los mercados, en los medios o en una sociedad que lleva meses escuchando que esta elección puede definir mucho más que un simple relevo presidencial.
Porque Colombia no está votando únicamente por un presidente.
Está votando sobre el legado de Gustavo Petro.
Y eso cambia por completo la naturaleza de la contienda.
La primera vuelta dejó dos certezas. La primera es que el petrismo conserva una base política sólida, movilizada y convencida de que el proyecto iniciado hace cuatro años todavía tiene tareas pendientes. La segunda es que existe un sector igualmente amplio de la sociedad que considera que ese ciclo debe terminar ahora.
Entre ambas visiones se encuentra el país.
De un lado, Iván Cepeda y Aida Quilcué intentan convencer a los colombianos de que la transformación emprendida por el gobierno actual aún no ha concluido. Su campaña se ha concentrado en defender avances sociales, fortalecer la narrativa de inclusión y advertir sobre lo que consideran un riesgo de retroceso. El mensaje es claro: corregir sí, regresar no.
Del otro lado, Abelardo de la Espriella y José Manuel Restrepo han entendido que el terreno más fértil no está en los debates ideológicos sino en las emociones. Seguridad, autoridad, confianza institucional y recuperación económica son las palabras que dominan sus discursos. De la Espriella, “El Tigre”, ha construido una candidatura que no pide paciencia. Promete acción.
Y ahí está el corazón de esta elección.
No se trata únicamente de izquierda contra derecha. Se trata de dos lecturas completamente distintas sobre la realidad colombiana.
Para unos, el país atraviesa un proceso de cambio inevitable que necesita tiempo para consolidarse. Para otros, Colombia vive una pérdida de control que exige una corrección inmediata.
Cuando una sociedad llega a ese punto, las campañas dejan de hablarle a la razón y comienzan a hablarle al estado de ánimo colectivo.
Eso es exactamente lo que está ocurriendo.
Las últimas semanas han mostrado una estrategia cada vez más agresiva de ambos bandos. El petrismo busca nacionalizar el miedo a una eventual restauración conservadora. La oposición intenta convertir la elección en un referéndum sobre la gestión de Petro. Ninguno está discutiendo únicamente el futuro. Ambos están peleando por imponer la interpretación del pasado reciente.
Por eso Gustavo Petro aparece en todas partes sin estar en la boleta.
Su figura domina la conversación. Cada discurso de Cepeda es leído en función de Petro. Cada ataque de De la Espriella tiene como destinatario final a Petro. La elección gira alrededor de un hombre que formalmente no compite, pero que políticamente sigue siendo el protagonista principal.
Y eso explica buena parte de la tensión.
Porque si el petrismo pierde, no sólo perdería una elección. Perdería la oportunidad de consolidar un proyecto político que tardó décadas en llegar al poder. Si la oposición pierde, podría enfrentar la consolidación de una corriente que hace apenas unos años parecía imposible en Colombia.
Por eso nadie puede darse el lujo de perder.
Mientras tanto, fuera de Colombia también se hacen cuentas.
Washington observa con atención. No por afinidad ideológica, sino por interés estratégico. Colombia sigue siendo una pieza fundamental en materia de seguridad, narcotráfico, migración y estabilidad regional. La administración estadounidense trabaja desde hace semanas preparando escenarios para cualquiera de los dos resultados. Lo importante para la Casa Blanca no es quién gane, sino qué tan gobernable será el país al día siguiente.
Esa es la verdadera preocupación.
Caracas observa desde otro ángulo. Una victoria de De la Espriella modificaría significativamente la relación bilateral y endurecería el discurso frente al gobierno de Nicolás Maduro. Una victoria de Cepeda representaría continuidad y previsibilidad.
Brasil también sigue la elección con enorme interés. Lula entiende que Colombia es uno de los pilares políticos de Sudamérica. Chile observa. Argentina observa. Ecuador observa.
Y México debería hacerlo también.
Porque muchas de las discusiones que hoy atraviesan a Colombia son inquietantemente familiares para el resto de América Latina: seguridad pública, polarización, desconfianza institucional, crimen organizado y una creciente demanda ciudadana de resultados inmediatos.
La pregunta que recorre Colombia no es quién tiene el mejor programa de gobierno.
La pregunta es quién puede devolver certidumbre.
Y esa diferencia es enorme.
Las campañas han entrado en la fase más peligrosa. La de las emociones finales. La de los respaldos inesperados. La de los rumores. La de las operaciones políticas silenciosas. La de los votantes indecisos que terminarán definiendo el resultado.
Nadie parece tener una ventaja definitiva.
Y quizá por eso la tensión se siente en todas partes.
Porque Colombia no está eligiendo únicamente a su próximo presidente.
Está decidiendo cómo quiere recordar los últimos cuatro años y, sobre todo, cómo quiere enfrentar los próximos cuatro.
Algunas elecciones cambian gobiernos.
Otras cambian el rumbo de una nación.
La del próximo 21 de junio parece pertenecer a la segunda categoría.
Y cuando un país llega a una cita con la historia cargando tantas expectativas, tantos temores y tantas cuentas pendientes, el resultado deja de ser una simple estadística electoral.
Se convierte en un punto de inflexión.
Ahí, exactamente ahí, es donde volvemos a encontrarnos en el cruce del camino.










