El uso de la palabra
Dr. Raúl Vázquez Espinosa
La literatura occidental nació bajo el signo del regreso. Desde los poemas homéricos, el viaje no constituye únicamente un desplazamiento sobre el espacio, sino una experiencia mediante la cual el ser humano modifica la comprensión de sí mismo. El regreso de Odiseo a Ítaca representa mucho más que la conclusión de una travesía. Significa la recuperación del nombre, de la palabra y de la identidad después de la dispersión. El héroe vuelve a ser quien es cuando logra ser reconocido por los otros y, al mismo tiempo, reconocerse a sí mismo. El nóstos no designa solamente el retorno al hogar. Designa la restitución del sujeto.
La modernidad desplazó ese problema hacia otro horizonte. La patria dejó de ser un territorio estable y el viaje dejó de concluir necesariamente en un puerto. El sujeto contemporáneo habita un tiempo donde la identidad ya no puede entenderse como una permanencia sino como una construcción. En ese contexto, la lectura de Escrito en Tuxtla, de Óscar Oliva, permite proponer una categoría hermenéutica distinta, una que podría denominarse nóstos de la identidad narrada. Con ello no se pretende añadir un nuevo concepto al repertorio de la crítica literaria, sino nombrar un movimiento mediante el cual el regreso ya no tiene como destino un espacio geográfico, sino la narración que hace posible reconocerse a través del tiempo.
Esta categoría surge del diálogo entre tres tradiciones. La primera corresponde a Homero, quien convierte el regreso en la estructura fundamental del héroe. La segunda pertenece a Paul Ricoeur, para quien la identidad no constituye una esencia fija, sino una configuración narrativa. La tercera aparece en la escritura de Óscar Oliva, donde el viaje deja de desarrollarse sobre el mar para internarse en la memoria. Ninguna de estas tradiciones, por sí sola, agota el problema. Su convergencia, sin embargo, permite comprender que el regreso contemporáneo ya no consiste en volver al lugar de origen, sino en reconstruir el relato que hace posible la continuidad del sujeto.
Ricoeur distingue entre aquello que permanece idéntico y aquello que cambia a lo largo de la existencia. El ser humano no conserva intacta una sustancia que atraviesa el tiempo sin alteraciones. Lo que permanece es la posibilidad de narrar la propia vida como una unidad. La pregunta por el quién nunca encuentra respuesta en una definición, sino en una historia. La identidad se constituye narrándose. Desde esta perspectiva, el relato no representa un adorno de la experiencia. Es la condición que permite otorgarle sentido.
Esta idea modifica profundamente la lectura de Escrito en Tuxtla. El libro no se organiza alrededor de la evocación del pasado ni de una reconstrucción autobiográfica. Lo que se pone en juego es la posibilidad de reunir las distintas configuraciones temporales del sujeto. La escritura funciona como el espacio donde esas temporalidades vuelven a encontrarse. El regreso deja entonces de orientarse hacia una ciudad para dirigirse hacia la propia conciencia.
En ese sentido resulta particularmente significativa la presencia de un vocabulario ajeno a las metáforas tradicionales de la memoria. Óscar Oliva escribe que «al parejo estoy descargando y restaurando archivos que creía perdidos, el viaje de Berlín a Weimar, el instante en que toqué el roble de Goethe… bastan unas cuantas equivocaciones para que todo cambie, a paso lento, al menos hasta aquí las descargas de imágenes que no puedo controlar». La memoria aparece aquí como un archivo susceptible de ser restaurado. El poeta no busca rescatar un pasado intacto, porque sabe que tal recuperación resulta imposible. Lo que intenta es reorganizar fragmentos dispersos para producir una nueva inteligibilidad de la experiencia. El verbo restaurar adquiere entonces una importancia decisiva. No significa volver al origen, sino reconstruir aquello que el tiempo ha fragmentado. El viaje deja de consistir en el desplazamiento del cuerpo y se convierte en una operación hermenéutica sobre la propia existencia.
Desde esta perspectiva, el regreso no constituye un movimiento retrospectivo. Es un acto de comprensión. Cada recuerdo modifica el sentido de los recuerdos anteriores y cada palabra reorganiza la totalidad del relato. La memoria deja de ser un depósito de imágenes para convertirse en una actividad interpretativa. El sujeto no encuentra una identidad escondida entre los acontecimientos de su vida. La produce mediante la narración.
Esta operación vuelve a aparecer cuando el poeta afirma que «descargo y congelo este momento para volver a vivirlo, con la mente fija en cada uno de los momentos de todas mis existencias». El plural introduce una transformación filosófica de gran alcance. El poeta no habla de una existencia, sino de todas sus existencias. La identidad deja de comprenderse como una unidad inmóvil y comienza a aparecer como una constelación de tiempos que permanecen simultáneamente activos. El niño, el viajero, el lector, el amigo, el anciano y el poeta no constituyen individuos diferentes. Representan configuraciones temporales de un mismo sujeto que únicamente pueden reconciliarse mediante la escritura.
En este punto, el nóstos deja de ser una categoría exclusivamente épica para convertirse en una categoría hermenéutica. El regreso ya no tiene por finalidad recuperar aquello que se perdió, como si el pasado pudiera restituirse en su forma original, sino hacer inteligible la continuidad entre las diversas figuras que el sujeto ha ido adoptando a lo largo de su existencia. Cada etapa de la vida incorpora nuevas experiencias, nuevos lenguajes y nuevas formas de comprender el mundo, de tal manera que la identidad no permanece inmóvil, sino que se reconfigura constantemente. La escritura aparece entonces como el lugar donde esas transformaciones encuentran una forma de reconciliación. No porque elimine las fracturas del tiempo, sino porque las hace dialogar dentro de una misma narración. En este sentido, el retorno no conduce al pasado; conduce a la comprensión del presente desde el cual el pasado adquiere un nuevo significado. La memoria deja de ser una simple acumulación de recuerdos para convertirse en una práctica interpretativa mediante la cual el sujeto vuelve legible su propia experiencia. El nóstos ya no consiste en atravesar mares para volver a Ítaca, sino en recorrer la compleja geografía de la memoria para descubrir que la única patria posible es aquella que el lenguaje logra construir. Por ello, el regreso se realiza menos en el espacio que en la palabra. Es la escritura la que vuelve habitable el tiempo, la que enlaza las discontinuidades de la existencia y la que permite que las múltiples versiones de uno mismo puedan reconocerse como parte de una misma historia.
La pregunta homérica permanece, pero cambia radicalmente de sentido. Ya no se trata de saber desde dónde regresa el héroe, sino de comprender quién puede regresar después de haber habitado tantos tiempos, tantas ciudades, tantos rostros y tantas vidas. Esa transformación desplaza el problema de la geografía hacia la identidad y convierte el viaje en una experiencia de interpretación. Ahí comienza a delinearse lo que aquí proponemos como el nóstos de la identidad narrada: no el retorno al lugar de origen, sino el movimiento mediante el cual la palabra restituye una continuidad allí donde el tiempo parecía haber producido únicamente dispersión. En Escrito en Tuxtla, Óscar Oliva no narra simplemente el recuerdo de una ciudad ni reconstruye una biografía personal; ensaya una forma de pensamiento en la que escribir significa volver sobre la propia existencia para descubrir que el sujeto solo puede reconocerse en el acto mismo de narrarse. La memoria, lejos de ser un archivo inmóvil, es una operación creadora que reorganiza el sentido de la vida desde el presente. Cada evocación modifica retrospectivamente aquello que recuerda y, al hacerlo, transforma también la identidad de quien recuerda. En este horizonte, la escritura deja de ser únicamente una práctica estética para convertirse en una forma de conocimiento de sí mismo. La palabra no conserva intacto el pasado; lo interpreta, lo reordena y le confiere una nueva inteligibilidad. En ello reside la profunda dimensión filosófica del libro de Óscar Oliva: mostrar que la identidad humana no es una esencia que espera ser descubierta, sino una realidad que se construye incesantemente en el ejercicio de la memoria narrada. El verdadero regreso, por tanto, no consiste en volver a un lugar que permanece idéntico a sí mismo, sino en descubrir, a través del lenguaje, la posibilidad de seguir siendo uno mismo en medio de todas las transformaciones del tiempo. Ese es, en última instancia, el sentido del nóstos contemporáneo: el regreso a la palabra como lugar donde la existencia encuentra nuevamente la posibilidad de ser comprendida.










