El uso de la palabra
Dr. Raúl Vázquez Espinosa
El balance del siglo XXI obliga a reconocer que la promesa emancipadora del individualismo liberal no produjo una humanidad más libre en términos reales, sino una sociedad donde la libertad quedó crecientemente subordinada a la lógica del mercado. La expansión del consumo, la competencia permanente y la mercantilización de casi todas las dimensiones de la existencia desplazaron la idea del bien común y debilitaron los vínculos de solidaridad que históricamente habían sostenido la vida colectiva. La realización personal pasó a medirse por la capacidad de adquirir bienes, acumular capital simbólico o incrementar el rendimiento individual, antes que, por la participación cívica, el cuidado mutuo o la construcción de comunidades. Como advirtió Karl Polanyi, el mercado dejó de ser un instrumento de la sociedad para convertirse en el principio organizador de ésta, convirtiendo progresivamente las relaciones sociales, el trabajo e incluso la naturaleza en mercancías sometidas a la lógica de la oferta y la demanda. El resultado ha sido una paradoja característica de nuestro tiempo. Nunca antes existieron tantas posibilidades materiales para el desarrollo humano y, al mismo tiempo, nunca fueron tan evidentes las crisis de desigualdad, soledad, fragmentación social y deterioro ecológico que acompañan al modelo económico dominante.
Esta valoración adquiere una dimensión aún más profunda cuando se observa desde las categorías del Antropoceno y, de manera más crítica, del Capitaloceno. Mientras el concepto de Antropoceno, propuesto por Paul Crutzen, identifica la magnitud del impacto humano sobre los sistemas planetarios, Jason W. Moore advierte que no es la humanidad en abstracto la responsable de esta transformación, sino un régimen histórico específico de acumulación que convirtió a la naturaleza, al trabajo humano y a los territorios periféricos en recursos disponibles para la expansión incesante del capital. Desde esta perspectiva, el bienestar alcanzado por numerosas sociedades posindustriales, o sociedades posmaterialistas en el sentido planteado por Ronald Inglehart, donde una parte importante de la población privilegia valores como la autorrealización, la participación y la calidad de vida una vez satisfechas sus necesidades materiales básicas, ha sido posible, en buena medida, gracias a una división internacional profundamente desigual del trabajo, la extracción intensiva de materias primas y la externalización de los costos ambientales hacia los países periféricos. El confort ecológico y la prosperidad cultural de unas regiones descansan, con frecuencia, sobre la degradación ambiental, la explotación laboral y la pérdida de biodiversidad en otras. Así, el siglo XXI revela una contradicción histórica decisiva. La expansión de los ideales de libertad individual y autorrealización en una parte del mundo ha coexistido con una crisis civilizatoria caracterizada por el agotamiento de los ecosistemas, el incremento de las desigualdades globales y la necesidad urgente de repensar el desarrollo desde una ética de la interdependencia entre las personas, las sociedades y la naturaleza.
Frente a esta deriva civilizatoria, el concepto de “comunar”, desarrollado por Amílcar Dávila Estrada a partir de la noción heideggeriana del “Mitsein” o “ser con”, ofrece un horizonte alternativo para pensar la existencia humana. Comunar no significa simplemente convivir o cooperar, sino reconocer que la comunidad no es una realidad secundaria ni el resultado de un pacto entre individuos previamente aislados, sino la condición originaria de la existencia. Somos seres constituidos en y por la relación con los otros. Desde esta perspectiva, la libertad deja de entenderse como la afirmación irrestricta del individuo frente al mundo y se comprende como una experiencia compartida de corresponsabilidad, cuidado y apertura recíproca. Comunar es, en consecuencia, una categoría ética y política que desplaza el paradigma de la competencia por el de la coexistencia, proponiendo que el florecimiento humano solo puede alcanzarse allí donde la vida se construye y se sostiene en común.
Los otros, dice Heidegger, no son los restantes fuera de mí, sino “aquellos de los cuales regularmente no se distingue uno mismo, entre los cuales es también uno”. En este sentido, cuando nombramos a “los otros” estamos nombrando, en una relación existencial, al “uno mismo”, que en sentido estricto nos constituye y nos relaciona. Porque, en definitiva, nos dice Heidegger, “el mundo del ‘ser ahí’ es un ‘mundo con’. El ‘ser en’ es ‘ser con’ otros”. Esta afirmación supone una ruptura con la tradición moderna que concibió al individuo como una entidad autosuficiente y previa a toda relación social. Para Heidegger, la coexistencia no es una circunstancia accidental de la vida humana, sino su condición originaria. Existir es siempre habitar un mundo de significados compartidos, un horizonte en el que el lenguaje, la cultura, el trabajo y las relaciones constituyen la posibilidad misma de ser. El mundo no es un escenario exterior donde el individuo desarrolla su vida, sino el ámbito existencial que lo configura y al que, simultáneamente, contribuye a dar forma. No llegamos a ser comunidad después de constituirnos como individuos; por el contrario, llegamos a ser quienes somos precisamente porque desde el inicio existimos inmersos en un mundo común.
Es desde esta comprensión ontológica que Amílcar Dávila Estrada desarrolla la noción de comunar, entendida no como una propuesta política o comunitaria en sentido convencional, sino como la recuperación consciente de la estructura originaria del existir humano. Comunar significa reconocer que la existencia encuentra su sentido en la reciprocidad, el cuidado mutuo y la construcción permanente de un mundo compartido. El ser humano no entra en la comunidad desde una individualidad previamente constituida; es la comunidad, en cuanto mundo de significaciones compartidas, la que hace posible la constitución de toda identidad personal. De ahí que el Mitsein, el ser con otros, no represente una característica secundaria del existir, sino una de sus determinaciones fundamentales. Los otros no comparecen frente a un sujeto aislado que decide establecer vínculos con ellos; son aquellos entre los cuales el propio ser humano ya existe. Incluso la indiferencia presupone esa coexistencia originaria, pues solo puede desatenderse aquello con lo que ya se comparte el mundo. En consecuencia, el cuidado (Sorge) y la solicitud por los otros (Fürsorge) no constituyen deberes añadidos desde una moral externa, sino expresiones del modo mismo en que el ser humano habita el mundo.
Desde esta perspectiva, comunar representa una respuesta filosófica y ética frente a la crisis antropológica y civilizatoria del presente. Si el individualismo liberal convirtió al sujeto en la medida exclusiva de la realidad y subordinó los vínculos humanos a la lógica del mercado, comunar propone restituir la centralidad de la relación como fundamento de la vida social. No se trata de negar la singularidad de la persona, sino de comprender que la libertad solo alcanza su pleno sentido cuando se realiza en la reciprocidad, la corresponsabilidad y el cuidado de la vida compartida. El nosotros no es la suma de múltiples yoes, sino el horizonte originario del que emerge toda identidad personal. En este sentido, comunar no constituye únicamente una categoría derivada de la analítica existencial de Heidegger, sino una propuesta para repensar las condiciones del habitar contemporáneo: recuperar el bien común frente a la fragmentación, reconstruir los vínculos sociales frente a la lógica de la competencia y reconocer que el destino humano no se juega en la autosuficiencia del individuo, sino en la capacidad de construir, cuidar y sostener un mundo común. De este modo, comunar se presenta como una categoría filosófica capaz de articular una crítica al individualismo moderno y, al mismo tiempo, ofrecer un horizonte de reconstrucción ética y política para una civilización que necesita volver a comprender que existir es, antes que cualquier otra cosa, coexistir.
En este sentido, el mayor desafío de nuestro tiempo no consiste únicamente en reconstruir las condiciones materiales de la vida común, sino en recuperar la autenticidad del existir frente a las formas de despersonalización que impone la cotidianidad. Heidegger advierte que el dominio del «uno» (das Man) disuelve la singularidad de la persona en la impersonalidad de lo que «se dice», «se piensa» y «se hace», hasta el punto de que «todos son el otro y ninguno él mismo»; el ser humano termina entregándose al anonimato del «ser uno entre otros», descargando en ese «uno» la responsabilidad de sus decisiones (Heidegger, Ser y tiempo, §27). Precisamente por ello, comunar no significa diluir la persona en la colectividad, sino rescatar la autenticidad del encuentro con los otros desde una existencia consciente y responsable. Solo quien reconoce que su ser acontece siempre en un mundo compartido puede sustraerse al anonimato del «uno» y asumir el cuidado como principio de su relación con los demás. En una época marcada por el individualismo, la lógica del mercado y la fragmentación del tejido existencial, comunar se presenta como una forma de resistencia ontológica y ética. Un llamado a recuperar el nosotros no como negación del yo, sino como el horizonte originario desde el cual la libertad, la responsabilidad y el sentido de la existencia pueden vivirse con la fuerza propia del ser con los otros.










