Cuando el calor gobierna

Cuando el calor gobierna

En el cruce del camino

Fernando Castellanos Cal y Mayor

Durante buena parte de la historia, el poder tuvo rostro. A veces fue un emperador. Después un rey. Más tarde un presidente. En otros momentos fue un ejército, una moneda o un barril de petróleo. Siempre supimos dónde buscarlo.

Hoy ya no estoy tan seguro.

Mientras Europa enfrenta una de las olas de calor más intensas de su historia reciente, empiezo a pensar que el poder también puede esconderse dentro de un termómetro.

No parece una exageración. Cuando las temperaturas obligan a cerrar escuelas, cancelar actividades al aire libre, limitar el consumo de agua, reforzar hospitales, modificar horarios de trabajo y destinar miles de millones de euros para combatir incendios forestales, el calor deja de ser una condición meteorológica. Empieza a comportarse como un actor político. Nadie lo eligió, pero condiciona decisiones de gobierno. Nadie votó por él, pero modifica presupuestos nacionales. Nadie negocia con él, pero obliga a todos a adaptarse.

Quizá ahí esté ocurriendo uno de los cambios más profundos y menos comentados de nuestro tiempo.

Durante décadas la geopolítica se explicó a partir del petróleo, del gas natural, de las rutas comerciales o de las capacidades militares. Después llegaron los microchips, la inteligencia artificial y las tierras raras. Sin embargo, mientras el mundo discutía sobre aranceles, guerras comerciales o nuevas alianzas estratégicas, otra fuerza comenzó a transformar silenciosamente la agenda internacional.

El clima.

No hablo del viejo debate sobre si existe o no el cambio climático. Esa discusión, para efectos prácticos, quedó rebasada por la realidad. Lo verdaderamente interesante comienza después. La pregunta ya no es quién tiene razón. La pregunta es quién está preparado.

Europa ofrece hoy una primera respuesta. Sus ciudades fueron construidas para un clima que lentamente dejó de existir. Sus vías férreas empiezan a resentir temperaturas para las que nunca fueron diseñadas. Sus bosques arden con una frecuencia desconocida hace apenas unas décadas. Sus sistemas eléctricos trabajan bajo una presión creciente. Sus agricultores descubren que ya no basta con mirar los mercados; ahora también deben mirar el cielo con una incertidumbre completamente distinta.

De pronto, el clima empezó a sentarse en las reuniones donde antes nunca era invitado. Está presente en los consejos de ministros, en las discusiones presupuestales, en los planes de seguridad nacional y en las estrategias energéticas. Ningún gobierno serio puede ignorarlo porque terminó infiltrándose en prácticamente todas las decisiones públicas.

Eso cambia por completo la conversación.

Quizá dentro de algunos años descubramos que la gran competencia entre las naciones ya no consistía únicamente en producir más inteligencia artificial o fabricar más semiconductores. Tal vez la verdadera ventaja estratégica sea mucho más elemental: quién puede garantizar agua suficiente, alimentos accesibles, ciudades habitables y redes eléctricas capaces de soportar veranos que hace apenas veinte años parecían imposibles.

Suena menos espectacular que una carrera armamentista.

Pero probablemente sea mucho más importante.

México haría bien en observar con atención lo que ocurre del otro lado del Atlántico. Nuestro país conoce la sequía, los incendios forestales, los huracanes y las inundaciones. Sabemos perfectamente lo que significa reconstruir comunidades después de un desastre natural. Lo que quizá todavía no terminamos de asumir es que esos episodios ya no pueden seguir tratándose como emergencias aisladas. Empiezan a formar parte de una nueva normalidad que exigirá gobiernos más preventivos y menos reactivos.

La naturaleza nunca había tenido tanto peso en la política sin proponérselo.

No firma tratados.

No participa en cumbres internacionales.

No integra alianzas militares.

Y, sin embargo, obliga a modificar presupuestos, altera calendarios escolares, condiciona cosechas, transforma mercados energéticos, incrementa las presiones migratorias y redefine las prioridades de los Estados.

Eso también es ejercer poder.

Quizá por eso me parece que seguimos haciendo la pregunta equivocada. Nos obsesiona saber cuál será la próxima gran potencia mundial, mientras ignoramos que el verdadero árbitro del siglo XXI podría no llevar bandera. Si el calor continúa modificando la productividad, la disponibilidad de agua, la producción agrícola y la habitabilidad de regiones enteras, terminará influyendo en la economía y en la estabilidad política con la misma fuerza que durante décadas tuvieron el petróleo o las grandes rutas comerciales.

No será una revolución ruidosa.

Será una transformación silenciosa.

Y precisamente por eso resulta más peligrosa.

Los gobiernos cambiarán. Los parlamentos también. Habrá nuevas elecciones, nuevas crisis y nuevos liderazgos. Pero el termómetro seguirá marcando la temperatura sin preguntarle a nadie por su ideología.

Esa quizá sea la lección más incómoda de este verano europeo. Mientras seguimos discutiendo quién gobernará el mundo, el calor comenzó a gobernar una parte cada vez más importante de nuestras vidas.

Y cuando un fenómeno natural logra sentarse en la misma mesa donde antes sólo decidían presidentes, generales y banqueros, entendemos que la geopolítica del siglo XXI ya no podrá explicarse únicamente con mapas, ejércitos o tratados.

Habrá que aprender a leer también los veranos.

Porque quizá el poder nunca desapareció.

Simplemente cambió de forma.

Y ahí, justamente ahí, es donde volvemos a encontrarnos en el cruce del camino.

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