El uso de la palabra
Dr. Raúl Vázquez Espinosa
- ontologías ecológicas en el horizonte del periodo arcaico en Chiapas
Hay muchas formas de entender nuestra relación con la naturaleza, pero, desde la consolidación de la visión moderna, se nos ha impuesto una sola. La naturaleza es concebida como una fuente para nuestro confort. Como el espacio, en el sentido moderno del término, del cual se extraen los materiales para nuestro beneficio. Sin embargo, más que sobrevivir, hoy “posvivimos”, es decir, no se trata de cubrir nuestras necesidades, sino de sostener un régimen de confort y de exceso de consumo. Actualmente posvivimos, hemos perdido la posibilidad, como decía Walter Benjamín, de experimentar el mundo. En su lugar, predomina una forma cosificada de sobrevivencia que, como advirtió Iván Illich, está adherida a un aparato burocrático que “ha impuesto un monopolio sobre la imaginación de los consumidores en potencia”. Nuestras necesidades reales están enajenadas al grado que se perciben como si solo pudieran satisfacerse mediante una demanda explícita de productos en masa, como concluye el propio Illich.
Este siglo, que comienza a consolidar su rumbo existencial y biopolítico requiere alternativas ontológicas para las cuales Occidente ya no dispone de respuestas suficientes. La configuración de la actual dinámica de la política mundial muestra un cambio dramático en las propias instituciones. Por ello, se vuelve necesario comenzar a vivir y dejar de lado nuestras exigencias industriales de confort y placer para buscar formas de vida otras que nos permitan recuperar la experiencia del mundo. En este horizonte se hace imprescindible abrirnos a otros referentes y a otros paradigmas. Muchas veces, esa búsqueda no pasa por desplazarnos hacia otras experiencias culturales, sino por emprender un viaje hacia nuestra propia historia.
Quiero proponer una lectura de nuestro pasado desde la filosofía de la historia. No se trata de historia en el sentido técnico de la disciplina, sino de encontrar en nuestra trayectoria histórica categorías que nos ofrezcan algunas notas existenciales para el aquí y el ahora. Me interesa remontarme hacia un tiempo que ha sido llamado periodo arcaico, en el umbral de lo que podemos conocer de nosotros mismos. Entre 7,500 y 3,500 años antes del presente, es decir, aproximadamente entre 5500 a. C. y 1500, se desarrolló un pueblo al que Bárbara Voorhies denominó Chantuto.
Los Chantuto habitaron la franja costera del sur de nuestro estado, en el litoral del Pacífico mexicano, particularmente en sistemas estuarino lagunares como el complejo Chantuto Panzacola, una de las zonas de manglar mejor desarrolladas de esta región. Se trata de una llanura costera amplia, con clima subhúmedo a húmedo, alimentada por ríos casi perennes que descargan regularmente agua dulce y sedimentos hacia estuarios y lagunas de baja salinidad, lo que genera una alta productividad biológica. Estas condiciones geomorfológicas e hidrológicas configuraron un paisaje particularmente favorable para la pesca, la recolección de moluscos y el aprovechamiento de recursos acuáticos, lo cual estructuró de manera decisiva las formas de vida, la movilidad y la organización territorial de los Chantuto. Su historia, en este sentido, no puede comprenderse al margen del entorno ecológico que habitaron, sino como una experiencia histórica profundamente entrelazada con los ritmos, las posibilidades y los límites de ese territorio acuático.
En este contexto surgen categorías filosóficas que pueden funcionar como brújulas existenciales para el siglo que vivimos. Recuperar el mundo, como propuso Mario Payeras. Después de siglos en los que el paradigma dominante ha sido su transformación, resulta urgente comprender que no estamos separados de la naturaleza, sino que somos ese trozo de mundo del que he hablado en otro momento. Este texto tiene su base en las investigaciones realizadas, sobre todo, por Barbara Voorhies. A partir de la revisión de la vida de los Chantuto, fue posible reconocer algunas nociones que se desarrollan a continuación.
Por un lado, nuestra relación moderna con la naturaleza se plantea desde una lógica distinta de la que puede observarse en los Chantuto. En ellos, la relación con la naturaleza no es extractiva ni acumulativa, sino situada, adaptativa y recíproca. Esto significa que no se trata de extraer en exceso para una satisfacción desmesurada de nuestras necesidades. Por el contrario, si volvemos la vista hacia los Chantuto, podemos proponer una relación distinta cuyos ejes sean la recuperación de la noción de lugar, en oposición a la noción abstracta de espacio, y la capacidad de adaptarse a los ritmos propios de la naturaleza. Al ser nosotros mismos naturaleza, estamos vinculados con nuestra exterioridad, de modo que no existe una separación entre el cuerpo y el lugar que habitamos. Puede decirse que cuerpo y lugar participan de una reciprocidad espacio temporal. Por ello resulta urgente situarnos en nuestros ecosistemas, mediados por sus características, sus modos y su forma de ser. Asimismo, nuestra relación con la naturaleza debe ser recíproca. La naturaleza no es sólo una fuente de recursos, sino un ámbito vivo que ofrece condiciones de existencia.
En la experiencia de los Chantuto, la subsistencia se basaba en ecosistemas específicos como lagunas de baja salinidad, manglares y humedales. Se trata de lugares de vida, espacios en los que la vida misma produce cultura desde el entorno. De esta manera, la recolección de almejas y la pesca respondían a ciclos estacionales y no a una explotación permanente. Los ciclos marcaban los tiempos de la comunidad y orientaban sus desplazamientos y retornos. Incluso cuando existía una modificación del entorno, esta era controlada y se ajustaba al ecosistema más que transformarlo de manera masiva. Los concheros, lugares donde antiguas comunidades Chantuto acumulaban conchas y restos de mariscos después de recolectarlos y procesarlos, no eran centros urbanos ni permanentes, sino espacios funcionales integrados al paisaje.
Todo ello permite pensar una ontología relacional del habitar. El ser humano no se sitúa frente a la naturaleza, sino dentro de ella. No la domina, sino que la interpreta, la acompaña y la reconoce como interlocutora de su propia existencia. Esta perspectiva rompe con la ontología moderna, basada en la cosificación de las necesidades reales y en la reducción del sujeto a objeto o meta de la producción industrial en masa. El paradigma se transforma de raíz.
Una ontología inspirada en la experiencia de los Chantuto puede ofrecer orientaciones valiosas para la vida contemporánea. El mundo aparece como un entramado de relaciones vivas y no como un sistema de vínculos utilitarios.
Quiero cerrar este texto con una anécdota que me fue contada por la arqueóloga Royma Gutiérrez. Una historia que engloba lo dicho arriba y, al mismo tiempo, es profundamente reveladora sobre las formas de habitar el territorio. Me contó Royma, que, durante un viaje de investigación, que incluyó la zona de los esteros, en las inmediaciones de Acapetahua, dentro del área natural de La Encrucijada, se alojaron en un lugar llamado la Palapa Abraham, desde donde saldrían en lancha a visitar algunos concheros. El lanchero que los acompañaba conocía bien la zona y también sus tensiones, pues en ese momento existían conflictos entre ejidos que impedían el acceso a ciertos puntos. Por esa razón, sólo pudieron acercarse a los concheros que estaban disponibles para su comunidad. Mientras avanzaban por los canales, nuestra amiga aprovechó para explicarles a los estudiantes las interpretaciones que Bárbara Voorhies había propuesto a partir de sus excavaciones en la región de Chantuto. Les contaba que, según sus investigaciones, la economía de las poblaciones del periodo arcaico se organizaba en una lógica estacional. Durante la temporada de camarón, los grupos se desplazaban hacia los esteros y permanecían ahí por un tiempo, viviendo de manera temporal en esos espacios que hoy reconocemos como concheros. Cuando la temporada terminaba, regresaban tierra adentro. No se trataba de un nomadismo errante, sino de una movilidad rítmica, ajustada a los ciclos del entorno. Fue entonces cuando ocurrió algo inesperado. El lanchero, que había escuchado con atención la explicación, sonrió y les dijo que a él todavía le había tocado ver algo muy parecido cuando era niño. Recordaba que sus abuelos se trasladaban a esa misma zona durante la temporada del camarón. Con troncos obtenidos de ciertos árboles y con palma, levantaban estructuras sencillas que funcionaban como campamentos temporales. Todo se construía con materiales efímeros, ligeros, pensados para habitarse solo durante un periodo específico. Contó que, cuando la temporada terminaba, no desmontaban todo sin más. Guardaban los troncos y las palmas para que quedaran disponibles para el siguiente año. De ese modo, el campamento se reactivaba cíclicamente, como si el lugar conservara una memoria de su propio uso. No era una sola familia la que realizaba esta práctica, sino varias que se reunían en esos espacios y permanecían ahí durante semanas e incluso meses, compartiendo el trabajo, la vida cotidiana y el ritmo del estero.
Esta anécdota permite pensarnos desde una interdependencia ontológica. No es posible vivir fuera del entorno, porque somos parte activa de nuestros lugares. De ahí se desprende una noción de habitar ecológico que no consiste en ocupar un territorio, sino en coexistir con él.










