Los corridos tumbados han sido instituidos y posicionados en el gusto de cierto público en lo que llevamos de esta década como un género musical disruptivo que evolucionó las condiciones narrativas y melódicas tradicionales de la música regional mexicana al entrelazarse sin conflicto alguno con el hip hop, el trap, el urbano y valerse de colaboraciones con artistas de estos géneros.
Para proyectar esa aparente carga disruptiva, una gigantesca maquinaria musical en la que sobresalen empresas como Warner Latina o Rancho Humilde, re-crea narrativas e imágenes que han estado presentes por décadas en los corridos tradicionales o los corridos que versan sobre narcotraficantes, y se vale de la inversión económica en el streaming, las plataformas musicales y las redes sociodigitales para lograr su cometido.
Esto sienta las bases para que esas canciones que no son novedosas en su contenido se conviertan en parte de la identidad y la historicidad de un amplio sector de la juventud mexicana que ha normalizado la violencia, la misoginia, el aspiracionismo y una estética que se instituyen en películas, series o videos musicales. Dicha industria promueve a través de sus pregoneros que estamos ante piezas llenas de expresividad que muestran amor por la cultura de nuestro país, cosa que no han logrado otros géneros como el pop o el rock.
En el artículo titulado Los Corridos Tumbados son el reflejo más fiel de México, te guste o no, Adame (2023) escribe que “Los jóvenes quieren legitimidad, conectar con sus raíces y consumir a artistas nacionales que solo podrían existir dentro del contexto de su propio país. Se trata de la generación que ha revalorizado la importancia de su cultura y que no tiene miedo de mostrar su música, su comida, sus historias y tradiciones con orgullo”.
Sin la presencia en el mundo digital probablemente los corridos tumbados no tendrían ese peso y su posicionamiento se debe más a estrategias de mercadotecnia que siguen reproduciendo el culto a los héroes del narco, que de una genuina evolución narrativa y melódica. Sin embargo, quienes generan contenidos desde esta industria justifican la posesión de esa disrupción por las ganancias multimillonarias obtenidas por cantantes como Peso Pluma, Junior H o Natanael Cano, más no por la calidad en cuanto a composición e interpretación.
Tomando en consideración esta lógica de consumo que ha segmentado perfectamente su mercado, hay que cuestionar qué de disruptivo hay en los corridos belicones que son proyectados como un género auténtico que refleja las raíces del norte de México. Vega (2022) entrevistó al analista Edgar Morín, quien dio otra mirada al asunto al afirmar que “son las mismas temáticas, son misóginos y hay que recordar que el capitalismo todo lo vuelve mercancía hasta los corridos de narcotraficantes. Este universo ha producido un mercado que genera series, y expresiones subculturales que se mercantilizan”.
Ese aparente carácter disruptivo al que se le quiere dotar de un vanguardismo sonoro digno de exportación, se justifica en el éxito que tienen temas que hacen referencia a padrinos consagrados, narcojuniors, sicarios, buchonas, mangueras y dealers, así como historias de lealtad, pactos, traiciones, venganzas, sobornos, etc., que son caracterizados en contextos aspiracionistas, donde pasar de la pobreza a la riqueza de manera fácil a través del narcotráfico es una forma legítima de meritocracia en un país cada vez más precarizado.
Una de las claves para comprender el gusto por dicho género musical es la exacerbación del sentido del poder, aspecto que los cantantes proyectan en sus videos con mansiones suntuosas, automóviles importados, joyería de lujo o la compañía de buchonas que se ajustan a las exigencias de la narcoestética. La investigadora de la UNICACH María Luisa de la Garza (2008) señala que desde siempre estos personajes se proyectan mediante la posesión de “mujeres, recursos económicos, independencia, tiempo de ocio festivo y el reconocimiento de los demás”, es decir, no estamos ante algo nuevo.
En su análisis de este fenómeno, José Manuel Valenzuela (2023) sostiene que “Los corridos tumbados exaltan el consumo, el dispendio, las violencias, los desenlaces de la vida (logrados y fallidos), la exaltación inspirada en las drogas o el alcohol, las mujeres como trofeo que refrendan el orden patriarcal y autos fetiche. Los tumbados poseen temáticas y atuendos que rinden culto banal a las marcas famosas acompañadas de onerosos accesorios y se conforman desde un presentismo vacuo”.
Lejos de ser disruptivos y plantear escenarios innovadores, los corridos tumbados versan sobre temas que siempre han estado en sus géneros predecesores y en ese orden de ideas, cantar sobre posesión o tráfico de droga, compra de autoridades, relaciones con políticos corruptos o enaltecer a héroes caídos, no son para nada novedosos, lo que cambia es la manera de expresarlos a través de sincretismos con otros géneros, ritmos y estéticas que dan paso a un espectáculo hiperrealista.
Este fenómeno musical dista por mucho de ser contracultural, ya que no representa una amenaza para el sistema, ya que en sí mismo se ha convertido en un engrane más de las industrias del entretenimiento; su mercadotecnia más que ser disruptiva, enaltece a uno de los distintivos neoliberales: el consumismo. En el mundo belicón se promueven productos que la población promedio no podría adquirir como autos de lujo, vestimenta de alto costo de ciertas marcas, botas o accesorios como relojes, anillos, sombreros, gorras, lentes de marcas de penetración mundial, entre otros que forman parte de una estética que viene construyéndose desde al menos cinco décadas.
Pareciera que ese sentido disruptivo se enfoca en promover la idea de que si alguien quiere demostrar a los demás que no forma parte del sistema porque se siente frustrado y excluido económicamente hablando, tiene delante de sí toda una estructura meritocrática narca caracterizada en narrativas e imágenes encaminada a motivarlo a salir de la precariedad y disfrutar de esos bienes. La esfera belicona refritea todas las experiencias humanas en el mundo del narcotráfico expresadas en canciones desde las últimas décadas del siglo pasado, las transforma en un producto consumible y las revende a través de canciones con calidad cuestionable.
Este enfoque de la disrupción que tarde o temprano perderá fuerza para dar paso a otra manifestación mediática, se vende, insisto, como una manifestación genuina del pueblo. ¿Realmente estamos hablando de que este género es un reflejo de un sector del pueblo que se identifica cabalmente con el narcotráfico o es parte de un sistema de producción estética donde participan compositores, productores y creadores de contenido encaminado a hacer sentir al pueblo de que esa música refleja sus aspiraciones?
La parte disruptiva que sí es evidente es la aplicación de nuevos enfoques de negocios que no se habían utilizado antes como la interacción del público con los artistas o creadores de contenido, el aparente sentido de cercanía que otorgan las redes sociodigitales, las transmisiones en vivo (lives), entre otros que propician que el género se convierta en un modelo que se adapta con facilidad a un entorno en el que los cantantes o intérpretes no solamente son ídolos sino marcas comerciales.










