El uso de la palabra
Dr. Raúl Vázquez Espinosa
El siglo XX experimentó la intención progresiva de desaparecer el lenguaje verbal como experiencia ontológica y no solo comunicativa. Después de un siglo XIX en el que el positivismo se impuso con fuerza casi lapidaria sobre las otras disciplinas, en el que el discurso técnico-empírico proyectó su método y su lenguaje en todos los registros discursivos, el siglo XX casi logró borrar aquellas experiencias del lenguaje que nos ofrecían, según la visión positivista, margen de incertidumbre o error. La metafísica, la ética, la filosofía y las ciencias del espíritu perdieron validez frente a las disciplinas técnicas. La física y, su correlato teórico, las matemáticas, vieron consolidarse su método y su discurso sobre todos los demás. El terreno especulativo se quedó en eso, en meras especulaciones, en elucubraciones sin evidencia. Los lenguajes que no pudieron modelar lo pensable y, por lo tanto, lo posible, se quedaron al margen.
Abandono de la palabra llamó George Steiner a este proceso conciente de creación de lógicas simbólicas y matemáticas, en el que la metafísica era una apuesta imposible por indecible. El decir dejó de tener importancia y se impuso la notación matemática sobre la palabra. Las experiencias límite no podían ser dichas. “De lo que no se puede hablar, hay que callar”, dijo Wittgenstein. Lo que está en el lugar de lo indecible ahí se queda, no puede ser dicho, a menos que uno sea un farsante. Ante este panorama en el que se impuso el silencio, muchos registros de escritura se volvieron escuetos. La narrativa intentó volver a un realismo extremo o a un naturalismo casi médico. La poesía también buscó otros cauces, como los visuales o los sonoros. La poesía se volvió fragmentaria, monocorde, sintética.
La estructura lógica del pensamiento se convirtió en el discurso hegemónico frente a la potencia simbólica del lenguaje verbal. La notación matemática se colocó como la moneda de cambio entre las ciencias, sus modos y sus registros. Ya no interpretábamos o transformábamos el mundo, hacíamos modelos de él. Si el lenguaje verbal servía para algo, era para la comunicación interpersonal, no para el reino del pensamiento. El abandono de la palabra resultó un abandono de la pregunta metafísica y de la tonalidad del sentido. La carga metafórica, los símbolos y la capacidad de crear experiencias más allá de la materia fueron relegados a un cajón de anticuario, como curiosidades arcaicas y sin sentido.
Georges Steiner advertía sobre la casi extinción de la metafísica, la filosofía y la poesía en la cultura contemporánea. Sufrimos una tecnificación del lenguaje y la reducción del decir a instrumento funcional. Por ello, el lenguaje vio reducida su capacidad expresiva y las ciencias perdieron espíritu y brío. Virgilio Piñera colocó la idea de la fosilización del lenguaje como pérdida de vitalidad creadora. Es decir, ante su tecnificación, el lenguaje empezó este proceso de fosilización. Su vitalidad creadora se llenó de metáforas muertas, en el sentido de le concede Paul Ricœur a esta expresión. La metáfora viva quedó maniatada. Podemos decir, con Steiner, que esto nos ofreció la conciencia de una crisis del lenguaje como crisis del espíritu occidental.
Esta crisis del espíritu occidental llegó a nosotros, pero sus discusiones, a pesar de estar arraigadas en los debates universitarios, no lograron hacer raíz en las regiones que interactuamos con varias experiencias del lenguaje al mismo tiempo. Es decir, en estas regiones transmodernas (nuestras formas de vida regionales), como las llamó Enrique Dussel. En esos lugares que se encuentran en el umbral de Occidente, teníamos nuestras propias dinámicas, en las que el lenguaje no fue abandonado, sino que fue la voz poética la que, sin pretenderlo, se vivenció como una resistencia ante la fosilización occidental del lenguaje.
Chiapas como lugar transmoderno posibilitó una experiencia que se convirtió en cauce para el decir y la resistencia simbólica. En la segunda mitad del siglo XX vivimos en Chiapas una intensidad poética que llega hasta nuestros días. Podemos marcar el despegue de la poesía chiapaneca a partir de 1950 con la publicación de Horal, de Jaime Sabines, como hito fundacional. En términos cronológicos, Horal inaugura el andar y el decir de la poesía chiapaneca de la segunda mitad del siglo XX. La poesía inicia en nuestro estado un derrotero del decir que se intensifica a lo largo del siglo. Generación tras generación, la poesía fue haciendo suyo lo indecible, aquello que Occidente rechazó por imposible. Desde este umbral occidental, la voz poética se volvió resistencia. No fue un proyecto programático, fue la vivencia del siglo.
De este inicio vinieron generaciones de poetas indispensables para la poesía en lengua española, como Armando Duvalier Enoch Cansino Casahonda, José Falconi y Rosario Castellanos. La nómina crece con Elva Macías, Juan Bañuelos y Óscar Oliva. Más jóvenes, pero con la misma fuerza creadora, Efraín Bartolomé Daniel Robles Sasso, Joaquín Vázquez Aguilar, Raúl Garduño y Roberto López Moreno. Estos son los nombres de marras. Hay en Chiapas, sin embargo, un universo poético, como lo llama Socorro Trejo.
La recuperación de la voz poética en Chiapas frente al logocentrismo técnico fosilizado del lenguaje puede entenderse como una resistencia. Esa reacción generacional recuperó la voz para sí y para la lengua en tanto posibilidad creativa. No fue un giro hacia el decir arcaico. Al contrario, fue una reacción que se colocó desde los umbrales de Occidente y plantó cara. No nos marginamos, empujamos, creamos, escribimos. En Chiapas, la poesía, más allá de fobias y filias domésticas, es restitución de la memoria, del paisaje y de la experiencia humana. La poesía en Chiapas puede ser estudiada con parámetros académicos, pero es, sobre todo, una poesía como resistencia existencial. Un poema desde aquí es un acto de resistencia ante la hegemonía del discurso técnico y administrativo.
Por ello, la palabra poética provoca apertura de posibilidades del lenguaje más allá de la lógica instrumental. Finalmente, la poesía chiapaneca de la segunda mitad del siglo XX puede ser entendida como una insurrección simbólica que emerge desde la periferia frente al silencio técnico de Occidente. Cabe decirlo con claridad, no se trata de un programa de grupo ni de la reacción conciente de una generación de poetas que se propusiera deliberadamente ese objetivo. No hubo manifiesto ni estrategia compartida. Lo que advertimos en este proceso es algo más profundo, la posibilidad de constituirnos como comunidad creadora de lenguaje, como lugar posible de metáforas vivas. Chiapas ha sostenido un decir poético a contracorriente del lenguaje positivista, resistiendo la reducción de la palabra a instrumento, dato o fórmula.
Nuestro siglo, saturado de lenguajes artificiales, de símbolos agotados, de experiencias del habla reducidas a formatos y protocolos, de fósiles del lenguaje matemático que no dicen nada más allá de lo cuantificable y lo palpable, reclama justamente lo contrario. Se trata de una creación vital del lenguaje. Allí donde la palabra se ha vuelto funcional y mecánica, la poesía reaparece como acto de restitución. No se trata de negar la técnica, sino de recordar que el lenguaje humano no se agota en la notación operativa, sino que encuentra su plenitud en la capacidad de crear sentido y de devolverle a la experiencia su posibilidad de nombrar mundos.










