Luis Fernando Bolaños Gordillo
Si pensamos al sistema como un conjunto de símbolos e ideas que colonizan la percepción y la subjetividad, es importante fijar la atención en cierto tipo de mensajes que se convierten en palabras del poder que tienen la potencialidad de influir en lo que conocemos como identidad.
La chiapanequidad fue promovida por todos los medios posibles como una identidad que debe abrirse hacia una nueva forma de conciencia; y para darle fuerza fue revestida por un préstamo lingüístico exteriorizado con las palabras jam (zoque) y chulel (tsotsil) para destacar un optimismo hacia la nueva era.
Aparentemente, estamos ante la suma de infinidad de maneras de ser y de estar en esta región; pero existen límites marcados por un devenir histórico complejo lleno de asimetrías entre la clase gobernante y un pueblo acostumbrado a la pobreza, la exclusión, la marginación y el atraso en diversos órdenes.
Al ser exteriorizada de esa forma, la chiapanequidad, más que ser decisiva para abrir la mente, se yergue como una resiliencia a modo, donde los sujetos resilientes deben de aceptar su realidad y su destino tal como son; es un enfoque predeterminista porque idealiza la posibilidad de futuro.
Visto de este modo, no es el sistema quien debe trabajar para erradicar problemas añejos como la corrupción, la pobreza, la deuda gubernamental, el desempleo, el nepotismo o las diferentes formas de violencia; sino que debe ser la ciudadanía quien se adapte a este difícil entorno con una actitud optimista.
Otro aspecto limitante es que su sentido proviene de lo intelectual y no de un pueblo precarizado que no tiene voz para exteriorizar lo que realmente siente y piensa de su condición actual; tal y como está siendo expresada, esta palabra es más una construcción política emergente que algo que incida en la reversibilidad de los problemas que nos atañen.
Dicha resiliencia no contempla la completitud del ser y estar de la ciudadanía en relación con un devenir histórico difícil marcado principalmente por la violencia y las crisis económicas. Abrir la conciencia no bastaría para borrar a corto o mediano plazo la pobreza, exclusión social, el crecimiento del crimen organizado, las crisis estructurales en los sistemas de educación o de salud, entre otros problemas.
Esa identidad optimista no refleja al ser, lo determina; y si las palabras crean la realidad, la chiapanequidad está reproduciendo el orden hegemónico. No se trata únicamente de promover alegría simplemente por nacer y vivir en Chiapas, sino de construir proyectos incluyentes, participativos, colaborativos donde la sociedad se refleje en su completitud.
Si tomamos en consideración que, si las ideas y las palabras no crean al ser, sino que lo determinan, entonces dicho enfoque reproduce el lenguaje de los que mandan y obedece al dominio simbólico y cultural que ejerce el orden en su dimensión simbólica.
Otro asunto central es que a ese optimismo se le pretende otorgar con la categoría de sentimiento en cuanto a la adscripción a un territorio, algo así como la suma de todas las chiapanequidades y de todos los regionalismos. Sin embargo, esa especie de totalidad invisibiliza a la diversidad cultural.
Un distintivo neoliberal es que el uso de ciertas palabras apunta a convertirse en ideologías y dicha resiliencia tiene una función adaptativa al limitar a la gran mayoría a ponerle buena cara a un entorno difícil; el enfoque es antirrevolucionario, predeterminista y promueve aceptar lo inadmisible; simplemente nos está invitando a ponerle buena cara a todo.










