Los cárteles al escenario global

Razones

Jorge Fernández Menéndez

El discurso de Donald Trump en la Asamblea General de la ONU no se puede leer en forma aislada. Hay que leerlo junto con lo que ocurrió horas después en esa misma Nueva York, cuando Estados Unidos y otros 14 gobiernos del continente firmaron la declaración conjunta del Escudo de las Américas. Separados, son un discurso y un comunicado más. Juntos, son una estrategia, y México está en el centro de ella, y para colmo no estamos sentados en la mesa.

Lo que dijo Trump ya se conoce: que México es «el epicentro de la violencia de los cárteles», que es inaceptable compartir una frontera de dos mil millas con un territorio controlado por ellos y que México debe recuperar su territorio de manos de «los enemigos de la humanidad». Comparó a los cárteles con ISIS. Recordó que los designó organizaciones terroristas y que dio vía libre a sus fuerzas armadas para eliminarlos. Dijo que sus integrantes deberían ser “asesinados, exiliados o detenidos” como combatientes enemigos. En el mismo discurso habló de una muy buena relación con el gobierno mexicano y de grandes avances. En Palacio Nacional prefirieron quedarse con esa segunda parte. Pero poco después la Casa Blanca advirtió que si México no actúa, Estados Unidos se verá obligado a hacerlo, sin precisar cómo. Esa es la frase que importa.

Luego estuvo la declaración. Los 15 países firmantes se comprometen a aplicar contra 24 organizaciones consideradas terroristas, en forma prioritaria los cárteles mexicanos (el “epicentro” del problema) congelamiento de activos, restricciones migratorias y de visa, y responsabilidades penales para quien, a sabiendas, les proporcione apoyo material, incluido el logístico. Pero también se comprometieron a tomar medidas militares y policiales contra ellos. Diez de esas 24 organizaciones son mexicanas: los cárteles de Sinaloa, Jalisco Nueva Generación, del Noreste, del Golfo, de Juárez y de Tijuana, la Nueva Familia Michoacana, Cárteles Unidos, Los Viagras y La Línea. Casi la mitad de la lista que buena parte del continente adopta como una amenaza común tiene su base en México.

Hay tres consecuencias inmediatas. La primera es la internacionalización del conflicto y de las sanciones. Hasta ahora las designaciones eran una decisión de Washington. Desde el martes, las mismas medidas se replicarán en otros catorce países al tiempo que Trump presentó el tema en la ONU como un desafío global, una amenaza a la humanidad, similar a ISIS. Un político, un empresario o un operador financiero señalado por dar apoyo logístico a alguno de esos grupos ya no sólo pierde la visa estadounidense: puede encontrarse con cuentas congeladas en Panamá, en Chile, Colombia o Argentina. Lo que más molesta a la administración Trump es la negativa a desmantelar las redes políticas de complicidad y protección de esos grupos. La cláusula de apoyo material está pensada exactamente para eso.

La segunda es el Tratado de Río. La declaración anuncia que se pedirá a la OEA convocar un Órgano de Consulta del Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR) para promover acciones colectivas contra las organizaciones narcoterroristas. México denunció ese tratado en 2004, con Vicente Fox, por considerarlo un resabio de la Guerra Fría. Es el mismo instrumento que se invocó en la crisis de los misiles de 1962 y después del 11 de septiembre. El resultado es que se está construyendo un entremado de defensa colectiva hemisférico cuyo principal objetivo son los cárteles mexicanos, y México no tiene voz ni voto en él. Bolivia y Ecuador también abandonaron el TIAR y, aun así, firmaron y ofrecieron colaborar. México ni siquiera participó de la reunión, y la presidenta Sheinbuam una vez más estuvo ausente en un evento global como la Asamblea General de la ONU.

La tercera es el aislamiento. Los firmantes van de Argentina a Honduras, de Colombia a Trinidad y Tobago; Chile acaba de adherirse. Quedan fuera sólo México y Brasil, cuyo gobierno rechaza que el PCC y el Comando Vermelho sean tratados como terroristas. Con el agregado de que el 4 de octubre hay elecciones en Brasil y el ganador puede ser el derechista Flabio Bolsonaro.

La respuesta de la presidenta Sheinbaum fue una falsa ironía: que es muy difícil vivir junto a un país con tanto consumo de drogas y tanta producción de armas, pero que “no lo iba a decir”. Si es verdad: en Estados Unidos se consumen drogas y hay demasiadas armas. Pero no responde a lo que se firmó el martes: una lista con diez cárteles mexicanos, sanciones en quince países y un tratado de defensa colectiva en el que no participamos. La respuesta funciona para la mañanera; en el foro donde se decidió todo esto nadie se atrevió a darla.

Y hay un costo adicional. Washington no quiere una revisión del T-MEC limitada a acero, aluminio y autos: quiere un acuerdo completo, que incluya seguridad y, de una u otra forma, la incorporación de México al esquema hemisférico, incluyendo las cadenas integradas en todo el tema de IA.

El martes hubo un discurso pero también una lista, un tratado y quince firmas. En Palacio Nacional pueden seguir leyendo la parte amable del discurso. En Washington le están imponiendo, a todo el mundo, la otra, la que importa.

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