El río que divide y une: el tráfico de mercancías ilegales en el Suchiate

El río que divide y une: el tráfico de mercancías ilegales en el Suchiate

Marco Briones

En la frontera entre Suchiate, Chiapas, y Ayutla-Tecún Umán, Guatemala, el río Suchiate es mucho más que una línea natural que separa a dos países: es una arteria viva de comercio informal que todos conocen, pero pocos se atreven a enfrentar.

Cada día, decenas de balsas artesanales cruzan el cauce, cargadas con productos que van desde abarrotes, calzado y ropa, hasta electrodomésticos, bebidas alcohólicas y combustibles. En cuestión de minutos, mercancías que deberían pasar por aduana cruzan el río sin ningún registro ni control.

Negocio redondo a la vista de todos

A la orilla del río, el movimiento es constante. Los balsereños cobran entre 50 y 100 pesos por cruce, dependiendo del peso de la carga. Algunos hacen más de 30 viajes diarios. Los cargadores ganan un promedio de 300 a 500 pesos al día, mientras que los intermediarios y comerciantes minoristas pueden obtener ganancias diarias que superan fácilmente el salario mínimo mensual de la región.

El flujo económico que genera este mercado informal es inmenso. Se estima que más de 500 millones de pesos podrían moverse anualmente a través de esta economía paralela, sin que un solo peso llegue a las arcas públicas.

Del lado guatemalteco, los productos mexicanos —como aceite, harina, detergente o refrescos— se venden a precios más bajos que en los comercios formales, lo que afecta directamente a los pequeños empresarios que sí pagan impuestos y derechos de importación.

Las pérdidas fiscales y el costo invisible

El comercio ilícito en el Suchiate no solo representa una fuente de ingreso para cientos de familias que viven del río, también implica pérdidas fiscales considerables para ambos países.

Cada bulto que cruza sin registro es un impuesto que no se paga, un arancel que se evade y un golpe silencioso a la economía formal.

De acuerdo con estimaciones de expertos en economía fronteriza, México podría estar perdiendo entre 500 y 800 millones de pesos anuales por evasión fiscal en la zona sur, producto del contrabando menor, mientras que Guatemala enfrenta pérdidas similares por el ingreso no controlado de productos mexicanos.

Las aduanas oficiales, pese a su presencia, apenas captan una fracción del comercio real que ocurre en la región. La Guardia Nacional mexicana y las fuerzas guatemaltecas mantienen puestos de vigilancia permanentes, pero la distancia entre su presencia y su actuación es abismal. La omisión parece haberse convertido en parte del paisaje.

El dilema social: entre la necesidad y la ilegalidad

Para los habitantes de Suchiate y Ayutla, el comercio informal no es sinónimo de crimen, sino de supervivencia.

“Si cierran el río, se acaba el trabajo”, dice un joven balsero mientras asegura la carga de cajas de detergente. “Aquí no hay fábricas ni campo productivo; lo único que hay es el río”.

Esto nos indica por qué el comercio ilícito no se percibe como delito, sino como una respuesta a la falta de empleo y al abandono por parte de las autoridades.

Una economía paralela que no se detiene

El río Suchiate ha sido, por décadas, un espacio donde la necesidad económica y la falta de control institucional se encuentran.

Mientras los gobiernos anuncian programas de vigilancia o cooperación bilateral, las balsas siguen cruzando a plena luz del día, moviendo millones en productos sin registro.

La paradoja es clara: el río que separa a México y Guatemala también los une a través de un sistema económico informal que ambos gobiernos conocen, toleran y del que, indirectamente, dependen cientos de familias.

Un problema que fluye con el tiempo

El tráfico de mercancías ilegales en el Suchiate es más que un delito fronterizo: es un reflejo de la desigualdad estructural, la falta de oportunidades y la ausencia de políticas económicas efectivas en la región sur.

Cada día que el río sigue su curso, también fluye el dinero de una economía paralela que beneficia a unos cuantos y priva a los estados de los recursos que podrían destinarse a infraestructura, educación o salud.

El Suchiate, sin duda, sigue siendo testigo de una historia que se repite: la del comercio que cruza a pesar de la ley, impulsado no por la ambición, sino por la necesidad.

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