El Hipsterbóreo
Luis Fernando Bolaños Gordillo
No son pocos los escritores o los directores de cine que han cuestionado en sus producciones lo que se instituye como la realidad y la autonomía ante ésta. The Truman Show, protagonizada por Jim Carrey, destaca la ruptura del protagonista con su predeterminismo para alcanzar su libertad tras una vida guionizada; en Matrix, el Elegido combate a diversas inteligencias artificiales para liberar a la humanidad de una realidad construida artificialmente.
Esas producciones ponen a la subjetividad frente a un entramado tecnológico que impone infinidad de modos de relacionarse, educarse o entretenerse que, en síntesis, provocan una dependencia tecnológica. El uso de los teléfonos inteligentes o el tiempo dedicado al consumo de plataformas digitales muestran que prácticamente todas las manifestaciones humanas han sido digitalizadas para garantizar un orden social disfrazado de progreso.
Mi análisis se centra en la película Free Guy, protagonizada por Ryan Reynolds, quien interpreta a un empleado bancario que conforme transcurre la historia se da cuenta que es una inteligencia artificial con la capacidad de actuar por sí misma. Antes de tomar conciencia de sí, Guy era un personaje secundario dentro del video juego “Free City”, ahí llevaba una vida normal vistiendo siempre de la misma forma y reproduciendo una y otra vez su rutina.
A diferencia de Neo en Matrix, el nombre del héroe digital de esta historia corresponde más a alguien sin aspiraciones; en el idioma inglés Guy puede significar chico, joven o bien un tipo cualquiera. Reynolds no encarna a un elegido en términos místicos para liberar a la humanidad del poder de la tecnología, es alguien que tras tomar conciencia de que es una inteligencia artificial distinta, decidió dotarse de autodeterminación para reescribir la historia.
Tras este despertar, Guy “intuye” que su devenir tiene la potencialidad de traspasar al sistema que lo creó, ya que puede diferenciarse de otros personajes que simplemente están ejecutando su rol como parte del videojuego. Guy caracteriza el concepto fenomenológico de lo existente por dotarse de vitalidad en un mundo artificial creado para el entretenimiento de millones de usuarios que no habían reparado en sus cualidades.
La película es un buen pretexto para debatir sobre qué estamos haciendo desde lo individual o lo colectivo para dotarnos de autonomía en un mundo cada vez más subalterno hacia los algoritmos; no se trata de asumir posturas filosóficas, más bien es de identificar las mil y una formas de alienación presentes en nuestros gustos, relaciones, valores o creencias. Guy traspasa un predeterminismo bañado de cotidianidad; su toma de conciencia muestra que podemos ver desde otras perspectivas a las imposturas algorítmicas.
El acto de ponerse las gafas es la parte medular de esta película, porque Guy asume que ya no es un personaje de relleno que tiene que reproducir una y otra vez los mismos patrones: levantarse de la cama, vestirse de la misma forma, ir por un café, llegar al banco y morir; él descubre que es posibilidad. En ese momento de lucidez -iluminación para los místicos- él ve con claridad el entramado oculto de un mundo lleno de interfaces, diseños visuales y sonoros, instrucciones de mando, así como las metas del juego.
La historia de Guy podría ser la de todos aquellos que han percibido los patrones invisibles que distinguen a las sociedades de control digital; miles de millones de personas llevan una vida rutinaria moldeada por los algoritmos que sugieren qué modas seguir, qué música escuchar, cuáles son las tendencias políticas pertinentes o qué información necesita. Desde esta perspectiva, los avances tecnológicos no son necesariamente un progreso para la humanidad debido a sus impactos negativos en diversos ámbitos.
¿Qué tanto se parece nuestra realidad al contexto del video juego de esa película? Es pertinente analizar si dentro del sistema somos algún tipo de personaje que reproduce ciertos papeles; esto implica ver con amplitud la relación que guardan nuestras aspiraciones, problemas, necesidades, estados de ánimo, entre miles de aspectos más con la información proveniente de los medios masivos de comunicación o las instituciones sociales. Así, una persona que cuestiona sus modos de ser y de estar en sociedad tiene la posibilidad de afectar al sistema en su conjunto.
Las inteligencias artificiales están constituyéndose como un sistema que rebasa a la inteligencia humana y, en esta tesitura, Guy expresa la necesidad de humanizar las tareas rutinarias y otorgarles trascendencia. Esta producción es un desafío para repensar nuestra comprensión de la inteligencia, la creatividad y los valores humanos. ¿Acaso somos máquinas que ejecutamos ciertas tareas después de recibir una orden?
La película también cuestiona la mentalidad del rebaño. Para Nietzsche, la autonomía es la capacidad de crear nuestros propios valores y normas para liberarnos de la moral tradicional y las imposiciones externas. Guy se convierte en un «espíritu libre» que reafirma su voluntad de poder forjando una identidad auténtica. Free Guy es una metáfora que condena la conformidad, la mediocridad y la mentalidad de esclavos.










