Luis Fernando Bolaños Gordillo
A mediados del siglo pasado, el filósofo alemán Theodor Adorno destacó que “los lamentos por la decadencia del gusto musical no son mucho más recientes que la contradictoria experiencia que puso a la humanidad en el umbral de una época histórica: que la música representa al mismo tiempo la inmediata manifestación del deseo y la solicitud de su aplacamiento”. En este sentido, la superestructura de las industrias musicales de alcance mundial no es solo el reflejo de los modos de producción dominantes, es manifestación de un orden simbólico que instituye formas de consumo.
La globalización y la hegemonía de esas industrias han modificado los gustos por esta manifestación artística; éstos han dejado de ser actos de apreciación de procesos creativos y expresivos, ahora son expresiones de la manipulación del deseo a través de la mercadotecnia, la publicidad o el branding. En ese mundo, la manipulación de la subjetividad promueve a gran escala un consumismo estandarizado de canciones de grupos que no se distinguen por su calidad sino por su impacto mercadotécnico.
Gracias a los avances tecnológicos, esas industrias controlan las relaciones de producción, circulación y consumo musical en una sociedad que dirige más su atención a factores como el “éxito” de las canciones, los estribillos pegajosos, el número de reproducciones en las plataformas digitales o el carisma de los cantantes. Theodor Adorno remarcó en su tiempo que “la conducta valorativa se ha convertido en una ficción para quien se encuentra rodeado de mercancías musicales estandarizadas”. Al ironizar sobre el sistema, Mark Fisher apuntó que “es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo” y, en esta tesitura, la capacidad de elección musical que se ajustaba a parámetros de calidad lírica e interpretativa ha sido rebasada por un consumismo sin elementos críticos.
La digitalización de la música aunada a la hipervisibilización de cantantes y grupos que son producto de la mercadotecnia, incide en la decadencia del gusto del público y, en este sentido, el investigador Daniel Hernández (2013) afirmó que “la industria cultural y la música ligera han embotado las capacidades de escucha del oyente hasta conseguir que éste sólo sea capaz de reconocer y entender los guiones basados en estribillos pegadizos y las ideas musicales fáciles y tramposas”. Es así como las condiciones impuestas por esa industria hacen por demás difícil que el público tenga una posición crítica con respecto a la música que escucha, ya que está alienado por los posicionamientos de dueños y productores de casas disqueras, de especialistas musicales, de conductores de canales de videos, así como de los contenidos manejados en la publicidad, la mercadotecnia, el branding y las redes sociodigitales.
El rock pese a su bandera de crítica, libertad y autonomía, tampoco escapó de las garras de las industrias musicales y muestra de ello es que desde el año de 1983 existe el Salón de la Fama del Rock and roll, situado en Cleveland, dedicado -en teoría- al recuerdo y memoria de los artistas más famosos e influyentes de este género. El carácter alienante del sistema capitalista es visible en esa instancia donde pesan las apreciaciones de músicos y productores consagrados, dueños de casas disqueras, revistas de renombre como Rolling Stone, periodistas especializados en el ramo, entre otros actores que deciden quién entrará a formar parte de esta memoria.
Ese museo no goza de una aceptación generalizada de los seguidores de este género: hay sectores que la aceptan porque reconoce la trayectoria de agrupaciones legendarias y, en contraparte, quienes la ven como un reflejo del sistema económico imperante. La atracción visual de este museo consta de instrumentos de músicos consagrados, vestuarios, accesorios, carteles, fotografías, videos, carátulas de discos; también se comparten borradores y letras de canciones, obras escritas por los músicos que se convierten en una gran biblioteca de investigación para los estudiosos en el ramo, que tienen la posibilidad de asistir a conferencias.
Tomando en consideración el segundo aspecto, la reciente nominación del grupo Maná al Salón de la Fama del rock and roll generó controversias entre expertos, melómanos y músicos, sobre todo por si la discografía y estilo corresponden a este género. Por un lado, quienes escuchan a Maná desde los años noventa del siglo pasado, estarán orgullosos por esta nominación, probablemente motivados por un sentido de mexicanidad y porque representan al idioma español; por otro, los melómanos de hueso colorado, conductores radiofónicos de programas especializados en este género o periodistas experimentados, critican esa nominación, debido a que lo que toca este grupo no tiene relación con el género, salvo ciertas voces que los comparan con The Police, quienes por cierto fueron ingresados a ese salón en el año 2003.
Si esa industria en su conjunto afirma que Maná es rock, millones de consumidores que tienen el oído colonizado lo aceptarán sin replicar, porque su alienación no les permite trascender una vivencia musical estéticamente condicionada que lamentablemente no da paso a otras bandas que sí están tocando rock en idioma español. Pareciera que quienes detentan el poder en ese salón de la fama pretenden llenar algún vacío en sus gigantescos alcances, pero esa jugada mercadotécnica tiene una limitante: Maná no tiene las condiciones para competir con bandas consagradas como The Jimi Hendrix Experience, Cream, The doors, Led Zeppelin, Pink Floyd, entre otras. En este orden de ideas, más que llenar un vacío, esa industria lo está ampliando; Maná encaja más en otro tipo de premios o reconocimientos propios de la música de la gran mayoría.
Las redes sociodigitales son un termómetro que ayuda a medir la temperatura de esta nominación, y ahí van y vienen miles de comentarios que ironizan al respecto, tomando en cuenta principalmente el carácter de rebeldía, autodeterminación, autonomía, entre otros que distinguen al género, cosa que Maná no tiene. Theodor Adorno dejó en claro que la música ligera es de las mayorías y la postulación de ese grupo obedece más a la necesidad del sistema de atraer a consumidores de habla hispana cosa que, paradójicamente, existe desde hace lustros; el filósofo alemán subrayó que “en el dominio de la superestructura la apariencia no es solamente la ocultación de la esencia, sino que infiere forzosamente en la esencia misma”, y es la esencia del rock la que se perdió en los dominios del capital.










