Ingenuidad, soberbia y los lobos del pasado

Letras Desnudas

Mario Caballero

Los que saben de poder aseguran que en la función pública la confianza excesiva no es una virtud, sino un boleto sin retorno hacia el cadalso político. Y tienen razón.

En semanas recientes hemos podido constatarlo nosotros mismos con el estrepitoso derrumbe de Omar Gómez Cruz al frente de la Secretaría de Salud del estado. Su humillante fracaso no fue un hecho fortuito ni una conspiración del destino, sino la crónica de una caída anunciada por su propia candidez, una alarmante ingenuidad y, sobre todo, por la terrible contradicción de operar bajo una bandera de honestidad mientras él mismo le abrió la puerta de par en par a las peores lacras de la política chiapaneca.

Gómez Cruz, un cirujano oncólogo de respetable trayectoria médica, llegó al cargo precedido por una reputación impecable dentro de los quirófanos y las aulas universitarias. No por nada el gobernador Eduardo Ramírez le entregó toda la confianza para hacerse cargo de una de las instituciones pilares de la gobernabilidad.

Se le consideraba un médico brillante, un hombre de ciencia ajeno a las mañas y vicios del sistema de partidos. No obstante, se olvidó que operar un tumor no es lo mismo que operar la administración pública, que exige malicia, carácter, mano firme y una profunda capacidad de discernimiento.

LA SOBERBIA

Su pecado capital fue la soberbia de creerse inmune al canto de las sirenas y la flagrante ingenuidad de rodearse de personajes impresentables que devoraron la institución a sus espaldas, sepultando de paso su propia reputación y dejándolo bajo la severa investigación de la Secretaría Anticorrupción y Buen Gobierno.

El ejemplo más nítido y vergonzoso de esta ceguera voluntaria tiene nombre y apellido: Juan Carlos López Fernández.

¿En qué cabeza cabe acercarse a un cuadro de la más pura cepa y herencia sabinista, ampliamente cuestionado y arrastrado históricamente por señalamientos de enriquecimiento ilícito, desvío de recursos públicos y un oportunismo ramplón?

Introducir a un operador con semejantes antecedentes en las arcas de la salud pública no fue un simple error táctico, fue meter de buena gana a Drácula a cuidar el Banco de Sangre.

EL CHAPITAS

Para dimensionar el tamaño de la imprudencia de Gómez Cruz, es necesario revisar las páginas más oscuras de la historia moderna de Chiapas.

Durante el sexenio de Juan Sabines Guerrero, un gobierno recordado por dejar el estado sumido en una deuda por alrededor de 40 mil millones de pesos y obras públicas completamente fallidas, López Fernández, conocido como “El Chapitas”, fungió como uno de los operadores políticos y financieros más audaces y conspicuos del aparato gubernamental.

Desde su posición como aliado cercano de Sabines y diputado local, López Fernández perfeccionó el arte del abuso de poder. En unos cuantos años pasó de ser un simple empleado de mostrador en Palenque a todo un potentado.

Fue el primer director del Instituto de Comunicación Social (Icoso) del sexenio sabinista; en 2007 llegó a presidir la Mesa Directiva del Congreso del Estado, siendo además líder de la bancada del extinto PRD, y, como premio a su lealtad y operación política en la consecución de préstamos al Gobierno del Estado, fue nombrado titular del Instituto de Población y Ciudades Rurales Sustentables hacia el cierre de la administración, encargándose incluso de la entrega de infraestructura y viviendas de proyectos emblema como la Ciudad Rural Jaltenango La Paz.

Tras su desempeño en esos cargos fue señalado sistemáticamente por utilizar su influencia política para presionar a constructores, direccionar asignaciones presupuestales y operar el desvío de millonarios recursos públicos destinados al desarrollo social, acumulando un patrimonio personal que simple y sencillamente no cuadra con los ingresos que obtuvo como servidor público en esos seis años de latrocinio.

CORRUPCIÓN

A pesar de este negro historial, perfectamente documentado y grabado en la memoria colectiva del pueblo chiapaneco, Omar Gómez decidió otorgarle a López Fernández absoluta confianza y cobijo en la Secretaría de Salud. Mientras el exsecretario firmaba pomposos comunicados en los que alegaba “humanismo, transparencia y medicina social”, en las cañerías más profundas de la institución sus colaboradores más cercanos negociaban moches millonarios, inflaban facturas de proveeduría médica, simulaban la compra de medicamentos y condicionaban de manera mafiosa los pagos a contratistas y empresarios del sector salud.

Su exceso de confianza lo convirtió rápidamente en un rehén decorativo de su propio equipo de trabajo.

La bomba, inevitablemente, terminó por estallar. Las indagatorias conjuntas realizadas por la Fiscalía General del Estado (FGE), la Secretaría Anticorrupción y Buen Gobierno, y la Auditoría Superior del Estado destaparon un boquete financiero insostenible, provocando su fulminante destitución del cargo que le quedó tan grande.

Hace apenas unos días, el fiscal Jorge Luis Llaven Abarca confirmó la detención y posterior vinculación a proceso de cuatro servidores públicos de alto nivel que operaban bajo el amparo de Gómez Cruz en el Instituto de Salud.

Entre los exfuncionarios tras las rejas se encuentra Rosario Esmeralda “N”, quien ostentaba el poderoso cargo de directora de Infraestructura de Salud hasta el día de la caída del secretario. Junto a ella, cayeron también Sinar Rodrigo “N”, exsubdirector de Recursos Materiales y Servicios Federales; Cleofás “N”, exjefe del Departamento de Servicios Generales, y Sonely “N”, exjefa del Departamento de Recursos Materiales.

A estos cuatro exdirectivos se les imputan penalmente los delitos de ejercicio abusivo de funciones, ejercicio ilegal del servicio público y abuso de autoridad.

La Fiscalía detectó una ausencia total de cuadros comparativos en las licitaciones, inexistencia absoluta de dictámenes económicos y de adecuación presupuestal, y, lo que es aún más grave, una carencia total de evidencia documental que soporte la ejecución física de los servicios supuestamente contratados.

En pocas palabras: se pagaron cientos de millones de pesos a empresas fantasmas por servicios y obras en hospitales que jamás se realizaron, robándose el dinero destinado a las clínicas de las comunidades más pobres del estado.

LA LECCIÓN

Este manotazo de la justicia demuestra con total claridad que en el gobierno actual nadie va a cargar con los platos rotos ajenos, ni se van a tolerar las complicidades o la impunidad, caiga quien tenga que caer.

Omar Gómez Cruz se marchó por la puerta trasera de la historia, dejando un organismo colapsado administrativamente, clínicas desabastecidas y un vergonzoso tendajón de complicidades que hoy limpia con escoba de hierro la justicia chiapaneca.

Ningún funcionario público debe olvidar la lección que deja su estrepitosa caída: rodearse de corruptos por mera ingenuidad o cobijo faccioso te vuelve penal, administrativa y moralmente corresponsable de la tragedia social.

Gómez Cruz pagó caro haber acogido a Juan Carlos López Fernández, quien –según testimonios– durante el tiempo que no estuvo incrustado en el gobierno se dedicó a hacerle de gigoló, embaucando a cuanta adulta mayor adinerada pudo en el municipio de Palenque.

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