Naciones Unidas y la disyuntiva civilizatoria

1 PARTE

Gustavo Buster

La apertura de la 78ª sesión de la Asamblea General de Naciones Unidas (AGNU), que ha tenido lugar esta semana en Nueva York, pasará a la historia como un momento trágico. Desde 2015, cuando los estados miembros de NNUU redefinieron los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM), centrados en la lucha contra la pobreza en los países menos desarrollados, como los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), la Agenda 2030 se ha convertido en el programa mínimo de urgencia de toda la Humanidad. Sin embargo, los informes del Secretario General Guterres no pueden ser más concluyentes: en relación con el cambio climático, la falta de aplicación de los Acuerdos de Paris “han abierto las puertas del infierno”; por lo que respecta a los ODS, solo un 12% de los objetivos están al alcance, el 50% no lo está y en un 30% de ellos se ha retrocedido con respecto a 2015.

Una crisis civilizatoria existencial global

Si la Gran Recesión de 2007-2008 fue la causa de la redefinición de los ocho ODM en los diecisiete ODS actuales, la pandemia de Covid y la crisis económica que la acompañó y siguió pusieron a prueba todos los programas e instituciones del sistema multilateral de Naciones Unidas. Los países industrializados aplicaron distintas medidas de confinamiento, más o menos estrictas, el comercio internacional se redujo sustancialmente, los cuellos de botella en la cadena de suministros acabaron provocando una oleada de inflación y la deuda acumulada ha empujado a la bancarrota a 58 de los 193 países miembros de NNUU. La acumulación de los efectos sociales, económicos y políticos de estas tres crisis, sin precedentes desde las crisis desde 1927 hasta el final de la Segunda Guerra Mundial en el Siglo XX, ha supuesto un retroceso histórico que ha cuestionado la globalización y las políticas neoliberales que habían articulado el capitalismo global desde el colapso de la URSS. Por si faltaba alguna evidencia, la gestión de la propia pandemia de Covid y de las vacunas -requisito esencial para relanzar las economías- ha sido desastrosa globalmente, con diferencias de vacunación entre el 89% en Europa y el 18% en África, aumentado la desigualdad global.

El punto de arranque es peor para el conjunto de la Humanidad, pero los retos en la segunda década del siglo XXI siguen siendo existenciales. Si para 2030 no se ha logrado reducir la pobreza extrema, reformar sustancialmente el sistema financiero internacional, hacer la transición justa hacia una economía de los cuidados y verde, el sistema multilateral y buena parte de las instituciones estatales nacionales se desmoronarán en una erosión sin precedentes de la legitimidad social. Y sin estos instrumentos imprescindibles para reducir el ascenso medio de las temperaturas a 1,5 Cº -y las predicciones actuales son de 2,8 Cº- las consecuencias serán prácticamente incontrolables e ingestionables políticamente, arrastrando al conjunto de la Humanidad en un bucle reaccionario y en una crisis civilizatoria cuyo último precedente fue la del Siglo XVII, con la llamada “pequeña glaciación” y las respuestas políticas que provocó (1 y 2).

La 78ª sesión de la Asamblea General de NNUU es especialmente importante porque marca la mitad del camino en el cumplimiento de los ODS. Durante los dos últimos años, bajo la dirección personal de Antonio Guterres, las instituciones multilaterales de NNUU han intentado hacer un balance de la situación, identificar los obstáculos a superar, construir un método de actuación e iniciar las reformas instrumentales necesarias. El resultado ha sido una hoja de ruta, la Nueva Agenda Común, que comenzaba con la Cumbre de la Agenda 2030 el pasado 18 y 19 de septiembre, la Cumbre del Futuro en septiembre de 2024 y la Cumbre Social en septiembre de 2025, mientras se mantenían en paralelo las Cumbres Climáticas y las de Biodiversidad y se preparaba para 2025 una Cumbre para la

Financiación al Desarrollo (que se ha ofrecido a organizar España), que debe ser un punto de inflexión en los debates sobre la reforma del sistema financiero internacional.

La crisis geopolítica

Pero el comienzo no ha podido ser peor. Cuando a los estados miembros menos desarrollados se les prometía la cooperación multilateral para superar las consecuencias de las tres crisis económicas y facilitar sus esfuerzos planificados para el cumplimiento de la Agenda 2030, con lo que se han encontrado es con una crisis geopolítica sin precedentes, centrada en la Guerra de Ucrania, que ha bloqueado el funcionamiento del Consejo de Seguridad y agravado una nueva carrera de armamentos nuclear y convencional.

No es que las crisis geopolíticas no existieran. A nivel regional, los primeros efectos de la crisis climática, los desplazamientos de refugiados y migratorios y la erosión por la deuda de las estructuras estatales poscoloniales en la región de los grandes lagos, Libia, Etiopía, Somalia, Sudán o el Sahel en África; en todo Oriente Medio tras las guerras de Irak y Siria y el mantenimiento de la ocupación israelí de Palestina; en Asia, con la victoria Talibán en Afganistán, las fricciones entre India y Pakistán, la expansión marítima de la zona de influencia de China y el programa nuclear de Corea del Norte. Pero estas tensiones geopolíticas regionales, en parte consecuencia de la intervención primero y la retirada militar posterior de EEUU en alguno de estos escenarios, han podido ser gestionadas por las grandes potencias en el Consejo de Seguridad, sin cuestionar sus intereses estratégicos y zonas de influencia tras el colapso de la URSS y las Guerras del Golfo. La guerra de Ucrania, resultado de la invasión rusa -aunque viniese precedida de la expansión de la OTAN, la revuelta del Maidan, la guerra del Donbass y la anexión rusa de Crimea en 2014- supone un cuestionamiento de los principios de la Carta de Naciones Unidas, de los mecanismos de mediación multilaterales (el proceso de Minsk) y del equilibrio geopolítico entre las grandes potencias, además de la amenaza de utilización de armas nucleares.

De la misma manera, la crisis de la globalización y el neoliberalismo capitalistas ha agravado la competencia económica entre EEUU y la UE con China, pero el bloqueo geopolítico de la Agenda 2030 amenaza con convertir esa competencia en dos bloques enfrentados, cada vez más incompatibles y con instituciones regulatorias y financieras diferentes y divergentes, a medida que se van ampliando los regímenes de sanciones. De llegar hasta sus últimas consecuencias, el sistema multilateral surgido del fin de la Segunda Guerra Mundial quedaría paralizado por una nueva guerra fría que haría imposible la cooperación internacional imprescindible para alcanzar los objetivos de la Agenda 2030.

En este sentido, los prolegómenos de la 78ª AGNU pueden resumirse en tres reuniones previas. La primera, el encuentro de los banqueros centrales en Jackson Hole, dónde se han ratificado en las subidas de los tipos de interés, en un diagnóstico equivocado de las causas de la inflación, que va a agravar sustancialmente la crisis de la deuda y puede provocar una recesión internacional. La segunda, la reunión de los BRICS en Johannesburgo que, con su ampliación, intenta estructurar una mayoría operativa alternativa en NNUU y contrapesar las políticas unilaterales occidentales. La tercera, la reunión del G-20 en Delhi, la principal estructura de coordinación de las grandes potencias globales y regionales, que empieza a manifestar los efectos de la polarización en bloques y su parálisis. Finalmente, y este es otro dato simbólico sobre las prioridades, cuatro de los dirigentes de las cinco grandes potencias no han acudido a la semana inaugural de la 78ª AGNU y solo Biden se ha dirigido a ella.

El programa de la 78ª AGNU

La organización de la semana inaugural de alto nivel, del 18 al 22 de septiembre, intentaba centrar las prioridades de NNUU, más allá del debate general, un eufemismo para la larga exposición de monólogos de los 196 jefes de las delegaciones nacionales. Tres bloques se definen claramente:

1- La Agenda 2030, con las reuniones de alto nivel sobre Desarrollo Sostenible y Financiación para el Desarrollo y su continuación en 2024 en la Cumbre del Futuro.

2- Sanidad, con el balance y lecciones aprendidas de la pandemia de Covid, con tres foros sobre la preparación global para la lucha contra las pandemias, la lucha contra la tuberculosis y la cobertura sanitaria universal.

3- Cambio Climático, con una cumbre sobre el balance del cumplimiento de los Acuerdos de París.

A ello hay que añadir un cuarto bloque, no por marginalizado menos importante: el desarme nuclear. La entrada en vigor del Tratado para la Prohibición de las Armas Nucleares (TPAN, 2017), se ha convertido en una alternativa radical a la crisis del Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP), a la vigencia de la doctrina de la destrucción mutua asegurada como cimiento de la disuasión nuclear y a la nueva carrera armamentista nuclear que precedió, pero se ha reforzado, con la Guerra de Ucrania. La celebración el 26 de septiembre del Día internacional para la Eliminación de las Armas Nucleares intenta ser un recordatorio de este peligro existencial.

Sin embargo, frente a las prioridades acordadas, EEUU y sus aliados decidieron situar en primer plano la crisis geopolítica, organizando una sesión extraordinaria del Consejo de Seguridad el miércoles 20 para que pudiera intervenir en persona el presidente ucraniano Zelenski. Teniendo en cuenta que la Guerra de Ucrania ha figurado en el orden del día habitual del Consejo, la sesión solo podía tener un carácter propagandístico y de reafirmación del bloque aliado, en un momento de tensiones, especialmente entre Polonia y Ucrania por el precio de las exportaciones de cereal ucraniano. Si bien la mayoría de la Asamblea General ha reiterado en tres ocasiones su condena a la invasión rusa, con una mayoría de 141 votos, el mensaje de EEUU no podía ser más inequívoco sobre la relación entre el apoyo a Ucrania y el impulso a las reformas para la aplicación de la Agenda 2030.

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