(primera parte)
Hanna Perekhoda
La socialista ucraniana Hanna Perekhoda nació y creció en Donbas. Actualmente es candidata a doctorado en historia en la Universidad de Lausana en Suiza, donde su investigación examina los debates sobre la cuestión ucraniana entre los bolcheviques. Perekhoda ha escrito extensamente sobre la historia de Ucrania, incluyendo “Cuando los bolcheviques crearon una república soviética en el Donbas” y “Ucrania y su idioma en la imaginación política de la nación y el imperio rusos”. También es activista del Comité de Solidaridad con el Pueblo Ucraniano con sede en Suiza, así como de la Red Europea de Solidaridad con Ucrania. A continuación, Perekhoda responde a las preguntas de Federico Fuentes, de la revista Links, sobre la relación de Rusia con Ucrania, el papel del idioma en el conflicto y las realidades de la región de Donbas.
Al lanzar su invasión, el presidente ruso, Vladimir Putin, argumentó que los ucranianos no existen, que el estado ucraniano era un error y que simplemente estaba recuperando lo que legítimamente pertenecía a Rusia. ¿Podría describir brevemente cómo se ha desarrollado la relación entre Rusia y Ucrania a lo largo del tiempo? ¿Hasta qué punto la naturaleza de esta relación ha sido un factor motivador en la guerra de Putin?
Para entender la guerra que libra Putin contra Ucrania y su pueblo, es necesario considerar la autopercepción y la percepción del mundo que se forjó dentro de la clase política rusa, y el lugar que le reservan a Ucrania en ella. Para Putin, los ucranianos y los rusos son “una y la misma gente”, mientras que la identidad nacional distinta de los ucranianos es el resultado de una conspiración tramada por aquellos que quieren debilitar a Rusia. Las élites zaristas también creían que las potencias rivales alimentaban el sentimiento nacional ucraniano para debilitar a Rusia. Dos siglos después, Putin expresa esta misma obsesión, que configura tanto su retórica como su acción política.
De hecho, esta es también la razón por la cual los analistas occidentales no podían creer que esta guerra pudiera ocurrir. ¿Por qué Putin finalmente se embarcaría en una guerra a una escala que no se había visto en Europa desde el final de la Segunda Guerra Mundial si estrictamente no podía lograr ninguna ventaja económica? Tal vez sea porque las personas que gobiernan Rusia no son homo economicus y no calculan las ganancias y las pérdidas de la manera que imaginan los defensores del enfoque realista en las relaciones internacionales.
Como dice la conocida expresión, “Rusia no tenía un imperio, era un imperio”. Sus colonias no estaban ni geográfica ni políticamente separadas del núcleo imperial. Las fronteras, tanto físicas como simbólicas, se desdibujaron. En tal contexto, ¿cómo se pueden definir los límites de la nación rusa? Esta difícil pregunta ha resultado fatídica, tanto para los rusos, que intentan identificar dónde terminan sus fronteras, como para los pueblos sometidos al abrazo mortal de Rusia. Esta guerra demuestra cuán peligrosos son los imperios que quieren convertirse en estados-nación. El control de Ucrania es una piedra angular del proyecto del Imperio Ruso, pero también, y, sobre todo, del proyecto de la Nación Rusa formulado por sus más destacados historiadores e intelectuales en el siglo XIX. Quiero insistir en este doble papel. Sin Ucrania, Rusia nunca se habría convertido en una potencia imperial y dejaría de ser el gran estado que se extendía por Europa y Asia. Pero, al mismo tiempo, para las élites nacionalistas rusas, su nación está incompleta, si no resulta imposible, sin los ucranianos dentro de ella. Al igual que los nacionalistas rusos de épocas anteriores, Putin considera que la existencia separada de los ucranianos conduce a la destrucción inevitable del cuerpo de la nación rusa. En este sentido, la narrativa nacional de Ucrania y Rusia están en total contradicción y se excluyen mutuamente. Ucrania como comunidad política solo puede sobrevivir fuera de Rusia, porque Rusia niega su derecho a existir.
Desde el siglo XIX, las élites rusas han desarrollado una actitud paradójica hacia Ucrania. Por un lado, dan por sentado que los ucranianos son parte integral de Rusia; para ellos, las relaciones ruso-ucranianas no son un problema en sí mismas. Por otro lado, tanto las autoridades zaristas como las soviéticas después de su giro estalinista suprimieron cualquier manifestación de identidad política ucraniana separada. Afirmaron que el nacionalismo ucraniano era un fenómeno limitado a unos pocos intelectuales, pero se reconoció la naturaleza masiva de la amenaza planteada por la identidad política ucraniana porque la cultura y el idioma ucranianos fueron constantemente reprimidos. En tiempos de crisis, como fue el caso en 1917 o en 1991, la repentina aparición de los ucranianos – ¡que ni siquiera se supone que existen! – con sus reivindicaciones separatistas fue un shock para los rusos. De repente, la «cuestión ucraniana» se vio como una cuestión de vida o muerte para Rusia. Frente a la ruptura de Ucrania para forjar su propio destino, las clases dominantes de Rusia estaban horrorizadas y atónitas por la rapidez con que su mundo se estaba desmoronando. Resultó que su «única y misma gente» era producto de sus ilusiones, que nunca habían existido en ningún otro lugar que no fuera en su imaginación. En este sentido, la actual guerra rusa en Ucrania puede ser vista como una manifestación extrema de la lucha que los nacionalistas rusos, apegados a la idea de “un mismo pueblo”, están librando para reconectarse con su pasado a fin de afianzarse en el presente y proyectarse hacia el futuro.
Pero, aunque quiero enfatizar que la historia es importante, no puede explicar completamente las razones de esta invasión. Al contrario de lo que cree Putin, la historia no es un destino inexorable: las élites rusas podrían haber desarrollado fácilmente una visión diferente de su nación. La historia es una fuente de repertorios de prácticas y discursos que pueden ser reactivados por las clases dominantes para perseguir los objetivos políticos del momento. Así como el nazismo no fue producto del espíritu alemán, el putinismo y su invasión de Ucrania no es el simple producto de alguna inercia histórica. Las ideas de Putin y de las clases dominantes rusas pueden ser producto de los últimos siglos, pero el régimen político de Putin, que ha permitido reactivar estas ideas, es producto de los últimos veinte años.
Una afirmación que se repite a menudo es que, desde la rebelión de Maidan en 2014, los rusohablantes han sido discriminados y el idioma ruso está prohibido en Ucrania. ¿Qué hay de verdad en tales declaraciones?
Durante el siglo XX, y especialmente después del giro imperial del estalinismo, el ruso se convirtió en el idioma dominante en todas las áreas de la vida pública en la Unión Soviética: economía, administración, cultura, medios de comunicación, educación. La división colonial del trabajo entre la ciudad y el campo también persistió, garantizando a los ciudadanos rusos urbanizados y soviéticos rusificados una posición social privilegiada, con acceso a ingresos, habilidades, prestigio y poder en las repúblicas periféricas. Durante este proceso, más y más ucranianos abandonaron su idioma y cultura, que se convirtieron en una señal de inferioridad cultural que dificultaba la movilidad social. La modernización soviética estuvo acompañada por el fortalecimiento de la cultura imperial dominante, que a su vez perpetuó importantes desigualdades estructurales entre los hablantes del ruso y del ucraniano. La élite ucraniana postsoviética no tiene ni la voluntad ni los medios para corregir estas deficiencias estructurales. En cambio, sus políticas oportunistas han buscado en gran medida manipular las identidades lingüísticas, sin cuestionar el statu quo.
A partir de 2004, los diversos clanes de oligarcas en competencia por el poder alimentaron artificialmente la división sociolingüística para movilizar a sus respectivos electorados en torno a cuestiones de identidad. En 2012, las fuerzas políticas prorrusas aprobaron una ley para supuestamente garantizar la protección de las lenguas minoritarias. Pero su campaña buscaba solo “defender” el idioma ruso, lo que significaba, como pronto quedó claro, la defensa del poder blando ruso en Ucrania. La cultura ucraniana de habla rusa, con su propia historia e identidad separada de las prioridades políticas del Kremlin, no recibió ningún apoyo sustancial. En cambio, el discurso pro-Putin, imperialista ruso y anti-ucraniano recibió un cheque en blanco. Cuando el presidente Viktor Yanukovych fue recusado en 2014, el parlamento intentó derogar la ley. Aunque esta decisión nunca fue ratificada, Rusia aprovechó la oportunidad para expresar su preocupación por la discriminación contra los rusos por parte de lo que llamó la “junta fascista” en Ucrania, un argumento que también se usó para justificar la interferencia rusa en Crimea y Donbass para “salvar a los rusoparlantes del genocidio”, según Moscú. En 2018, el parlamento adoptó una ley que exige que se use el ucraniano en la mayoría de los aspectos de la vida pública y obliga a los funcionarios estatales y empleados del sector público a hablar ucraniano cuando se comunican con el público. Esto puede parecer sorprendente para la gente de Europa Occidental, donde procesos similares de homogeneización lingüística tuvieron lugar hace más de un siglo (y, dicho sea de paso, a menudo de una forma mucho más violenta). Pero la situación de Ucrania, que solo obtuvo su independencia hace treinta años y que ha estado bajo la dominación política y cultural rusa hasta 2014, no se puede comparar con naciones que han tenido un estado-nación al menos desde el siglo XIX.
Ahora, ante la invasión de Rusia y el trato inhumano de los civiles por parte del ejército de ocupación, los habitantes del país se sienten ante todo ucranianos, incluidos los que hablan ruso. La gente en Kherson saluda a los soldados ucranianos y celebra la liberación de la ciudad, y en el 99% de los casos lo hacen en ruso. Miles de soldados ucranianos que defienden su país hablan ruso…







