La Autorepresentación Musical En Los Videos Cortos

La Autorepresentación Musical En Los Videos Cortos

El Hipsterbóreo

Luis Fernando Bolaños Gordillo

En su obra Humano, demasiado humano, Friedrich Nietzsche señaló que el mundo ha sido maravillosamente pintarrajeado. En su ironía sentenció que los seres humanos somos los coloristas de nuestras apariencias; la autorepresentación, por tanto, es un cuadro al que le podemos otorgar sentidos a modo que causarán infinidad de significados en quienes lo vean.

Las redes sociodigitales son todo un mercado de significantes donde la parte ontológica auténtica de millones de personas que buscan visibilizarse a toda costa para tener presencia, prestigio o aceptación, es sustituida por representaciones artificiales que no están exentas de la influencia de las modas y las tendencias que emanan de la maquinaria capitalista.

Esta hiperrealidad en la que la copia rebasa al original da pie a la digitalización del afecto en la que un ente privilegiará ser admirado y valorado por sus seguidores por lo que proyecta; su conocimiento y su capacidad de análisis quedan en segundo término. Ese ente está separado de su autenticidad y no comparte los detalles de su mundo porque solamente exterioriza una fantasía alimentada por likes.

En este afán de posicionar un significante agradable, el uso de la música en los videos cortos no es simplemente un acto que ornamenta la imagen proyectada; es el resultado de estrategias globales de gran alcance generadas algorítmicamente tras analizar el comportamiento humano: es un yo exacerbado que se recrea musicalmente.

En este sentido, musicalizar un reel no es un simple aprovechamiento de la gama tecnológica; es la explotación de la subjetividad mediante la identificación que tiene la gente con ciertos géneros, musicales, grupos y letras; el ente alienado elige un fondo musical que lo hará sentirse parte del sistema, que lo hará más visible y, sobre todo, “distinto” a millones de personas que hacen lo mismo.

Estamos ante una estrategia psicológica global que explota sin límites las identidades; los algoritmos de las distintas redes sociodigitales procesan millones de datos para vender la idea de que el uso de cierta música ayudará al necesitado de visibilidad y aceptación a convertirse en la materialización efímera de lo que busca proyectar.

Lamentablemente, en plataformas como Facebook, Instagram o TikTok, la música dejó de ser arte para convertirse en un hipervínculo que sirve como pretexto para proyectar a un ente que olvidó su autenticidad. Esas plataformas agrupan los videos y la música para trazar perfiles o preferencias de toda índole que sirven también para publicitar sutilmente a las agrupaciones musicales.

De esta forma si alguien sube un video corto con el fragmento de una canción que se está volviendo viral, los algoritmos procesan los likes y los comentarios para colocar el contenido en las secciones «Explore» o «Para ti». Acá se aplica aquello de “nadie sabe para quién trabaja”, porque esa estrategia sirve para fortalecer el engranaje publicitario de la música comercial.

El sistema ha perfeccionado esto a tal grado de que la música sirve más para aprovecharse comercialmente de las emociones y los sentimientos que para transmitir talento. La decadencia es tan extrema que se usan fragmentos de reggaetón o de corridos tumbados para aumentar el alcance de una industria que busca a toda costa la monetización de estas estrategias.

Así, una canción romántica, un corrido tumbado aspiracionista o cualquier ritmo le indican a los usuarios las formas en que pueden autorepresentarse musicalmente; para esta maquinaria estos reels son necesarios para posicionar agrupaciones, fijar tendencias, construir nuevas modas y, sobre todo, alienar la mentalidad de quienes creen que acompañarse de música es un acto sofisticado.

La viralidad del ente musicalizado en los videos cortos es una fantasía, ya que su plenitud, completitud o totalidad fueron sustituidas por ritmos y letras triviales. Hay quienes incluso aparecen bailando en esos videos o tarareando las melodías. Subir un video de este tipo es una forma de manifestar al mundo el grado de alienación digital que se tiene.

Acompañarse de la canción del momento demuestra que el usuario está «al día» con las tendencias de la industria. Lamentablemente poco se analiza sobre los intereses comerciales que prevalecen en esos actos de “conexión” musical. Las canciones representan a nichos específicos y quienes las usan se etiquetan como parte de ese tipo de consumo.

La música, más que mostrar fragmentos de la vida cotidiana de las personas, está consolidando una experiencia estética que hegemoniza los modos de ser y estar en las redes sociodigitales. Un video de alguien bailando con su escoba se convierte en un contenido exitoso: la crítica o la capacidad de análisis prácticamente no tienen cabida en ese mundo.

Esta especie de placer visual y auditivo provoca que representarse musicalmente sea adictivo, porque no tener presencia en esas redes es lo mismo que no existir.

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