La ciudad que creyó que siempre habría mañana

La ciudad que creyó que siempre habría mañana

En el cruce del camino

Fernando Castellanos Cal y Mayor

Hay ciudades que se visitan para conocer su historia. Yo salí de Pompeya comprendiendo un poco mejor las nuestras.

Confieso que hubo un momento en el que dejé de tomar fotografías. Mientras cientos de visitantes seguían avanzando por aquellas calles de piedra, decidí detenerme unos minutos. Frente a mí no había un museo. Había una ciudad que, dos mil años después, seguía hablando con una claridad que pocas ciudades modernas consiguen.

Antes de llegar conocía la historia que todos conocemos. En el año 79 después de Cristo, el Vesubio despertó con una violencia descomunal. Durante tres días y tres noches una lluvia incesante de ceniza, piedra pómez y gases volcánicos cubrió Pompeya. El sol desapareció. La oscuridad se volvió permanente. Muchos pensaron que aquella pesadilla terminaría al amanecer. El amanecer nunca llegó. Cuando finalmente descendieron los flujos piroclásticos, la ciudad quedó sepultada bajo varios metros de ceniza. Durante casi mil setecientos años el mundo olvidó que Pompeya había existido, hasta que la arqueología volvió a abrirle las puertas.

Ésa era la historia que llevaba aprendida.

La verdadera empezó cuando comencé a caminarla.

Pompeya no era una ciudad antigua sorprendida por un volcán. Era una ciudad extraordinariamente moderna. Tenía calles perfectamente trazadas, banquetas, pasos peatonales elevados para cruzar sin mojarse, drenaje, acueductos, fuentes públicas, panaderías, restaurantes, hoteles, gimnasios, anfiteatro, comercios y termas que hoy llamaríamos spas. Pero aquellas termas eran mucho más que lugares para bañarse; eran centros de convivencia donde se hacían negocios, se discutía política y se construían relaciones.

Mientras recorría sus calles no podía dejar de pensar cuántos urbanistas contemporáneos pagarían por pasar una semana en la Pompeya del año 79. Ahí estaban resueltos problemas que todavía ocupan congresos internacionales: movilidad, abastecimiento de agua, ordenamiento territorial, convivencia entre vivienda y comercio, espacios públicos y desarrollo urbano.

Como abogado, como servidor público y como alguien que ha tenido el privilegio de participar en la construcción de políticas públicas, dejé de recorrer Pompeya como turista. Empecé a recorrerla como alumno.

Comprendí que las ciudades no se levantan únicamente con piedra.

Se levantan con instituciones.

Lo que más me impresionó fue descubrir que la política seguía escrita sobre los muros. Todavía permanecen anuncios pidiendo el voto para determinados candidatos. Comerciantes, vecinos y artesanos recomendaban públicamente a quienes aspiraban a gobernar la ciudad. Había campañas, prestigios familiares, grupos de apoyo y competencia política. Cambiaron las herramientas, pero no la esencia.

Pompeya contaba con magistrados, duoviros que encabezaban el gobierno municipal, ediles responsables de los mercados, las calles y las obras públicas, además de un consejo ciudadano que discutía los asuntos colectivos. Frente a aquellas paredes comprendí que conceptos como municipio, cabildo o administración pública no son invenciones modernas; son el resultado de siglos de aprendizaje institucional.

Pero Pompeya también enseñaba otra lección.

No todos habitaban la misma ciudad.

Ser ciudadano romano significaba derechos, protección jurídica y participación política. Los libertos habían conquistado su libertad, aunque no la igualdad plena. Los extranjeros vivían bajo otras reglas. Los esclavos sostenían buena parte de la economía sin ser considerados ciudadanos. Pompeya era avanzada, pero profundamente desigual.

El desarrollo urbano nunca garantiza, por sí solo, la justicia.

También me sorprendió la naturalidad con la que convivían distintas culturas. La influencia osca, la herencia griega y el poder romano compartían calles, templos, mercados y costumbres. Pompeya demostraba que las grandes civilizaciones no nacen del aislamiento. Nacen del encuentro.

Roma tampoco escondía todo aquello que existía. Los prostíbulos funcionaban de manera legal y regulada. El Estado prefería ordenar ciertas actividades antes que fingir que no existían. Era una ciudad pragmática, consciente de que gobernar también consiste en administrar la realidad.

Y entonces apareció el descubrimiento más inesperado.

Mientras caminaba por aquellas calles entendí que seguía escuchando hablar a Roma. Nuestro idioma conserva miles de palabras nacidas del latín: municipio, ciudad, república, justicia, senado, libertad, familia, ciudadano, voto. No heredamos solamente un idioma; heredamos una manera de entender la convivencia, el derecho y la organización de nuestras comunidades.

Pompeya no desapareció.

Sigue viva cada vez que pronunciamos esas palabras.

Lo verdaderamente conmovedor llegó al final del recorrido. En algunos hornos todavía quedaron restos del pan que alguien preparaba para el día siguiente. Había herramientas sobre las mesas, comercios abiertos, propaganda electoral en las paredes y hogares donde seguramente se hablaba del futuro. Ninguno de sus habitantes sabía que estaba viviendo el último día de su ciudad.

Y fue ahí donde dejé de pensar en Roma para pensar en nosotros.

Pensé en nuestras ciudades. En quienes hoy tenemos responsabilidades públicas. En quienes tomamos decisiones que muchas veces parecen pequeñas, pero terminan definiendo la vida cotidiana de miles de personas. Pensé que gobernar no consiste únicamente en inaugurar obras o administrar presupuestos. Gobernar también significa construir instituciones capaces de sobrevivir a quienes las encabezan.

Las piedras de Pompeya siguen ahí porque alguien entendió hace dos mil años que una ciudad debía planearse para servir a sus habitantes.

Esa lección sigue vigente.

Regresé con cientos de fotografías, pero la imagen que realmente me traje no aparece en ninguna de ellas.

Es la de una ciudad convencida de que al día siguiente volvería a abrir sus panaderías, sus termas, sus mercados y sus edificios públicos. Una ciudad que creyó que siempre habría un mañana.

Quizá por eso Pompeya no sea únicamente un sitio arqueológico.

Es un espejo.

Uno donde dos mil años después seguimos viendo reflejadas nuestras virtudes, nuestras contradicciones y nuestros desafíos como sociedad.

Porque las ciudades pueden ser modernas, prósperas y poderosas. Pero sólo trascienden cuando construyen instituciones, ciudadanía y sentido de comunidad.

Ésa fue la gran lección que me llevé de Pompeya.

No la de una ciudad que murió.

Sino la de una civilización que, aun sepultada por la ceniza, sigue enseñándole al mundo cómo construir las nuestras.

Y ahí, justamente ahí, volvemos a encontrarnos en el cruce del camino.

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