La cultura chiapaneca como escuela de vida y formación cotidiana

La cultura chiapaneca como escuela de vida y formación cotidiana

El uso de la palabra

Dr. Raúl Vázquez Espinosa

Chiapas es lugar habitado. Esto puede parecer una obviedad, pero no me refiero a lo que literalmente significa esa oración, sino a lo que filosóficamente quiere proyectar. La modernidad nos ha enseñado algunos conceptos que han servido de eje para desplegar sus acciones; es decir, por ejemplo, uno de ellos es el “espacio”, entendido como el terreno de las disputas de poder sujeto a procesos administrativos, en el cual se proyectan sus fines y sus formas sociales, económicas y políticas. El espacio no es para habitarse, ya que no sólo refleja el poder, sino que lo hace operativo, pues es a través de su ordenamiento que se gobierna, se administra y se regula la vida colectiva.

Por ello, he optado por la palabra “lugar”, que, siguiendo lo propuesto por Jean Robert, es una realidad vivida, singular y humana que se genera cuando los seres humanos habitan, caminan y relacionan su cuerpo con el entorno. No es únicamente una superficie geográfica, sino una trama de vínculos, memorias y prácticas cotidianas. El lugar es una experiencia encarnada: se camina, se nombra, se recuerda y se cuida. Por ello, Chiapas es lugar habitado porque, más que una delimitación geográfica, política y administrativa sujeta a usos del poder, es una construcción histórica, afectiva y simbólica en la que la identidad se manifiesta de manera plurirradial, desde orígenes múltiples.

Esto es la cara opuesta a lo que dice Michel Foucault sobre el territorio, que es un espacio organizado, delimitado y gobernado, en el que viven sujetos que son tratados como súbditos o como pueblo. Aunque jurídicamente pueda pensarse la soberanía sobre un territorio deshabitado, en la práctica el territorio siempre implica población, circulación, relaciones y formas de obediencia. Lo que se propone es vivir Chiapas desde la resistencia; volver la vista hacia los lugares antes que al espacio y al territorio; o, en otro sentido, ser la cara opuesta a los espacios de obediencia. Chiapas es una escuela ontológica desde hace siglos, en los que el estar-siendo ha producido formas de vida que dan rostro a nuestro estar.

Por ello, si entendemos a la cultura chiapaneca como escuela de vida, empezamos por buscar en nuestra propia forma de vida, en nuestra historia tanto política como social y cultural. En nuestras creaciones familiares y económicas; en la dinámica misma que late en el ritmo de nosotros mismos. En Chiapas, los saberes se transmiten en la práctica cotidiana: están en la milpa, el mercado, la fiesta, el trabajo colectivo. La educación acontece antes y más allá de la institución escolar. Muchas veces, cuando institucionalizamos nuestra educación, vamos dejando nuestros rasgos culturales. Estandarizamos nuestra lengua, sus variaciones, sus modos peculiares; vamos en busca de una lengua de prestigio. Lo mismo pasa con cada rasgo cultural que no está en el territorio escolar; es decir, vamos dejando nuestros lugares, vamos dejando nuestro rostro, por uno que se adapta al espacio territorial. En lugar de dialogar con el aprendizaje, vamos sometiendo nuestras formas de vida a las que aparentemente son hegemónicas.

Por ello, pensar Chiapas como lugar nos permite entenderlo como hacedor de subjetividades, porque el modo de habitar configura sensibilidades, valores, temporalidades y formas de relación. Sentir el mundo desde el lugar en el que habitamos nos ofrece una forma de relación múltiple, pero concreta; nos educa. Forma la manera en que sentimos y tejemos nuestras relaciones. Ir hacia nuestra cultura y sus subjetividades es una forma de relación entre las personas y su comunidad, pero desde el lugar de los símbolos, el cuerpo y sus creaciones. De esta manera, la identidad se teje en diálogo entre cuerpo, paisaje, lengua y memoria.

En Chiapas nos formamos cotidianamente; por ello es posible relacionarnos con lo tangible y lo intangible. Para nosotros, los objetos, los gestos y los oficios conviven con mitos, símbolos y narrativas. En cada narrativa hay formas éticas y morales; valores colectivos que urgen ser vividos. Es decir, tenemos una fuente para repensar lo que somos a partir de lo narrado; estamos-siendo por medio de nuestra historia, tejida con el símbolo. Por ello, nuestro aprendizaje articula materia y sentido, técnica y significado.

Esto nos permite asumir el aprendizaje como una experiencia situada, profundamente enraizada en la vida concreta. Conocer no es un acto abstracto ni deslocalizado, sino una forma de estar implicado en un lugar, de habitarlo con el cuerpo, la palabra y la memoria, y de participar activamente en una comunidad concreta de sentido. El saber se produce en la relación viva entre personas, territorios habitados, lenguajes compartidos y prácticas cotidianas, donde la experiencia, la historia y la afectividad se entrelazan. Aprender, así, es un proceso de vinculación, de reconocimiento mutuo y de construcción colectiva de significado, en el que el conocimiento emerge desde la experiencia vivida y no desde la separación entre sujeto y mundo.

Por ello, el lugar es lenguaje. Chiapas es lenguaje; el paisaje habla. Caminos, ríos, cerros y nombres transmiten historia y orientación simbólica. Es otra forma de educación desde el lugar; porque, como dice Jean Robert, “un lugar está delimitado por un horizonte. Un lugar es: no se representa”. Por ello, habitar es aprender a estar-siendo; los propios lugares nos transmiten mucho de nuestro carácter, de nuestras formas de hablar y de relacionarnos éticamente con la materialidad que nos rodea. De esta manera, como escribió Paulo Freire, antes de aprender a leer un texto, aprendemos a leer el mundo. Freire nos dice que antes del texto supo de las apariciones, del olor de la naranja, del jardín de su casa. Por eso, leer nuestros lugares es aprender a interpretar signos vivos.

La formación cotidiana, de este modo, es una pedagogía implícita. Las prácticas diarias enseñan límites, cooperación, responsabilidad y cuidado. Nuestro día a día busca relaciones que son nuestras. Estamos ante la secularización moderna, despojada de cercanía y llena de individualismo, en donde todo está puesto para nuestro servicio, pero puede ser vendido y comprado; se trata de dominar el espacio que espera ser transformado en sostén de nuestro confort. Al contrario, cuando anteponemos nuestros propios paradigmas, podemos deshilar y entrever aquello que se tejió como nuestro y cuáles fueron patrones impuestos para la obediencia.

Esto puede provocar, incluso, un diálogo entre la escuela y los lugares. La escuela debe reconocer y dialogar con los saberes locales, pero no como parte de un programa; sino que la escuela necesita entender que es parte de la comunidad, que es comunidad. No se trata de llevar nuestros lugares a la escuela, sino de que la escuela es comunidad y sea entendida como tal. No se trata de que la escuela enseñe los saberes locales o las formas de vida comunitarias, sino de que sea eso; que la escuela misma sea un lugar de encuentro, de conversación intercultural, de vivencias continuas. Que la escuela sea ese lugar de vida que es. Porque educar no es sustituir culturas, sino articular conocimientos, vivencias, lenguas, símbolos y formas de estar-siendo.

Como consecuencia, situarnos de esta manera gesta dignidad epistémica en los saberes locales, al reconocerlos como formas legítimas de aprendizaje y no como saberes secundarios o derivados. Estos saberes emergen de la experiencia compartida, de la memoria colectiva y de la relación viva con el lugar, y poseen racionalidades, subjetividades y relaciones propias que orientan la vida cotidiana y la comprensión del mundo. Reconocerlos no es sólo un gesto teórico, sino un acto político, ético y pedagógico, porque implica afirmar la voz de las comunidades, los barrios y las regiones, y abrir procesos educativos que sean, ellos mismos, conocimiento encarnado, situado y relacional como fundamento de toda práctica formativa.

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