El uso de la palabra
Dr. Raúl Vázquez Espinosa
La filosofía en Chiapas se encuentra en un momento revelador; podríamos decir que estamos viviendo un tiempo kairós para el horizonte del pensamiento. Jürgen Moltmann define el tiempo kairós como ese momento en que el espíritu irrumpe en el tiempo vivido, en el tiempo humano, y le otorga un nuevo significado y propósito. Usaré esta categoría de manera arbitraria, fuera de su aplicación teológica, para referirla a la historia del pensamiento en Chiapas, sobre todo en el campo de la filosofía. Insisto, Chiapas vive este momento como ese instante en que, podríamos decir con Heidegger, estamos en la plenitud del instante; la filosofía se halla en un tiempo de espera y anticipación, en su kairós, ese tiempo en que irrumpen las preguntas sobre su pasado y su presente y, en el que, de alguna manera, se vislumbra un posible futuro, siendo este futuro una idea más adivinatoria que posible. Chiapas tiene su pasado al frente, es reconocible, sabemos cuáles han sido sus claves, sus puntos de espera y sus anticipaciones. En nuestro estado la filosofía ha estado presente desde mucho tiempo atrás, tanto dentro como fuera de los muros académicos y eclesiásticos.
Como momento kairós, es necesario pensar primero en nuestro pasado; de ahí se desprende este presente. Por lo menos, puedo señalar cuatro fuentes de la filosofía en Chiapas; cuatro fuentes que no se agotan ahí, sino que delimitan o clarifican sus ámbitos, aunque pueden sumarse muchas más. Una primera fuente la encontramos, como nos dijo el profesor Jacobo Pimentel, en nuestras narraciones, mitos y leyendas; en el tiempo narrado en el que damos sentido a nuestras pautas culturales. Es una fuente para nuestra filosofía vivida, a la manera de forma de vida. En esa fuente encontramos que en cada lugar hay narración envuelta en cosmogonía y cosmovisión. Chiapas es una región que entrecruza símbolos, narraciones, formas de vida y maneras de comunicar el pensamiento; en esa marea de lenguajes la filosofía se trasluce no sólo como pensamiento, sino como una expresión más amplia, plena incluso de silencios, de experiencias que limitan con la colocación del cuerpo desde otros referentes, en los cuales lo verbal cobra otras rutas. Es decir, habitamos el mito, la narración y la propia lengua no como elementos fuera de nosotros, sino como parte sustancial del cuerpo como mundo; narramos la interioridad, narramos ese nosotros que llevamos como singularidades colectivas, pero lo hacemos en un lugar en el que estamos siendo. Aquí no hay relato y su fijación en texto; el texto mismo se desdibuja en la oralidad, pero forma parte del cuerpo que lo hace mundo. Esta manera de hacer filosofía sigue entre nosotros. Seguimos narrando y contando nuestros lugares; nuestros símbolos siguen ahí, dando ruta a interpretaciones y formas de vida. Incluso podríamos decir que, a estas alturas, ya empiezan a fijarse en categorías filosóficas o académicas, como las propuestas de Miguel Hernández Díaz. Esto no la limita, sino que la coloca en otras posibilidades de expresión.
Esto da pauta para llegar a una fuente que fue por siglos la visión hegemónica de la filosofía en Chiapas, la eclesiástica. Fray Francisco Núñez de la Vega, durante su gestión como obispo de Chiapas entre 1682 y 1706, promovió la instauración de las primeras lecciones académicas de filosofía en la entidad. El Colegio Seminario Tridentino, aprobado por real cédula el 17 de diciembre de 1679, había iniciado sus actividades en condiciones precarias, con limitaciones tanto en el número de cátedras como en el de docentes. No obstante, con la llegada de Núñez de la Vega la situación experimentó una mejora sustancial. El 3 de julio de 1684 se establecieron formalmente las cátedras de Teología Escolástica y de Filosofía, siendo los primeros profesores de filosofía académica los doctores fray Miguel de Velasco y fray Pedro Solís. Esta fuente representó para Chiapas la llegada de la visión académica, pero enfocada en una corriente específica, el realismo tomista con acento escolástico, del cual pueden desprenderse algunas pautas hasta la fecha. Se trata de la filosofía de la Iglesia católica, misma que se ha popularizado en nombres clave para el pensamiento chiapaneco como José Morales Bermúdez o Jacinto Arias. Ambos, formados en seminarios, tienen en su obra un lente interpretativo cercano al discurso de esta herencia. Los herederos de Núñez de la Vega, por llamarlos de algún modo, representan una forma de hacer filosofía incluso fuera de los espacios hegemónicos, aunque estén dentro de las universidades. Ahí, dentro de sus márgenes, se han gestado propuestas para entender nuestra realidad desde otras posibilidades; podríamos decir que incluso ha sido la Iglesia la que se ha inculturado, como es el caso de la diócesis de San Cristóbal, que ha formado todo un cuerpo teórico y práctico desde las categorías de las comunidades en las que tiene presencia. Esta fuente tiene varios rostros, desde los más conservadores hasta los más amplios en sus paradigmas, siendo su eje la rigurosidad, la escritura exhaustiva y una vocación de totalidad.
En la misma vertiente, pero en su forma secular, podríamos situar a quienes llevan la herencia del Ateneo de Chiapas, nacido en la segunda mitad del siglo XX, impulsado por intelectuales como Rómulo Calzada y Andrés Fábregas Roca. Es decir, se trata de una semilla de las universidades en nuestro estado, siendo sus formas y temas los que han permeado en los haceres y decires de las universidades en la actualidad. El Ateneo de Chiapas propició un horizonte universal y cosmopolita, pero con una raíz muy chiapaneca; significó la configuración de una intelectualidad del estado más abierta a los cambios, a los temas, a sus métodos y a sus propios paradigmas. Desde ahí podemos situar esta vocación de conocimiento y enseñanza que ramificará en las universidades actuales, siendo la licenciatura en Filosofía de la UNACH la que representa de manera más clara esta vertiente universitaria. Se trata, por un lado, de la profesionalización de la filosofía en Chiapas y, del mismo modo, de la formación en términos escolares. Ha sido esta vertiente no sólo formadora, sino también posibilitadora de modos de hacer filosofía, siendo sus usos y costumbres los que prevalecen. Por un lado, la escritura académica, los congresos, las investigaciones y los coloquios; por otro, se han gestado en sus umbrales proyectos más libres, como los cafés filosóficos que, bajo la gestión de docentes como el doctor Raúl Trejo Villalobos, han propiciado un intercambio de saberes desde varios espectros e incluso han despertado vocaciones.
1994 fue un año medular para Chiapas. El zapatismo irrumpió con una visión oceánica, removió certezas, discursos, métodos políticos, formas de hacer y de vivir. El zapatismo propició, al mismo tiempo, otra fuente para la filosofía en nuestro estado, siendo un catalizador de todas las visiones anteriores. Se puede decir que el método y el discurso del propio subcomandante Marcos son un híbrido de todas las herencias arriba descritas. Por un lado, llevan en su despliegue los elementos del mito y de la cosmovisión no sólo como discurso, sino como práctica y ejemplo. Marcos es heredero de esa raíz, pero como universitario lleva el análisis de la realidad con metacrítica y reflexión profesional en varios registros académicos; al mismo tiempo trae consigo la vocación religiosa de las comunidades zapatistas, esa voz inconfundible de la catequesis inculturada de la diócesis de San Cristóbal de Las Casas, ese regusto teológico que no oculta, sino que posibilita su propia forma de decir. Del zapatismo no sólo el método y el discurso provocaron creación de lenguaje; también generaron formas de pensar y de hacer militancia. Derivados de sus encuentros, congresos y escuelas, en Chiapas tuvieron presencia pensadores como Adolfo Gilly, Pablo González Casanova, Jean Robert, Guiomar Rovira, Sylvia Marcos, Luis Villoro e Immanuel Wallerstein, por citar sólo algunos de los nombres de quienes estuvieron a ras de piso y generaron conversaciones. A esta visión se le puede nombrar, siguiendo las propuestas vertidas por Jean Robert, como filosofía desprofesionalizada, que lleva este carácter de resistencia en sus márgenes; no se limita a las aulas o a los espacios de fe, sino que acude a la comunidad, al barrio e incluso a la escuela. La filosofía desprofesionalizada que nace del zapatismo busca comunidad, es anarquista en su método, pero abierta en su temática.
En definitiva, podemos decir que la filosofía en Chiapas no ha tenido una sola fuente. No es solamente académica o universitaria, tampoco se agota en la fe o en la cosmovisión, ni es únicamente desprofesionalizada. La riqueza del pensamiento chiapaneco en la actualidad está en un instante kairós, en el que se encuentra entre la espera y la anticipación; ya sabemos de dónde venimos y podemos volver la vista hacia el futuro para atisbar lo que será la filosofía en el siglo XXI. Sea lo que sea, es el momento de plantear nuevas preguntas y asumir el rol de pensar los métodos, esa labor de creación filosófica que ya no está exclusivamente en Occidente. Chiapas tiene una tradición filosófica que debe conocer, valorar y criticar; si queremos crear esas nuevas claves del pensamiento, tenemos que conocer nuestra tradición. Sobre esos cimientos se levanta la casa que somos, esa es nuestra raíz.










