La mercantilización del yoga y el acto de respirar

La mercantilización del yoga y el acto de respirar

El Hipsterbóreo

Luis Fernando Bolaños Gordillo

El poder del sistema capitalista llega a tal grado que su presencia no es percibida como algo exógeno, sino como parte de la subjetividad de miles de millones de personas que consumen diariamente todo tipo de bienes y servicios. Ante estos procesos alienantes es menester analizar la relación entre el sujeto digitalizado, la subjetividad y la mercantilización de todas las manifestaciones de la condición humana.

En su aparente invisibilidad, este sistema no es exterior a la existencia, porque es parte de los estilos de vida; posiciona a través de los medios masivos, las instituciones, la educación o del consumo lo que hay que pensar, producir, comprar, cuestionar o rechazar. Para mantener el orden económico, el capitalismo opera, como lo apuntaron los filósofos Gilles Deleuze y Félix Guattari, a través de la manipulación de los deseos y la colonización de los cuerpos.

Es imperativo analizar los efectos de los procesos de subjetivación y su relación íntima con las formas de consumo para caracterizar las mil y una formas de producir estilos de vida e imaginarios sociales; esa tecnocracia moldea los gustos, creencias, valores, comportamientos, identidades y preferencias de millones de personas. Los avances de la Inteligencia Artificial fortalecen la producción de productos vinculados al bienestar del ser humano.

El yoga y el acto de respirar no escapan a esos procesos de mercantilización y el sistema a través de gurús convertidos en significantes ha posicionado una serie de tendencias y productos que generan miles de millones de dólares en ganancias a nivel mundial. El mindfulness, por ejemplo, ofrece una amplia gama de videos con meditaciones guiadas que, en teoría, sintonizan a los consumidores con el universo mediante la respiración consciente.

Los videos están apoyados de infinidad de recursos tecnológicos que ahora son fortalecidos con inteligencia artificial; en ellos aparecen gurús, coachs o asesores personales guiando a los consumidores para sintonizar su atención y su respiración con el universo; aparentemente el objetivo es ayudarlos a liberarse del estrés o calmar la mente; pero lo que prevalece es una industria espiritual que impone estereotipos al sentido otorgado al bienestar personal.

Estas tendencias no son originales, porque retoman diferentes técnicas de respiración provenientes del yoga; su popularidad en páginas de internet, blogs, canales de YouTube o redes sociodigitales es fruto de una apropiación cultural que vende todo tipo de productos como cojines para meditar, medallones místicos, pulseras curativas, anillos, audios con cantos de monjes budistas, videos con meditaciones guiadas, túnicas, capas, turbantes e infinidad de cosas que provocan una alienación espiritual.

Este tecnoespiritualismo ha sido cuestionado en cuanto a sus posibles efectos adversos en personas con problemas de salud mental; así mismo, se critica su exacerbado sentido de bienestar en su aplicación en los ámbitos familiares, laborales o motivacionales; estamos ante la simplificación comercial de una práctica natural: la respiración ha sido aprovechada para crear productos y fomentar ciertos estilos de vida.

El acto de respirar fue transformado en una manifestación más del valor de cambio y materializa una espiritualidad capitalista que, más que proporcionar estrategias sólidas para enfrentar al estrés, la depresión o la ansiedad, opera a favor de un microsistema donde los gurús se enriquecen considerablemente. La proliferación de cursos caros, aplicaciones de pago y libros de autoayuda son la parte tangible de la privatización del bienestar: la paz interior es un producto de consumo.

La respiración y la relajación fueron sustraídas de su carácter íntimo y se colocaron en estructuras consumistas superpuestas del capitalismo; el bienestar mental se materializó como una mercancía elitista y exótica. El yoga fue despojado de sus orígenes y fundamentos ontológicos, y se le resignificó para hacerlo compatible con los sistemas de consumo impulsados por el capitalismo global.

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