La muerte de Hollywood: Cuando los gestores reemplazan a los artesanos

La muerte de Hollywood: Cuando los gestores reemplazan a los artesanos

Matthew Crawford

Hay hoy en día una nube de mediocridad que se cierne sobre muchos productos y servicios, como si las personas responsables de fabricarlos o prestarlos no se preocuparan demasiado del resultado. A veces, esto puede pasar de la indiferencia a una verdadera perversidad. Como me dijo mi amigo Matt Feeney: «El capitalismo parece haber entrado en una fase activamente misantrópica. Las empresas no sólo odian a sus trabajadores. Odian a sus clientes».

Cuando la semana pasada se anunció que Netflix había hecho una oferta para comprar los estudios cinematográficos Warner Brothers y las propiedades anejas a la misma, muchas personas de Hollywood expresaron su consternación. Desde entonces, Paramount ha impugnado el acuerdo con una oferta de «adquisición hostil» propia. Independientemente de cómo termine la propiedad de Warner Brothers, vale la pena reflexionar sobre las intuiciones que llevaron a las personas del sector cinematográfico y televisivo a alarmarse ante la perspectiva de que Netflix se hiciera con el control de un gran estudio. El jueves pasado, un grupo de importantes productores cinematográficos y otros actores del sector enviaron una carta conjunta a los representantes del Congreso, instándoles a bloquear el acuerdo. La carta se publicó de forma anónima por temor a represalias por parte de Netflix, y en ella se expresaba su escepticismo sobre la posibilidad de que las películas producidas por Netflix siguieran estrenándose en los cines, a pesar de las garantías de Netflix. El grupo de la industria del cine señalaba que los incentivos de Netflix son tales que no quieren que la gente vaya al cine, ya que esto representa tiempo que no se pasa en la plataforma. La carta del sector sugiere que todo el ecosistema de Hollywood se vería amenazado con este acuerdo y que estarían en cuestión la supervivencia de una forma de arte.

El temor se basa en la impresión de que Netflix no está interesado en las películas ni en la televisión, es decir, en los personajes, las historias y todo eso. Su modelo de negocio proviene de Silicon Valley, más que de Hollywood. El acuerdo, si se llevara a cabo, podría entenderse como un caso de propiedad extranjera, en el que una empresa está controlada por partes que no tienen ningún historial ni simpatía particular por el producto o servicio que ofrece la empresa, sin ninguna inversión emocional o intelectual en su elaboración.

En su excelente artículo sobre Netflix de 2023, David Roth cita a la actriz y cineasta Justine Bateman: «He oído a responsables de series que reciben notas de las plataformas de streaming diciendo que “esto no es lo suficientemente secundario”. Es decir, la pantalla principal del espectador es su teléfono y su ordenador portátil, y no quieren que nada de tu programa les distraiga de su pantalla principal, porque si se distraen, podrían levantar la vista, confundirse y apagarlo».

Una serie demasiado interesante monopolizará la atención de una persona, y se supone que nadie puede permitirse el lujo de involucrarse en una historia hasta ese punto. Lo que se necesita es una serie brillante, pero humanamente vacía. Por supuesto, algunas de las series de Netflix no encajan en esta descripción; Stranger Things es muy querida por muchos. A veces, el espíritu humano brilla a pesar de todo.

Pero, al igual que cualquier otra institución sujeta al «gerencialismo» [managerialism»], Netflix está dirigida por cuadros de personas cuya competencia es una competencia omnímoda, expresada en un lenguaje de métricas que es transferible entre industrias. La fabricación de artilugios debe ser optimizada por personas que quizá nunca hayan tenido en sus manos este tipo concreto de artilugio y lo hayan contemplado con cariño.

La falta de amor del gerencialismo es como una almohada que se mantiene oprimiendo firmemente el rostro de la cultura. Escribe Roth: «Hay una reducción y un aplanamiento que viene del mano del hecho de ser propiedad de personas cuyos intereses, en general, son notablemente pequeños y planos. Todos los negocios en los que estas personas intervienen terminan siendo baratos, peores y desalentadoramente similares. … [La cuestión consiste en] descubrir hasta qué punto está dispuesta la gente a pagar por una versión disminuida y degradada de un servicio que antes era útil».

Bajo el gerencialismo, la cosa en sí misma (en este caso, la serie de televisión) pasa a un segundo plano; toda la acción real tiene lugar en un nivel meta. Pero solo las cosas primarias, las cosas concretas, son dignas de amor; las abstracciones y las métricas no lo son. Este sistema selecciona sin piedad a las personas que no perturbarán la necesidad de vacío del sistema. Cualquier cosa real sería como grumos que impiden la fácil untabilidad del relleno de un sándwich con sabor a cacahuete.

El déficit de realidad que acompaña a esta forma tardía de capitalismo tiende a acumularse, como una tubería de alcantarillado, y a salir a la superficie, donde contamina incluso la meta-capa, donde se supone que las métricas deben permanecer limpias. El motivo por el que Roth denunció a Netflix fue la huelga de guionistas y actores de 2023. Los sindicatos intentaron obligar a Netflix y a otros servicios de streaming a revelar sus cifras para que los trabajadores pudieran verse remunerados en función de una imagen realista del número de visualizaciones de sus contenidos. Los servicios de streaming se resistieron con uñas y dientes. Su modelo de negocio —su capacidad para atraer inversores— parece depender de su capacidad de mantener sus métricas sin verificar. La opinión predominante en Hollywood es que las cifras publicadas son todas falsas.

El gerencialismo es una forma de economía política en la que el intermediario interviene alegando que tiene alguna competencia especial, mediante el ejercicio de la cual se pueden lograr nuevas eficiencias, o se puede optimizar algún proceso de producción o distribución a través del rigor cuantitativo. Pero entonces ocurre algo curioso. Sus métricas se desvinculan fácilmente de los aspectos subyacentes que se supone que deben medir, sin duda porque los incentivos del gerente están vinculados a las métricas, en lugar de estarlo directamente con el aspecto en cuestión. La preocupación por el objeto es característica del artesano, a través de las «recompensas internas» y las satisfacciones intrínsecas a algunas prácticas especializadas (como hacer buena televisión), en contraposición a las «recompensas externas» del dinero, la posición social u otros bienes que pueden ser una consecuencia secundaria de llegar a ser realmente bueno en algo. Pero no se puede llegar a ser bueno en algo si se está centrado en las recompensas externas. Hay que profundizar en la práctica en sí misma.

Tal como afirma Eugyppius: «El gerencialismo es un proceso de decadencia en constante avance que se disfraza de sistema administrativo y se ha convertido en una patología definitoria de la civilización occidental». Uno de los resultados es la propagación de una «crisis de competencia», o la muerte de la artesanía como ética. Aplicado a la industria cultural, el gerencialismo parece generar productos en los que es difícil involucrarse emocionalmente. En el caso de la toma de control de la televisión por parte de Silicon Valley, esto puede ser incluso algo intencionado. La atención del cliente debe permanecer disponible en múltiples frentes.

Es difícil ver cómo se podría superar el efecto amortiguador del gerencialismo, ya que nuestra estructura de clases se basa en él. Debido a la sobreproducción de titulados universitarios, la capa de personas dedicadas al metatrabajo de la abstracción es cada vez más gruesa. Esto genera su propia demanda, parasitaria de la economía real. Si el efecto acumulativo es culturalmente asfixiante, no hay por qué tomarlo como un juicio sobre las cualidades personales de quienes tienen trabajos sin sentido. Más bien, están atrapados en un sistema que les exige suspender lo que es más natural para un ser humano: interesarse de forma activa y afectuosa por las cosas reales.

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