Las comunidades incels, masculinidades violentas

Las comunidades incels, masculinidades violentas

El Hipsterbóreo

Luis Fernando Bolaños Gordillo

La internet transformó nuestra forma de vivir, de pensar, de relacionarnos, de ser y de estar en el mundo; los algoritmos y las inteligencias artificiales inciden prácticamente en todas las manifestaciones humanas y manipulan lo que hasta hoy es considerada la última frontera: la subjetividad.

El cambio fue tan vertiginoso que no hubo tiempos ni espacios para asimilarlos; hay expertos que pregonan que estas tecnologías son positivas para diversificar nuestras maneras de agruparnos, organizarnos o expresarnos; pero es imperativo analizar hasta qué grado ese mundo digital es usado autonómicamente sin tintes alienantes.

También es importante pensar si en este modelo de sociedad disciplinaria aún es posible construir colectivamente resistencias distintas a movimientos o identidades que aparentan ser autonómicas, pero que en la práctica son radicales y propagan discursos de odio que incitan a la violencia hacia ciertos sectores sociales.

La comunidad Incelusa a internet como un medio para propagar su radicalismo, alimentar el resentimiento, naturalizar el victimismo y justificar actos de violencia, como el ocurrido la semana pasada en el plantel Sur del Colegio de Ciencias y Humanidades de la UNAM.

Estos jóvenes heterosexuales que se asumen como célibes involuntarios, han creado comunidades en línea donde han redefinido sus formas de pensar y de expresarse hacia las mujeres, los estereotipos de belleza y el dinero, a partir de la elaboración de un complicado sentido de rechazo provocado por la ausencia de relaciones románticas.

Estos grupos muestran las transformaciones negativas en los roles de género tradicionales y la imposibilidad de construir masculinidades sanas; buena parte de estas expresiones son fruto de procesos de subjetivación generados por los significantes presentes en las industrias del entretenimiento y el declive de los valores familiares.

En sus publicaciones y comentarios de odio subsecuentes en las redes sociodigitales, estos personajes acusan a las “stacys” (mujeres) de causar sus malestares por no ser “atractivos” o “ricos”; también desprecian a los “chads” (hombres) por encarnar los estándares de belleza y éxito instituidos sistémicamente por los medios.

Esta identidad pregona desde una postura seudocientífica que el poder en la sociedad debe organizarse de acuerdo a jerarquías basadas en un evolucionismo; pero, contradictoriamente, aseguran que las mujeres seleccionan a sus parejas sexuales conforme la belleza, la vestimenta, el dinero y el estatus. Ellos mismos reconocen que no son los más fuertes en esa recreación evolucionista.

En sus comunidades virtuales se promueve que los hombres no agraciados son excluidos por mujeres que prefieren tener relaciones superficiales sostenidas por el dinero. En este orden de ideas es pertinente analizar cómo se construyen y legitiman los pactos de asociación al interior de esas comunidades, así como las estrategias para mantener ese estado de cosas marcado por la falta de autoestima.

Para justificar su frustración, los incels magnifican historias de vacío existencial y soledad; al considerar que no forman parte de ese mundo excluyente, estética o económicamente hablando, han creado comunidades que, si se analiza con atención, donde pululan manifestaciones ideológicas machistas de extrema derecha.

Su posicionamiento político se visibiliza con la proliferación de posturas antifeministas que atacan frontalmente los derechos de las mujeres a organizarse, expresarse y de defender sus derechos fundamentales; el victimismo sirve a los incels para matizar su negativa hacia la igualdad de género.

Su frustración sentimental, afectiva y amorosa es la estructura visible de un sistema que cree tener la superioridad biológica y moral para acosar, atacar y poner en peligro la vida de millones de mujeres; los foros incels que ya no son tan anónimos, sirven para imponer una cultura machista retrógrada que sigue viendo subalternamente a las mujeres.

Las redes sociodigitales, los podcasts, las comunidades en línea y el consumo mediático giran alrededor de lo que ya no es solamente un asunto de salud mental sino biopolítico; el mundo digital es un terreno fértil para propagar discursos de odio y enaltecerlos a través de antihéroes que inspiran a perpetrar actos deleznables.

Más allá del deseo carnal insatisfecho, está la incapacidad de aceptar la liberación sexual, al feminismo, al empoderamiento, y al desarrollo integral de las mujeres en todos los ámbitos. Sus discursos normalizan la misoginia y en sus interacciones digitales se celebran bromas o amenazas hacia las mujeres. Ante estas amenazas la UNAM que tuvo que cancelar clases en todos sus planteles.

Las comunidades incels son una prolongación más de un sistema heteropatriarcal que ha venido debilitándose debido a los espacios ganados por los feminismos; esto, en su conjunto, pone en entredicho el distorsionado sentido de la masculinidad de estos jóvenes cuya justificación eufemística es situarse como víctimas de las mujeres y de los hombres que encarnan patrones de éxito.

Ya no estamos hablando de un fenómeno marginal, emergente, revolucionario o alternativo como muchos quisieran seguirlo viendo; las amenazas y la violencia son reales y será menester de los tres poderes tomar cartas en el asunto

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