El Hipsterbóreo
Luis Fernando Bolaños Gordillo
¿Hasta qué punto se ha venido normalizando el uso de las Inteligencias Artificiales al grado de consolidarlas como acompañantes emocionales? La cada vez mayor dependencia tecnológica en el ámbito psicológico debe abrir el debate para profundizar en las ventajas, problemáticas, controversias y desafíos de la digitalización del bienestar emocional.
Una de las consecuencias del empuje tecnológico es la proliferación de inteligencias artificiales diseñadas para atender crisis emocionales severas; los chatbots y otras aplicaciones móviles usan técnicas cognitivas y conductuales para generar un clima de interacción aparentemente similar a la atención de un profesional de la salud mental.
En esta amplia gama de opciones, Yana, disponible en Google Play, es un agente conversacional automatizado diseñado para guiar a los usuarios en la búsqueda de su equilibrio emocional; Woebot fue creado bajo principios de la terapia cognitiva-conductual para que quienes sufren de ansiedad o estrés identifiquen y trabajen en sus patrones de pensamientos disfuncionales.
No hay datos precisos sobre el número de personas que utilizan IA de acompañamiento emocional, pero las tendencias son más notorias en los jóvenes. La firma Common Sense Media estima que aproximadamente un 72% de los adolescentes estadounidenses han interactuado con los chatbots para desahogarse o buscar estrategias para solucionar sus problemas.
Estas IA son promocionadas en la internet como espacios discretos, seguros y económicos para recibir orientación; sin embargo, hay riesgos éticos que no han sido analizados con profundidad como la privacidad de los datos, la falta de un vínculo humano y la posibilidad de fomentar una dependencia poco saludable que pueda derivar en suicidio.
Hay expertos que promueven el uso de estas IA basándose en información de la Organización Mundial de la Salud, que reconoce que la mayoría de las personas con problemas psicológicos en los países pobres no tienen acceso a tratamientos psicológicos o psiquiátricos por su alto costo; también toman en consideración que este tipo de acompañamiento es útil para personas que viven en lugares remotos.
Sin embargo, también en los países desarrollados, se estima que entre un tercio y la mitad de su población tampoco tienen acceso a estos servicios. Por estas razones se promueve que las IA ya son indispensables para tener atención en la comodidad del hogar, que los costos son menores y que puede hacerse las 24 horas.
Dentro del entramado consumista, la IA es promocionada sin tapujos como un valioso acompañamiento emocional, pero los consumidores no están tomando en consideración el desplazamiento que están sufriendo psicólogos y psiquiatras. En definitiva, las IA no pueden sentir emociones, pero si tienen la capacidad de procesar millones de datos e interactuar como si fuesen profesionales con larga trayectoria. Paradójicamente, es probable que las personas abran sus sentimientos con los chatboxs porque estos no juzgan.
En esta tesitura, tampoco se toma en cuenta que estas inteligencias fueron entrenadas para responder de manera automática sin tomar en cuenta lo que realmente necesita el paciente. Estos chatboxs actúan con base de millones de datos proporcionados por los usuarios y son, digámoslo así, una especie de filtro que dan consejos de manera aleatoria.
Lamentablemente a la IA se le ha otorgado el potencial de revolucionar la forma en que percibimos la salud mental y no pensamos en los impactos negativos que puede ocasionar en nuestro bienestar emocional. Por eso es importante abordar los desafíos y limitaciones de la IA para asegurarnos de que su impacto sea positivo.










