Las leyes como una pedagogía de la subjetividad: una propuesta desde la sabiduría clásica   

Las leyes como una pedagogía de la subjetividad: una propuesta desde la sabiduría clásica   

El uso de la palabra

Raúl Vázquez Espinosa

Leer a Platón en el siglo XXI es regresar a una pregunta que no ha perdido vigencia. ¿Cómo puede una comunidad formar seres humanos capaces de vivir juntos? “Las leyes”, no es solamente un tratado sobre la organización de la ciudad ni un conjunto de normas pensadas para regular la conducta exterior de los ciudadanos. En gran medida, ese texto es una meditación profunda sobre el alma humana, sus desórdenes, sus pasiones y sus posibilidades de educación. En ese sentido, puede leerse como una fuente de humanidad, porque ahí la ley no aparece únicamente como castigo, prohibición o fuerza del Estado, sino como una forma de cuidado. La ley, cuando nace de una verdadera comprensión del ser humano, busca ordenar la vida para que no quedemos abandonados a la violencia de nuestras pasiones.

A esta idea voy a llamarla “pedagogía de la subjetividad”. Con esta categoría me refiero a la idea de que toda comunidad necesita educar no sólo la inteligencia, sino también los deseos, los temores, los placeres, la cólera, la envidia y las formas interiores de desorden que pueden destruir la convivencia. La ley, desde esta lectura, no sería únicamente un mecanismo jurídico, sino una práctica educativa destinada a formar una sensibilidad común. Su tarea más alta no consiste en vigilar cuerpos, sino en orientar la subjetividad. No se trata de someter al individuo, sino de impedir que el individuo quede sometido a lo peor de sí mismo.

En el libro IX de “Las leyes”, Platón sostiene que la maldad es involuntaria; nace, más bien, de un alma atravesada por la cólera, el placer y la ignorancia. Llama injusticia a la tiranía que ejercen sobre el alma la cólera, el temor, el placer, el disgusto, la envidia y las demás pasiones, porque terminan siendo perjudiciales para los otros. Por ello, considera justa toda acción realizada en conformidad con la idea del bien que poseen los individuos o las ciudades. Cuando el alma racional gobierna la conducta, las acciones tienden hacia la justicia; cuando son las pasiones las que dominan, aparecen las distintas formas de la injusticia. De ahí que existan leyes dirigidas a los hombres de bien, que enseñan el modo de vivir en comunidad y otras que, ante la ausencia de una educación de la subjetividad buscan impedir que quienes se dejan arrastrar por sus pasiones lleguen hasta los crímenes más graves.

Esta visión resulta especialmente actual. Vivimos en sociedades atravesadas por la violencia, la irritación permanente y la dificultad para escuchar al otro. Las redes sociales han convertido la cólera en espectáculo, la envidia en comparación constante, el placer en consumo inmediato y el temor en instrumento político. La subjetividad contemporánea parece sometida a una dispersión continua. Por eso Platón vuelve a hablarnos con una claridad inusitada. Su preocupación no es antigua, sino profundamente presente: ¿qué ocurre cuando una comunidad deja de educar sus pasiones? ¿Qué sucede cuando la ley se reduce al castigo y abandona su dimensión formativa? ¿Qué pasa cuando la libertad se confunde con la simple expansión del deseo?

La pedagogía de la subjetividad permite pensar que ninguna democracia puede sostenerse únicamente con procedimientos, elecciones, instituciones o normas exteriores. Toda democracia necesita formar ciudadanos capaces de contener su violencia, discernir, reconocer el daño que pueden causar y orientar sus actos hacia una idea compartida del bien. Sin esa educación interior, la ley se vuelve frágil, porque llega tarde. Llega cuando el daño ya ocurrió, cuando la palabra ya hirió, cuando la ambición ya corrompió, cuando la ignorancia ya se volvió crueldad. Por eso, en Platón, la buena ley no sólo castiga el delito; busca evitar la deformación de la subjetividad que lo hace posible.

Esta idea platónica encuentra un hilo en Aristóteles. Si Platón se pregunta cómo educar la subjetividad para hacer posible la justicia, Aristóteles dirige la mirada hacia los modos mediante los cuales el ser humano puede habitar la verdad. Ambos parten de una misma convicción. La excelencia humana no es un accidente ni un privilegio reservado a unos cuantos; es el resultado de una larga formación. La virtud no aparece espontáneamente, sino que se cultiva mediante el ejercicio, la experiencia y la educación. La pedagogía de la subjetividad, entonces, no termina con la contención de las pasiones, sino que se prolonga en el aprendizaje de las distintas formas del conocimiento que permiten orientar la vida hacia el bien.

Decía Aristóteles que los seres humanos disponemos de distintos modos de conocimiento que nos permiten acceder a la verdad. Cultivar esos saberes orienta la existencia hacia la felicidad, pues la vida teorética o contemplativa, inseparable de la virtud, constituye la forma más alta de vida. Esta vida supone un constante entrecruzamiento de dimensiones éticas, científicas y creativas que desembocan en una práctica activa, porque toda auténtica contemplación (sin hacer referencia a la propuesta similar de Byung-Chul Han) se orienta finalmente hacia una buena acción. Esos modos del saber son téchne (τέχνη), el saber hacer; phrónesis (φρόνησις), la prudencia; epistḗmē (ἐπιστήμη), el conocimiento científico; noûs (νοῦς), la inteligencia intuitiva; y sophía (σοφία), la sabiduría. La vivencia de estos saberes, sostenidos por la experiencia y la memoria, conduce al ἀληθεύειν, el «estar en la verdad», como traduce Xabier Zubiri. Para Aristóteles, la vida teorética no es estática ni meramente intelectual; exige un saber hacer guiado por la prudencia, un conocimiento riguroso, una inteligencia capaz de gobernar la acción y una sabiduría que orienta toda la existencia hacia la verdad.

Esta comprensión de la verdad difiere profundamente de la manera en que suele entenderse en nuestro tiempo. Hemos reducido el conocimiento a la acumulación de información, al dominio de técnicas o a la adquisición de competencias útiles para el mercado; para la libertad individual mediada por la competencia económica. Sin embargo, Aristóteles recuerda que saber no equivale a almacenar datos. El conocimiento sólo alcanza su plenitud cuando transforma el carácter de quien conoce. De poco sirve dominar una ciencia si ella no modifica nuestra forma de mirar el mundo, de relacionarnos con los demás y de actuar con y para nuestro tejido relacional. El conocimiento que no educa la subjetividad termina convertido en una forma refinada de opresión.

Ahí se encuentra una de las grandes enseñanzas que los clásicos todavía pueden ofrecer a nuestra época. Frente a una civilización fascinada por el desarrollo tecnológico, Platón y Aristóteles nos recuerdan que el verdadero problema nunca ha sido la potencia de nuestras herramientas, sino la orientación de nuestra voluntad. Una sociedad puede producir los instrumentos más sofisticados y, al mismo tiempo, carecer de la prudencia necesaria para utilizarlos. Puede multiplicar el conocimiento científico y empobrecer la sabiduría.

La pedagogía de la subjetividad constituye, entonces, una propuesta filosófica para nuestro presente. Educar no consiste en transmitir contenidos ni en preparar individuos competitivos. Educar significa formar seres humanos capaces de gobernarse a sí mismos. Significa cultivar una razón que dialogue con las emociones, una sensibilidad abierta a la justicia y una imaginación capaz de reconocer la dignidad del otro. Sólo una subjetividad educada puede ejercer auténticamente la libertad. De lo contrario, la libertad termina siendo una nueva forma de esclavitud, porque quien no gobierna sus pasiones termina inevitablemente gobernado por ellas.

En este punto, Platón y Aristóteles convergen, ambos entienden que la política comienza mucho antes de las instituciones. Comienza en la formación del carácter. Las ciudades son el reflejo de las almas que las habitan. Donde predominan la codicia, la ira o la ignorancia, las leyes terminan siendo insuficientes. Donde florecen la prudencia, la inteligencia y la sabiduría, la ley deja de experimentarse como una imposición y se convierte en una expresión natural de la vida en común.

Por eso la sabiduría clásica es una fuente de humanidad. No porque ofrezca soluciones acabadas para los problemas contemporáneos, sino porque nos regresa a algo que con frecuencia olvidamos. Ninguna reforma política será duradera si antes no existe una transformación interior. Las sociedades cambian cuando cambia la manera en que las personas comprenden el bien, la justicia y la verdad.

Volver a Platón y Aristóteles desde el siglo XXI significa recuperar una convicción que la modernidad ha ido relegando. La vida en común no depende exclusivamente de la eficacia de las instituciones, sino de la cualidad humana de quienes las sostienen. Ningún sistema político puede sustituir el trabajo silencioso mediante el cual cada persona aprende a gobernar su propia alma. Quizá ésa sea la enseñanza más profunda de los clásicos. Antes de ser ciudadanos, profesionales o gobernantes, debemos emprender el épico camino hacia nosotros mismos. Y esa tarea, siempre inacabada, continúa siendo la más urgente de todas.

Compartir:

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *