El Hipsterbóreo
Luis Fernando Bolaños Gordillo
Desde los inicios de la década pasada las redes sociodigitales se constituyeron como nuevos escenarios para posicionar la imagen de políticos y funcionarios, debido a que se estaban perfilando como sistemas que organizaban en su totalidad las relaciones humanas; la imagen como mercancía neoliberal adquirió la condición de objeto digital omnipresente por ser vista, consumida y compartida millones de veces.
Ese mundo de apariencias es una vitrina donde expertos en comunicación estratégica y asesores políticos visibilizan a sus clientes de modos distintos a los de principios de este siglo; la reputación digital de los políticos se convirtió en un campo fértil económicamente hablando, debido a la interacción alienada de la sociedad con los dispositivos móviles, las redes sociodigitales y las narrativas mediáticas.
Esa tarea que visibilizó la cara colonizante de la psicopolítica, comenzó a enfrentarse con actores que enrarecían el ambiente con sus publicaciones: los troles. Cobijados por el anonimato y cuentas falsas, estos personajes comenzaron a tomar fuerza en el ámbito de la guerra sucia por dañar a propósito la imagen y la reputación de cualquier político con sus comentarios mal intencionados.
Estos entes manipulan la información a través de chismes y noticias falsas con el fin de provocar reacciones emocionales de los usuarios que simpatizan con fuerzas políticas distintas; generalmente, éstos encienden las redes sociodigitales con mensajes provocadores y más allá de molestar u ofender, su función es poner en el centro de la opinión pública a los personajes que son el centro de su atención.
En ese contexto inundado de subjetividades y posverdades es difícil esperar de ellos una crítica fundamentada, porque sus motivaciones provienen generalmente de encargos personales o de un radicalismo político: son síntoma de un sistema diseñado para moldear la percepción. En apariencia, los troles son fruto de las transformaciones tecnológicas, pero detrás están los discursos e imaginarios de las fuerzas en pugna.
La proliferación de troles motiva a mercadólogos, publicistas, asesores de imagen y community managers, a diseñar estrategias para que sus clientes resistan el golpeteo; en ese mundo que es más emocional que racional, se lucha para atraer la atención en las redes sociodigitales. Unos se encargan de presentar a los políticos como portadores de verdades y otros los exhiben a través de la ironía, el sarcasmo o el humor negro.
Como mercaderes de la subjetividad estos entes suelen presentarse como radicales o políticamente incorrectos, aparentan defender la libertad de expresión y la democracia; lejos de propiciar el análisis, el debate o la crítica constructiva, provocan controversias y empobrecen el nivel de los mensajes en las secciones de comentarios de cada red sociodigital; tienen la capacidad de generar o interrumpir una conversación en línea, y llevar a la opinión pública a adonde más les convenga.
A fin de no enredarse con los usuarios inconformes, los trolles no se ciñen objetivamente al devenir que toman sus publicaciones, porque lo que les interesa es atentar contra la reputación digital del político que puso en el centro de su atención. Sin embargo, también hay políticos que ponen mucho de su parte para ser como el pan de cada día de manera.
Los encuadres hechos por los troles son arbitrarios y no obedecen a un ejercicio de la libertad de expresión, son síntoma de la pugna por el poder en cuanto a la proyección de las imágenes y las narrativas de los personajes que protagonizan los escenarios políticos. Los aparatos de comunicación social de los partidos políticos y los community managers tienen delante de sí a creadores de escenarios negativos que la sociedad consume habitualmente.
Es importante repensar sobre las supuestas libertades informativas promovidas por los pregoneros de la erad digital, ya que las noticias falsas, el daño moral o la ridiculización de los actores políticos en vez de abonar a la democracia, al diálogo o al análisis, generan un clima de desinformación del cual es difícil deshacerse dado el grado de dependencia de la sociedad a consumir y propagar información no confiable.
El tema está puesto en la mesa y será menester de periodistas, políticos, legisladores y otros actores debatir al respecto, para que el mundo digital sea realmente un entorno propicio para el desarrollo político que tanto necesitamos.
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