I PARTE
Manuel Aguilar Mora
El tsunami de las elecciones presidenciales de 2024 ha superado por varios millones de votos al de 2018. López Obrador ganó con más de 30 millones de votos, su regenta, Claudia Sheinbaum los ha superado con una victoria que se acerca a los 36 millones de votos. Contundente y apabullante triunfo después del sexenio obradorista pleno de claroscuros: con un presidente que mantuvo una alta popularidad durante todos los años a pesar del desastre político de su gobierno que batió todos los récords de violaciones de la ley electoral al convertirse AMLO en el jefe de campaña cotidiano mañanero de su partido y que superará con más de 200 mil homicidios con los que cerrará su administración las macabras cifras de homicidios dolosos de sus antecesores Calderón y Peña Nieto. Todo el poderío del Estado se puso a disposición de la sucesión oficialista desde el inicio mismo del sexenio como en los buenos viejos tiempos del priismo. Los escenarios que anunciaban por lo menos unas elecciones competidas fueron ridiculizados por las encuestas al parecer más exageradas y finalmente las cifras del INE le dan a Claudia una victoria con ¡30 puntos de diferencia! con respecto a su opositora Xóchitl Gálvez.
La completa ruptura del viejo régimen
Los resultados del 2 de junio son la conclusión de las muchas ilegalidades y de tantos hechos que han caracterizado al gobierno obradorista en un violador sistemático del estado de derecho y en el promotor radical con encono, insultos y resentimientos del desmantelamiento de la débil estructura democrática que se ha venido levantando después de la caída del priato en el año 2000, pues eso es lo que representa el Plan C del presidente que pretende se apruebe en septiembre, primer mes de la nueva Legislatura y el último mes de su gobierno antes de la entrega de la banda presidencial a su sucesora Claudia Sheinbaum.
¿Qué sucedió? ¿Adónde vamos?
Claro que estamos ante las consecuencias de una elección de estado, ante unos comicios con un piso muy disparejo, con preparativos para la victoria obradorista meses, años antes del 2 de junio pasado cuando se pusieron en práctica trapacerías conocidas como el robo de urnas y urnas embarazadas, con incendios de casillas, con miles de casillas ”zapato”, con la influencia poderosa del narco en amplios territorios controlados por sus cárteles y ante todo por una violencia criminal que abatió a más de treinta candidatos ya nominados por sus partidos que un día antes de las elecciones asesinó con un tiro en la nuca al casi seguro triunfador candidato priista a alcalde en Coyuca de Benítez.
Pero hay que continuar pues la futura nueva presidenta, sin especular, franca y directamente ha dicho que “construirá el segundo piso de la Cuarta Transformación”. ¿Cuál será? ¿Cómo será ese “segundo piso”? La situación en que nos encontramos hoy es crucial, con grandes incertidumbres y en la cual se determinará el porvenir del país, de su rumbo en uno u otro sentido.
La primera, decisiva situación consiste en que, tanto en 2018 como actualmente en 2024, ambos tsunamis electorales son la contundente evidencia que millones de hombres y mujeres mexicanos quieren y apoyan un cambio de política, de gobierno y de perspectivas. La larga noche del priismo del siglo XX ha terminado y he aquí una primera conclusión tajante que ya se había dado en 2018 pero que durante el sexenio transcurrido después parecía que se había superado. Se trata de la crisis terminal del viejo sistema de los partidos, en especial del PAN y ante todo del PRI convertidos en verdaderos cadáveres políticos (lo del PRD ni siquiera vale la pena señalarlo en la nota de pie de página). Esa es la conclusión que parecía que podía obviarse por la práctica errática en muchos casos del nuevo partido morenista dominante (¡la perdida de la mitad de la Ciudad de México en las elecciones intermedias del 2021!) y después con la oportunidad de la candidatura parcialmente independiente de Xóchitl Gálvez que con todo el vigor que desplegó no pudo o no quiso desprenderse del abrazo que contradictoriamente la unía al Prian. La de Xóchitl fue una candidatura errática que no pudo superar las dos corrientes que la mantenían, su origen ciudadano como su principal acervo y la necesidad política que determinó ser postulada por el PRI, el PAN y el PRD. Al fin sucumbió penosamente incluso mucho antes de lo conveniente cuando en la madrugada del 3 de junio aceptó intempestivamente su derrota.
Se demostró contundentemente que la oposición burguesa representada por el PRI y el PAN ya no es una alternativa en ningún sentido. Esto explica también indirectamente la persistencia al lado del gran caudal de votación de la permanencia simultánea de una amplísima masa de abstencionismo que se ha mantenido e incluso aumentado durante el trayecto obradorista. En ambas jornadas el porcentaje de participación anduvo alrededor del 60 por ciento, a pesar de que en el último sexenio el empadronamiento ha incorporado a millones de jóvenes muchos de los cuales siguen absteniéndose.
Los cruciales meses venideros
AMLO ha interpretado este anhelo de un nuevo régimen político que hierve en lo más profundo de las grandes masas populares hartas de la antidemocracia priista dominante en el siglo XX y que la crudeza corrupta de los sexenios del Prian toleraba. Ha inventado la narrativa de una Cuarta Transformación (4T) de la historia de México que en sus delirios de grandeza él encabeza como los anteriores próceres de las tres otras transformaciones históricas Hidalgo, Juárez y Madero. Ni más ni menos. AMLO el prócer continuador de los hitos célebres de la historia patria. De acuerdo con su talante autoritario y su pobreza ideológica manifiesta en la práctica política el obradorismo se convirtió en una ruda y desgastada recreación del más rancio nacionalismo revolucionario encarnado en el Priato prevaleciente en el país durante la mayor parte del siglo XX.
Pero en las condiciones de los primeros años del siglo XXI, después de la caída de la Unión Soviética, de la victoria estadounidense de la “guerra fría” y del mundo multipolar que está surgiendo la crisis del pensamiento y la ideología revolucionaria no se superará con la vuelta anacrónica a un fracasado nacionalismo revolucionario cuya muestra más patente fue la caída del priato en el 2000. Sólo la audacia de un pensamiento que asuma y profundice críticamente la terrible crisis ideológica y política que determinó la historia de las derrotas del siglo XX mundial y mexicano hará posible la superación del legado envenenado que constituyen los regímenes que proliferan en la actualidad en el entorno latinoamericano, tanto de extrema derecha (tipo Milei, Bolsonaro o Bukele) como de la descomposición de los progresismos (tipo Maduro) o inclusive de las burocratizaciones represivas de las revoluciones (Cuba y ante todo Nicaragua).
La orientación antidemocrática evidente que representa el obradorismo se ha demostrado con creces en su guerra declarada al tradicional sistema de poderes gubernamentales que se hacen contrapeso para evitar las dictaduras y sus coqueteos internacionales con gobiernos impresentables (como el de Putin, el de Maduro e inclusive el de la Cuba poscastrista), coqueteos que no afectan ni una pulgada su sometimiento político a Washington en todo lo que realmente importa en las relaciones entre los dos países vecinos. Su batalla contra el INE que pretende desmantelar, contra las agencias autónomas de todo tipo y en especial su decisión de transformar al poder judicial, empezando con la Suprema Corte, en un subordinado de la mayoría gubernamental al proponer la elección de los jueces como si fueran diputados. Metas políticas que AMLO ha declarado deben ser las del gobierno de su sucesora y que busca garantizar con la mayoría calificada entre los diputados que pretende conseguir como anunció su secretaria de Gobernación María Luisa Alcalde con el 73% (365 diputados) de la coalición morenista. Un objetivo espurio que es la expresión en el obradorismo de la crisis de partidos del viejo régimen. La sobre representación parlamentaria que significaría la mencionada mayoría calificada, superior en más de diez puntos a la verdadera representación que expertos independientes calculan en no más del 62% (310 diputados) y cuyos protagonistas son los dos partidos aliados de Morena (el Verde y el del Trabajo) que representan lo más nefasto del corruptísimo mercadeo parlamentario, ambos partidos con una prácticamente nula base social.










