El uso de la palabra
Dr. Raúl Vázquez Espinosa
El tiempo en Chiapas sólo se hace comprensible cuando se configura narrativamente. La historia, los mitos y las tradiciones orales no son meras sucesiones cronológicas, sino relatos que integran experiencias, significados y mundos existenciales. El tiempo vivido tiene cauces que brotan de orígenes concretos; no se trata solamente de un tiempo fijado en la letra o en los formatos historiográficos, sino de un sincretismo de lenguajes que permite que el tiempo medido se desborde ontológicamente. Se trata, en rigor, de una experiencia del tiempo que nos acaece, que se apodera de nosotros, que nos tumba y nos transforma, como señala Heidegger. Es decir, el tiempo para nosotros es vivido más que medido, y se despliega por medio de múltiples lenguajes. En este horizonte, siguiendo las ideas de Paul Ricœur en su obra “Tiempo y narración”, el tiempo en Chiapas es narrado. Más que un dato físico, es una experiencia comprendida narrativamente. Por ello, la narración se vuelve una mediación entre experiencia, lenguaje y mundo. En ese entrecruzamiento, Chiapas se sitúa temporalmente. Nuestras diversas narraciones, en última instancia, nos ofrecen un atisbo ontológico; por medio de ellas, Chiapas muestra posibles modos de estar-siendo. Nuestras leyes temporales son narrativas, no sólo causales.
Desde esta perspectiva, la narración actúa como una trama que da sentido al devenir chiapaneco, articulando hechos remotos y cercanos en una unidad inteligible. Desde relatos prehispánicos hasta crónicas coloniales y narrativas contemporáneas, el relato constituye nuestra manera de habitar el tiempo. Por medio de la narración se recuperan los rasgos de nuestra propia forma de transcurrir, modos de ser y expresiones que nacen de los lenguajes que conforman la manera en que conjugamos trama y mundo. En Chiapas, más allá de las formulaciones contenidas en la triple mímesis de Paul Ricœur (mundo de la acción, trama y lector) la narración tiene oyentes. Se agrega así un elemento decisivo. No se trata de una narración cuya fuente sea únicamente el texto, sino lo contado y lo vivido mediante una experiencia radical de oralidad. De este modo, el tiempo abstracto se transforma en una vivencia situada; los relatos históricos o ficticios operan como vías para comprender nuestra propia temporalidad. En última instancia, volvemos inteligible nuestra condición humana dentro de la selva de singularidades que somos.
En continuidad con lo anterior, historia y narración se entrelazan como modos complementarios de conocimiento del tiempo, pues tanto las crónicas de frailes como las leyendas comunitarias consolidan una comprensión temporal que enlaza pasado y presente. La historia como relato fijado en el texto y la narración oral configuran dos experiencias arraigadas profundamente en el territorio. Por medio de ambas se produce una síntesis de lo heterogéneo, capaz de transformar un caudal disperso de hechos en una historia con sentido. La narración integra, organiza y orienta; por ello, nuestros relatos, documentos históricos y voces colectivas clarifican la experiencia temporal y su densidad simbólica.
Antes de la llegada de Occidente ya existían relatos que configuraban el mundo y el tiempo en la región, como lo evidencian la tradición oral de los pueblos originarios y sus mitos fundadores, que circulan desde siempre en la memoria colectiva. Chiapas ha narrado desde que sus fronteras no eran las actuales, sino una región con marcos propios de referencia y de sentido. Mesoamérica, aun cuando esta categoría sea una propuesta teórica, ha sido también una vivencia de la temporalidad narrada. Las ciudades y los pueblos cuentan su historia, sus batallas y sus acontecimientos decisivos; su cosmovisión habita en los relatos comunitarios que permanecen como narración encarnada.
En este entramado, la oralidad chiapaneca se presenta como rasgo definitorio de su identidad narrativa, visible en la pervivencia de mitos, leyendas y cuentos que circulan en asambleas, familias y celebraciones, constituyendo una fuente viva de experiencias sociales. Retomando a Ricœur, pero ampliando su propuesta de la triple mímesis, la oralidad implica escuchar, implica un pueblo que narra y que busca un escucha de la palabra. Incluso en las narrativas de la conquista o de la historia contemporánea asistimos a un Chiapas que se cuenta y se escucha. Desde Bernal Díaz del Castillo hasta historiadores como Manuel B. Trens, la crónica de Chiapas ha sido un proceso narrativo continuo, donde la escritura dialoga con relatos orales, mitos y microhistorias locales. No se trata de una separación entre lo escrito y lo oral, sino de una conversación de larga duración que se retroalimenta, se contradice y, precisamente por ello, produce sentido. Basta pensar en el registro textual de la Batalla del Cañón del Sumidero, experiencia temporal que entrelaza documentos de cronistas de la conquista, historiadores coloniales como Antonio de Remesal y contemporáneos como Jan de Vos, pero que, de manera esencial, sigue transcurriendo en la expresión oral, en la charla cotidiana, en el relato familiar. Por estas vías, el tiempo narrado en Chiapas se enriquece y adquiere claridad existencial.
De manera consecuente, los relatos míticos y legendarios no son fantasías aisladas, sino expresiones de una memoria colectiva que configura socialmente el tiempo, articulando creencias, símbolos y territorios en relatos transmitidos de generación en generación. En ellos se condensan imperativos éticos, configuraciones identitarias, construcciones simbólicas, traducciones de saberes comunitarios, explicaciones cosmogónicas y formas de organización social y económica. Cada relato traduce, a su modo, el tiempo vivido.
Asimismo, la historia local de Chiapas, marcada por rebeliones, desplazamientos y articulaciones culturales, también es narrada mediante relatos que incorporan sentido y agencia a los sujetos, más allá de cifras o cronologías, revelando un pensamiento histórico que forma parte del patrimonio social, político y cultural del estado. Chiapas ha participado en acontecimientos que han incidido en el pulso mundial. El zapatismo de fines del siglo XX, más que un hecho histórico, constituyó una narrativa de sentido y de tiempo que reconfiguró la comprensión de la historia regional, sus memorias y sus horizontes de futuro. Produjo relatos de resistencia, autonomía y dignidad. El zapatismo no fue únicamente un momento de transición; fue también un movimiento creador de lenguaje, organización y simbolización. Su relato configuró mito, historia, filosofía, política y práctica, articulando una teoría situada entre lo escrito y lo oral como síntesis de la identidad chiapaneca. El tiempo narrado desde el zapatismo no fue lineal, sino que operó mediante saltos, retornos, irrupciones míticas y digresiones históricas. Nuestra historia, en consecuencia, no ha sido lineal. Chiapas habita múltiples tiempos, y todos ellos son narrados.
Así, en Chiapas el tiempo no transcurre mecánicamente, sino que se despliega en una pluralidad de relatos y memorias, donde la oralidad, la historia escrita, los mitos y las microhistorias comunitarias configuran un continuo de sentido que funda un tiempo narrado como identidad y existencia social. Nuestra posibilidad temporal habita en aquello que narramos. Por medio de la narración atisbamos regiones del ser que no se ocultan, sino que se muestran. Chiapas es una fuente de lenguaje de la que brota nuestra temporalidad, de la que emergen los sentidos y las historias que somos.










