EL HIPSTERBÓREO
Luis Fernando Bolaños Gordillo
El capitalismo creció a tal grado de ser invisible, no es exterior a nuestra existencia, es parte de la subjetividad; manipulando deseos mediante los algoritmos, las redes sociodigitales o los medios masivos, instituyen lo que hay que consumir e incluso lo rechazable. La música no es ajena a ese mundo alienante, sirve para mantener el orden y los niveles de consumismo.
Este sistema produce deseos, imágenes y narrativas que venden alternatividad; las industrias del rock crean agrupaciones y personalidades carismáticas que, en apariencia, muestran las entrañas de una sociedad clasista, excluyente, represiva y decadente. A decir verdad, esta rebeldía artificial no ha hecho temblar sus estructuras porque es solo un constructo estético.
Durante lustros, el rock ha sido instituido como un género contestatario identificado con la autonomía, la crítica y la transformación de las estructuras políticas, económicas, culturales y religiosas; sobran las agrupaciones que componen canciones que cuestionan al sistema, pero éste sigue vigente. La rebeldía es parte del inmenso arsenal de mercancías del capitalismo en su expresión musical.
¿La imagen satánica y de empoderamiento atribuida a Ozzy Osbourne como padre del heavy metal correspondió a un sentido de autenticidad proyectado por él mismo o fue una construcción mediática encaminada a crear un nuevo nicho de mercado que promueve identidades oscuras, pero al fin y al cabo subalternas?
En ese contexto, los hilos se mueven a través de la desesperanza, la rabia o el sentido de injusticia para proyectar personajes deseables como este personaje. Pese a sus imágenes y narrativas contestatarias, esas expresiones llenas de riffs, melenas largas y excesos, no representan peligro para el orden establecido, porque forman parte de una industria multifacética.
Este género fue marcado desde su aparición por el valor de cambio y fue aprovechado por la mercadotecnia, la publicidad, el engagement y la propaganda para vender fantasías. En el libro Rebelarse Vende, Joseph Heath y Andrew Potter, señalaron que, “Al principio de la década de 1980, la música rock era una imitación pálida y abotargada de sí misma. Se había convertido en un espectáculo para los grandes estadios”.
La supuesta simpatía de Osbourne por el satanismo fue aprovechada como valor de cambio por una industria que no es distinta a la de otros géneros, para convertir en leyenda a un personaje que, en suma, vendió más de 100 millones de discos. El cantante, más allá de su oscuridad recreada escénicamente, muestra cómo funcionan las representaciones en ese medio desde los años setenta del siglo pasado.
Su ser y estar correspondió más con la lógica de mercado: fue condecorado con el Salón de la Fama del Rock and Roll, instancia que, paradójicamente, contrasta con la condición contestataria que presume tener el heavy metal. Su figura no escapó de las categorías que fomenta el capitalismo; su estatus de “Príncipe de las Tinieblas”, fue un constructo mercadotécnico que siempre rodeó a su música.
Lejos de ser un ente poderoso, Osbourne se inmortalizó en la calle de las Estrellas de Birmingham y en el Paseo de la Fama de Hollywood; recibió premios Grammys, MTV Europe Music Awards, NME Awards, el Icono Global, entre otros que muestran, como lo escribió Karl Marx, que “lo ideal no es, por el contrario, más que lo material traducido y traspuesto a la cabeza del hombre”.
Cumpliendo aquello de que la forma que adopta la mercancía es la del valor que le otorga la industria, Ozzy y su familia reprodujeron actitudes burguesas en el reallity show “The Osbournes”, producido por la cadena MTV. Sin duda, fue uno de los símbolos más emblemáticos del heavy rock, incluso escribió una canción sobre Aleister Crowley, un reconocido ocultista, pero fue un alfil de las industrias que venden rebeldías a modo.
Su concierto de despedida «Back to the Beginning», recaudó aproximadamente 190 millones de dólares, cuyas ganancias fueron destinadas a organizaciones benéficas. El concierto, visto por 40 mil fanáticos en el Estadio Villa Park y por casi seis millones de personas a través del pago por evento, contó con la participación de la formación original de Black Sabbath y bandas cercanas a él. Su muerte mostró cómo opera el sistema, incluso en el dolor familiar, para producir espectáculo.
La subjetividad de rockeros de diferentes generaciones fue nutrida por un flujo interminable de rumores convertidos en noticias sobre los avances de sus enfermedades, la inminencia de su muerte e incluso una probable eutanasia. Las tinieblas y el poder no fueron más que artilugios para vender durante décadas discos, playeras, conciertos e infinidad de artículos.
Marx escribió que “junto a las miserias modernas, nos agobia toda una serie de miserias heredadas”, que, en el caso de Ozzy Osbourne, pasaron de los sistemas tradicionales a las redes sociodigitales, el streaming, las plataformas musicales, los pagos por evento, las publicaciones especializadas en el género, canales de Youtube, entre otros que mercantilizan la subjetividad. Incluso previo a su muerte circuló información que desmentía su satanismo y lo ubicaba como un cristiano crítico.
Dadas las condiciones de su surgimiento y evolución dentro de este sistema económico, es necesario ver al rock desde un marco analítico que tome en cuenta a las industrias, los contextos socioeconómicos, las relaciones de poder, así como las narrativas que se producen, distribuyen y transmiten, para ver las entrañas de una industria que genera miles de millones de dólares en ganancias a costa de quienes se identifican con un satanismo superficial.










