Puntos Fiscales

José Luis León Robles                         

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En los mercados y supermercados, el termómetro más honesto de la economía no está en los indicadores oficiales, sino en el precio del jitomate, la cebolla o el aguacate. En las últimas semanas, el aumento en frutas y verduras ha dejado de ser una variación estacional para convertirse en una preocupación cotidiana que golpea directamente a la mesa de millones de familias. A diferencia de otros productos, el encarecimiento de estos alimentos tiene un efecto inmediato y visible. No hay forma de posponer su consumo sin afectar la calidad de la dieta. Cuando suben, no solo cambia la lista del mandado: cambia también la forma de alimentarse. Se sustituyen ingredientes, se reducen porciones y, en el peor de los casos, se sacrifica la nutrición. Las causas son múltiples y, como suele ocurrir, se entrelazan. Factores climáticos adversos sequías prolongadas o lluvias atípicas afectan la producción. A ello se suman los costos de transporte, que dependen directamente del precio del combustible, así como problemas en las cadenas de distribución. El resultado es un efecto dominó donde cada eslabón traslada su incremento al siguiente. Sin embargo, el problema no se limita a la oferta. También hay una dimensión estructural que pocas veces se discute con suficiente profundidad: la fragilidad del sistema agrícola frente a choques externos. La falta de apoyos consistentes al campo, la dependencia de intermediarios y la limitada infraestructura de almacenamiento hacen que cualquier alteración, por pequeña que parezca, tenga repercusiones amplificadas en el precio final. En este escenario, la inflación deja de ser una cifra abstracta para convertirse en una experiencia diaria. No se mide en porcentajes, sino en decisiones difíciles: qué producto dejar fuera, qué comida ajustar, qué gasto recortar. Y como ocurre con la mayoría de las crisis silenciosas, afecta más a quienes menos margen tienen. La respuesta no puede limitarse a medidas temporales o reacciones tardías. Se requiere una visión de largo plazo que fortalezca la producción local, reduzca la dependencia de factores externos y garantice cadenas de suministro más eficientes y justas. También implica transparencia en los mercados, para evitar prácticas especulativas que agravan el problema. Porque al final, el precio de las frutas y verduras no solo refleja el estado del campo o del mercado: refleja, sobre todo, la capacidad de una sociedad para asegurar algo tan básico como una alimentación digna. Y cuando eso se vuelve incierto, lo que está en juego es mucho más que el costo de una canasta básica. Sin lugar a dudas un tema que nos pone a pensar en temas financieros personales, y que de alguna forma incidirá en nuestra vida cotidiana, por ello deberíamos irnos preparando para lo que puede avecinarse como una posible inflación atípica. Nos estaremos leyendo la siguiente semana en esta su columna.

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