Puntos Fiscales
José Luis León Robles
Son las 4:37 de la mañana y en alguna de las colonias de nuestro México contrastante, apenas despierta el silencio. Las calles están húmedas. Un par de perros ladran a la nada. Dentro de una casa de bloques sin repellar, doña Lucha ya está de pie, echando tortillas. Su hijo, Diego, de 16 años, bosteza frente a la regadera oxidada, intentando esquivar el primer chorro de agua helada. Hoy es jueves, pero eso da igual. En esta casa los días se repiten con una disciplina feroz: levantarse antes del alba, preparar tamales, cargar las ollas, subir al micro, llegar al tianguis, vender lo que se pueda. Rezar porque no haya operativo, porque no les quiten el puesto, porque no llueva, porque la clientela no se haya ido al súper. Rezar porque alcance. Mientras tanto, en Palacio Nacional, se prepara la conferencia matutina. Hoy se hablará de algún tema referente a la estabilidad económica, de recuperación, de proyectos prioritarios. Nadie nombrará a doña Lucha. Tampoco al niño que limpia parabrisas en Insurgentes. Ni al maestro rural que camina tres horas para llegar a su comunidad. Ni al campesino que perdió su cosecha por la sequía, pero que no calificó para ningún apoyo. Porque México hay dos Méxicos, uno que se ve en los anuncios del gobierno, en los spots de campaña, en las inauguraciones con banda de guerra. Y otro que no sale en la tele, pero que late en cada esquina del país: el México real. En ese México, los baches no se arreglan con promesas, se sortean con resignación. Las medicinas no llegan, las becas no alcanzan, y las mujeres desaparecen mientras las autoridades dicen que “seguro se fue con el novio”. En ese México, la gente no discute si el INE está en riesgo, si la reforma energética conviene o no, o si la militarización debe continuar. En ese México la gente discute si la quincena alcanza, si se queda en la fila de las tortillas o si compra el gas. Doña Lucha tiene 58 años. Su esposo murió de COVID, sin oxígeno, en su casa. Nunca entró al hospital. En la estadística, fue una muerte más. En su casa, fue el fin de todo. Diego dejó la prepa para ayudarla a vender. “Yo sí quiero estudiar, pero luego”, dice. «Primero hay que comer.” Le pregunto si piensa que México está cambiando. Me mira, se ríe un poco, y dice: Yo nomás quiero que el pasaje no suba de precio otra vez. Cada tamal que doña Lucha vende, cada peso que guarda en su delantal, sostiene no solo su casa, sino el engranaje económico de un país que presume cifras macroeconómicas, pero olvida los microdramas de millones. Los ambulantes, los obreros, los repartidores, las madres solteras, los niños que trabajan, las abuelas que cuidan nietos mientras los padres migran, los jóvenes que estudian y trabajan y aun así no salen del círculo. Esos son los que cargan el país. No se ven. No se escuchan. Pero están. México no se cae porque hay gente que madruga, aguanta y no se rinde. No porque el sistema funcione, sino porque la gente le encuentra la manera de sobrevivirlo. A las 9:35, doña Lucha ya vendió casi todo. Diego sonríe. Hoy sí alcanzará para el gas. Tal vez para unas chanclas nuevas. Tal vez para un desayuno en la fondita, aunque sea una vez al mes. Mientras recoge su puesto, una señora le pregunta si estará el próximo miércoles. Ella asiente con la cabeza. Aquí estamos, si Dios quiere, y si el operativo no llega. Y si no llueve. Y si el país no se descompone más. Pero eso no se dice. Solo se trabaja. Solo se aguanta. Porque en el México real, la esperanza es terca. Y el hambre, puntual. Una historia como muchas en nuestro país, una realidad paralela a lo que vemos fuera del centro de cualquier municipio, no todo es real lo que se observa y mucho menos de lo que nos dice el gobierno, sin duda alguna esa es nuestra cruda realidad que muchos no quieren ver. Hoy quise relatarles una crónica de la realidad social que muchos actores políticos tratan de disfrazar, espero les haya gustado y sirve para la reflexión del día. Si el creador nos lo permite, nos estaremos leyendo en esta su columna.










