Puntos Fiscales
José Luis León Robles
El agua llegó como llega siempre: sin avisar, sin pedir permiso. Arrastró puentes, rompió caminos, enterró casas, se llevó niños, abuelos, animales, recuerdos. En las últimas semanas, más de 300 comunidades del centro-este de México quedaron aisladas por lluvias desmedidas que provocaron deslaves y desbordamientos. Veracruz, Hidalgo, Puebla, San Luis Potosí. Nombres que aparecen de vez en cuando en los noticieros, pero que en los mapas del poder parecen borrarse cuando más se necesitan. Decenas de personas han muerto. Cientos siguen atrapadas. Miles lo han perdido todo. Pero en la agenda pública, el desastre ya compite con otros titulares. La tragedia rural es breve en la televisión y aún más efímera en las redes. ¿Dónde están las autoridades cuando el lodo sube hasta el cuello? ¿Dónde está el presidente, los gobernadores, los fondos prometidos? Las respuestas son lentas. Las soluciones, improvisadas. Las condolencias, recicladas. Y mientras tanto, la gente sobrevive. Sin luz. Sin comida. Sin medicamentos. Algunos hacen fila para cargar celulares con una planta de energía comunitaria, otros intentan desenterrar sus pertenencias con las manos. Un hombre llora frente a los escombros donde antes estaba su casa. Una mujer abraza a sus hijos bajo una lona, mojada y rota. ¿Dónde está el gobierno cuando más se le necesita? Lo más cruel no es el agua, sino el abandono. Estas lluvias no son un accidente. Son el rostro feroz del cambio climático, que cada año nos avisa con más fuerza que no estamos preparados. Pero más allá del clima, lo que verdaderamente duele es el patrón de siempre: las comunidades más pobres, más marginadas, son también las más olvidadas cuando llega la catástrofe. No hay sistemas de alerta. No hay infraestructura resistente. No hay rutas de evacuación. Lo que sí hay es olvido, burocracia, y discursos que suenan huecos cuando ya todo está perdido. Desde que se eliminó el Fondo de Desastres Naturales, las emergencias se enfrentan con parches y promesas. Ya no hay un mecanismo claro, ni recursos etiquetados, ni rendición de cuentas. Se actúa tarde, se improvisa, se entierra la tragedia bajo conferencias de prensa. Y, sin embargo, el pueblo resiste. Porque eso es lo que siempre hemos hecho en este país: resistir cuando el gobierno falla, cuando la naturaleza golpea, cuando la ayuda no llega. Pero ya basta de exigirle tanto al pueblo y tan poco al Estado. ¿Hasta cuándo vamos a aceptar que la pobreza también condena al desastre? Esta columna es para quienes hoy duermen sobre el lodo. Para quienes buscan a sus desaparecidos sin apoyo. Para quienes sienten que su sufrimiento no importa porque no está en una zona “estratégica”. Para quienes siguen esperando que alguien cualquiera escuche su clamor ahogado entre el agua y la indiferencia. México no puede seguir funcionando con dos velocidades: una para los reflectores y otra para los rincones olvidados. Hoy más que nunca, urge mirar hacia esos pueblos con empatía, con responsabilidad, con acción. Porque cuando el agua lo arrasa todo y el Estado no llega, no solo se inunda la tierra: se hunde la dignidad de una nación entera. Porque mañana, cuando las cámaras se vayan y los titulares cambien, ellos seguirán ahí: entre el lodo, entre los escombros, reconstruyendo con las manos lo que la naturaleza les quitó y lo que el Estado nunca les dio. No podemos permitir que el silencio vuelva a cubrir lo que el agua dejó al descubierto. Que esta vez no pase de largo. Que esta vez nos duela lo suficiente como para cambiar. Mi distinguido lector, espero podamos reflexionar sobre un tema que está dando la vuelta al mundo, apoyemos a nuestros hermanos afectados de esta catástrofe natural, pero sobre todo tengamos el valor de exigir a nuestros gobernantes que cumplan con su mandato constitucional, si el creador nos lo permite nos estaremos leyendo la siguiente semana en esta su columna.










