Puntos Fiscales
José Luis León Robles
La cuesta de enero no es un mito urbano ni una exageración popular: es un fenómeno social que se repite con puntualidad casi matemática. Cada año, cuando el calendario avanza y se apagan las luces navideñas, la economía doméstica entra en una zona de fricción donde todo cuesta un poco más: levantarse, pagar, planear, creer. Diciembre es el mes de la excepción. Gastamos como si el futuro fuera generoso, como si enero fuera un rumor lejano. Compramos afecto en forma de regalos, celebramos más de lo que podemos y aceptamos compromisos que no siempre pasan por la razón, sino por la costumbre y la presión social. Luego llega enero, implacable, a recordarnos que las excepciones también se cobran. Pero reducir la cuesta de enero a una mala gestión personal es una mirada cómoda y, sobre todo, incompleta. La realidad es que muchos hogares viven en un equilibrio tan frágil que cualquier desvío una fiesta, un gasto médico, un aumento de tarifas basta para romperlo. Enero solo hace visible lo que el resto del año se disimula: que los ingresos no alcanzan al ritmo del costo de vida y que el margen para el error es mínimo. Además, enero es un mes simbólicamente cruel. Se le carga la responsabilidad del “nuevo comienzo”, de los propósitos, de la disciplina recuperada. Se espera que ahorremos, que seamos productivos, que mejoremos nuestra vida… justo cuando estamos más cansados y con menos recursos. Es una contradicción silenciosa: exigimos reinvención en el momento de mayor desgaste. Sin embargo, la cuesta de enero también puede leerse como un termómetro social. Nos muestra cómo vivimos, cómo consumimos y hasta qué punto normalizamos el endeudamiento como forma de sostener una idea de bienestar. Tal vez el problema no sea solo enero, sino el modelo de consumo que nos empuja a gastar más de lo que tenemos para encajar en un calendario de celebraciones que rara vez se cuestiona. Superar la cuesta no siempre significa salir indemne, pero sí puede implicar aprender. Planificar mejor, hablar con honestidad sobre dinero, ajustar expectativas y, sobre todo, dejar de romantizar el sacrificio permanente. Porque cuando la cuesta se repite todos los años, deja de ser un bache estacional y se convierte en una señal de alerta. Enero no debería ser el castigo por haber celebrado. Tal vez sea, más bien, la oportunidad incómoda de repensar cómo queremos vivir el resto del año. Aunque cueste. Y mientras sigamos llamándolo “cuesta”, quizá estemos aceptando como normal lo que no debería serlo. Espero que este tema haya sido reflexivo, pero sobre todo que hay que cuidar un poco las finanzas en este periodo de fiesta decembrina. Y si el creador nos lo permite nos estaremos leyendo la próxima semana en esta su columna periodística……. Feliz navidad.










