Puntos Fiscales
José Luis León Robles
Diciembre siempre llega con luces, villancicos y la promesa de un respiro emocional tras un año difícil. La Navidad, al menos en el imaginario colectivo, es tiempo de mesas llenas, regalos envueltos con cuidado y encuentros familiares que buscan reconciliarnos con la rutina. Sin embargo, este 2025 la celebración llega con una sombra persistente: la inflación, ese invitado incómodo que no se anuncia, pero se sienta en la mesa. Basta recorrer un mercado, un supermercado o una tienda departamental para confirmar lo que las cifras oficiales intentan suavizar. El pavo cuesta más, el bacalao es casi un lujo y los juguetes “de moda” obligan a hacer malabares financieros. La inflación no solo encarece los productos: redefine la forma en que se vive la Navidad. Donde antes había abundancia, hoy hay cálculo; donde había espontaneidad, ahora hay promociones a meses sin intereses. En muchos hogares mexicanos, la conversación decembrina ya no gira solo en torno a qué se va a cenar, sino a qué se puede pagar. La creatividad sustituye al consumo: intercambios con topes más bajos, cenas compartidas, regalos simbólicos. No es necesariamente algo negativo; al contrario, obliga a recordar que la Navidad no debería medirse por el tamaño del ticket de compra. Pero sería ingenuo romantizar la situación: la inflación también genera ansiedad, especialmente en quienes viven al día y enfrentan aumentos que superan por mucho sus ingresos. El problema de fondo es que la inflación no se queda en diciembre. Se acumula. Se arrastra al inicio del año con deudas, tarjetas saturadas y propósitos financieros que nacen ya comprometidos. Enero suele ser cuesta arriba, pero cuando diciembre se paga a plazos, la pendiente se vuelve más empinada. Así, la celebración termina financiándose con el futuro. Paradójicamente, mientras los discursos oficiales hablan de estabilidad y control, la percepción ciudadana cuenta otra historia. La inflación se siente más en lo cotidiano que en los reportes técnicos: en el cambio que ya no alcanza, en el aguinaldo que dura menos, en la decisión de regalar menos para no deber más. La Navidad se convierte entonces en un termómetro social, uno que mide no solo el ánimo colectivo, sino el poder adquisitivo real. Tal vez esta Navidad nos deja una lección incómoda pero necesaria. Celebrar en tiempos de inflación obliga a repensar prioridades, a distinguir entre deseo y necesidad, entre tradición y consumo. No debería ser así por obligación económica, pero es la realidad que enfrentan millones de familias. Al final, la pregunta no es si habrá Navidad pese a la inflación porque la habrá, sino qué tan sostenible es un modelo donde cada diciembre se celebra más caro y se paga más lento. Entre luces y villancicos, convendría recordar que la verdadera prosperidad no debería sentirse solo en temporada alta, sino todo el año. Espero tengan un excelente día mis distinguidos lectores.










