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2024, entre el destape y la desidia

Razones

Jorge Fernández Menéndez

Con el mitin del domingo, Morena abrió oficialmente no sólo la campaña electoral para el 2023 en el estado de México y Coahuila, sino también la presidencial del 2024. Adelantó meses el proceso y puso al frente de la agenda nacional la campaña electoral, que ocupará cada vez mayores espacios informativos, incluso en la mañanera, como hemos visto en todos estos días (sobre todo después de la jornada electoral del 5 de junio pasado).

Comienzan ya las encuestas internas para definir la candidatura de los estados de México y Coahuila y estarán definidos los aspirantes para fines de julio, enmascarados en coordinadores de los comités de defensa de la 4T. Comenzarán a hacer campaña, en los hechos, 11 meses antes de los comicios, con todo el apoyo gubernamental. Y lo mismo sucederá el año próximo, apenas pasados los comicios de junio del 2023, con los candidatos a la presidencia y las gubernaturas que estarán para esa fecha en juego: ocho estados y la ciudad de México, además de todo el congreso federal y varios estatales. En julio del año próximo ya habrá candidatos, en la figura de los coordinadores.

Es una jugada muy arriesgada, porque en campaña, simulada o no, se puede sembrar mucho, pero también el desgaste, los errores o la posibilidad de golpes (externos o internos) puede ser grande. Pero, la decisión tiene dos méritos: por una parte, logra movilizar a los aspirantes y a toda la estructura del partido y pone a los precandidatos (ninguno de ellos excesivamente popular) ante la prueba de fuego de sus propios militantes, y, por otra parte, es un distractor fantástico, ante los graves problemas económicos, sociales y de seguridad que sufre el país.

Si una campaña electoral exitosa se basa en vender esperanzas, la del 2024 se basará no en los logros de esta administración que, con suerte, terminará con cero crecimiento económico, un sistema de salud y educativo peor que el que teníamos y con un número de asesinados y desaparecidos mayor que en las administraciones Calderón y Peña, sino vendiendo la esperanza de que con la continuidad de la 4T esos problemas desaparecerán. El discurso de que todo es responsabilidad del pasado se ratificará, aunque haya transcurrido un sexenio de un mandato sin prácticamente contrapeso alguno, lo que no veíamos desde los tiempos de Luis Echeverría (todos los demás presidentes, en mayor o menor medida, han tenido que sortear fuertes resistencias).

Hay un mérito extra que no puede desdeñarse en todo esto: el presidente López Obrador, el verdadero jefe de campaña de Morena, está aprovechando las distracciones, errores y diferencias de la oposición para adelantarse. Ningún mandatario ha intervenido tan abiertamente en los temas de la oposición como el presidente López Obrador. Todos los días habla, castiga, desconoce, critica, aconseja a los opositores, todos los días interviene, pasa audios de Alito Moreno o videos de Ricardo Anaya, coteja a unos priistas y critica a otros. Premia con cargos a los gobernadores opositores que rindieron sus estados.

Y la oposición responde a la defensiva y cometiendo graves errores. La decisión de una moratoria legislativa decidida por las dirigencias del PRI, PAN y PRD debe considerarse como una de las peores ideas de una oposición que cree que “ya hay tiro”, como dicen alegremente Alito y Marko Cortés, porque perdieron cuatro de seis gubernaturas. En lugar de debatir, confrontar, apoyar lo que haya que apoyar y desechar lo que no se considere conveniente, en lugar de dejarle, hablando en términos judiciales, la carga de la prueba al gobierno, se ponen a la defensiva y dejan en manos del presidente y su equipo el argumento de que no se puede avanzar porque la oposición los bloquea, y por ende necesitan el voto mayoritario en el 2024. Son las dos peores dirigencias que han tenido el PRI y el PAN en décadas, de una superficialidad e ingenuidad, sobre todo ante este gobierno tan intervencionista en la vida interna de esos partidos, que es entre sospechosa y sorprendente.

Ignoran que en una campaña es más fácil oponerse que refrendar, ser oposición que oficialismo, y ni siquiera así están aprovechando seriamente la oportunidad que todavía tienen.

Estoy convencido de que no podrán construir el acuerdo del que habla, en ese caso con acierto, Dante Delgado (que por lo menos sabe hacia dónde quiere ir), con fecha máxima en enero próximo, sin depurar sus dirigencias. Hoy están preservando sus propios espacios de poder: no se abren a candidaturas externas, a otras opciones, ni siquiera plenamente a sus corrientes internas. En el PAN, Marko Cortés y su gente pueden hacer las encuestas que quieran, pero hoy los panistas más populares, comenzando por Felipe Calderón o Margarita Zavala, formalmente están fuera del PAN, como muchos otros activos de ese partido. La reunión de hoy de Alito con los ex presidentes y presidentas del PRI tendría que acabar, por lo menos, con una convocatoria de renovación de la dirigencia, luego del triste espectáculo que dieron en Oaxaca e Hidalgo. Es menos notorio en el PAN que en el PRI, pero los gobernadores están rindiendo sus plazas y muchos de sus cuadros, enojados con sus dirigencias, hoy están más cerca de Movimiento Ciudadano, del Verde o incluso de Morena que de su propia dirigencia.

Ya entramos en la precampaña electoral del 2024 y en semanas tendremos candidatos para el 2023, y en un año más para la elección presidencial. Buena parte de la oposición aún no se ha enterado.

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