Jorge Fernández Menéndez
Razones
Ojalá en su viaje a Nueva York donde fue a acompañar a Donald Trump en la final del mundial de futbol, la presidenta Sheinbaum haya podido hacerse un tiempo para hablar con el mandatario estadounidense y comprender por qué la relación bilateral está en una situación tan compleja en la que en muy buena medida el propio gobierno federal se ha encerrado solo.
Han cambiado los paradigmas y como en muchas otras cosas, como era con López Obrador y todavía sucede con Sheinbaum, en el gobierno siguen pensando que estamos en el mundo bipolar de los años de la guerra fría, y que México puede tener una posición equidistante como en aquellos años. Aquel mundo en nada se parece al actual.
Hay nuevos paradigmas que a la 4T le cuesta entender. Primero, debemos definirnos con claridad por ser parte de uno de los varios bloques que se están conformando a nivel regional, y el nuestro es América del Norte, en un contexto aún más definido: la política hemisférica que se plantea Estados Unidos, que incluye la integración de cadenas de producción, pero también un alineamiento político y de seguridad que no será opcional.
La reunión contra el terrorismo de extrema izquierda convocada la semana pasada y donde México tendría que haber ido porque fue convocado, estableció la política estratégica de la Casa Blanca por lo menos hasta las próximas elecciones de 2029 y más allá. En el gobierno federal piensan que si en noviembre los republicanos se llevan un tropiezo, esas políticas podrían cambiar. Se equivocan: el presidente Trump no sólo no dará marcha atrás sino que radicalizará sus posiciones porque no tiene opción de reelegirse (salvo que cambie la constitución lo que tampoco es inverosímil), por lo tanto querrá fortalecer su agenda estratégica para que en su lugar queden J.D. Vance o Marco Rubio.
La reunión ministerial en Washington, a la que asistieron 65 países, terminó de cerrar la pinza con la estrategia el terrorismo radical de izquierda, que se une así a la de seguridad y los narcoterroristas. Rubio sostuvo que tras dos décadas centradas en el extremismo yihadista, la arquitectura occidental tiene un “punto ciego” frente a la violencia política de la izquierda radical a la que describió como una serie de redes internacionales —no células aisladas— que comparten propaganda, canales cifrados, entrenamiento, casas seguras y financiamiento, y que aprovechan las brechas entre jurisdicciones para operar en diferentes países. Pidió reconstruir la arquitectura antiterrorista mediante intercambio de inteligencia, coordinación policial y judicial, rastreo de redes y disrupción financiera. Señaló como antecedentes la designación de cuatro grupos de extrema izquierda como organizaciones terroristas extranjeras, recompensas de hasta 10 millones de dólares por datos sobre financiamiento, y anunció talleres de cooperación policial (el próximo será en Alemania) y puso como ejemplo de la operación de esos grupos acciones terroristas en distintos países, en las que incluyó la masacre de la familia LeBarón en Bavispe, en Chihuahua, efectuada por el cártel de la Linea, el sexenio pasado.
Los límites entre los grupos que llama terroristas de izquierda radical y los narcocárteles se cruzan constantemente y, en los hechos, abrazando instrumentos políticos, financieros y de seguridad lo que busca la administración Trump es ahorcar a todo el espectro terrorista, desde los cárteles hasta las organizaciones que considera radicales, y por supuesto a cualquier político o gobierno relacionado con ellas, las políticas y las criminales. El ejemplo recurrente lo puso Rubio en Cuba como impulsora de todos esos movimientos.
La importancia del discursos del secretario de Tesoro, Scott Bessent no fue menor. Puso el dinero como el centro de gravedad de la estrategia y presentó la financiación como el “elemento vital” de toda campaña terrorista. Propuso aplicar contra estas redes instrumentos ya usados contra el financiamiento del terrorismo internacional. Anunció la movilización de la Oficina de Control de Activos Extranjeros (OFAC), el FinCEN, la división de investigación criminal del IRS y de la Oficina de Terrorismo e Inteligencia Financiera para identificar, bloquear y desarticular flujos ilícitos.
En un punto que no es en absoluto menor sostuvo que algunas estructuras filantrópicas o exentas de impuestos son usadas para encubrir transferencias ilícitas, influencia extranjera o apoyo a violencia política. Dijo que el Tesoro buscará responsabilizar a directivos y administradores cuando haya evidencia.
Es la misma estrategia que ya están usando y que profundizarán en estos días respecto al llamado narcoterrorismo, con un punto central que une a ambas estrategias, la política y la de seguridad: la persecusión de los benficiarios de esas actividades, tanto las que llaman de izquierda radical como las del crimen organziado que, para ellos, van de la mano.
Y ese es el mayor cambio de paradigma: en uno u otro ámbito, hasta ahora la persecusión se había centrado en líderes y operadores. Ahora, sin abandonar la búsqueda de aquellos líderes y operadores, la estrategia se centra en los beneficiarios, en las redes de protección, de complicidad, que les permiten operar, le dan apoyo financiero y se benefician política o económicamente de esas actividades. Y eso cambia todo. Es lo que la 4T no entiende.










