Razones
Jorge Fernández Menéndez
Hoy la presidenta Sheinbaum se encontrará por primera vez cara a cara con Donald Trump. Han platicado vía telefónica en 14 ocasiones, pero la relación con la Unión Americana la llevan casi cotidianamente otros funcionarios: el principal Omar García Harfuch que cada dos semanas suele visitar Washington para coordinar tareas de seguridad; el general Ricardo Trevilla que mantiene una comunicación constante con el jefe del comando norte, el general de la Fuerza Aérea Gregory M. Guillot, quien también comanda el NORAD, el mando aeroespacial de defensa de Norteamérica. Marcelo Ebrard que está viendo todos los temas comerciales en una agenda que sin otras decisiones colaterales parece agotada, y por supuesto el canciller Juan Ramón de la Fuente, actualmente retirado por una delicada operación de columna, una posición que ocupa el hombre que desde el sexenio pasado ha controlado mucho de la relación bilateral, Roberto Velasco. Y en Washington el embajador Esteban Moctezuma, con menos protagonismo del esperado.
La relación tiene innumerables problemas, algunos en parte solucionados (el paso de migrantes y de fentanilo) y otros empeorados (todo el ámbito comercial con los aranceles) por la frenética y contradictoria actividad del presidente Trump, que puede hacer una caricia y dar un manotazo en una misma frase.
En el gobierno federal había temor de ir a Washington y sufrir en la Casa Blanca un descalabro similar al que vivió en su momento el presidente Zelenski. Todo puede ser, pero no creo que sea así. La presidenta se tardó en buscar un encuentro personal con Trump, que podrí haber ocurrido con condiciones idóneas durante el sepelio del papa Francisco o la entronización de León XIV (como hizo Zelenski para reparar los daños del encuentro en la Casa Blanca). Se perdió esa oportunidad, pero el sorteo del mundial se presenta como la mejor opción para ese encuentro: es un acto formal, en el Centro Kennedy, estará también el premier canadiense Marc Carney. Y sin duda además de la actividad protocolar habrá espacio para encuentros privados en un momento en el que la agenda tri y bilateral crece un día sí y el otro también sin que se cierren los temas.
Ayer mismo, poco después de que la presidenta hablara de que el hecho de que los tres mandatarios estuvieran juntos en el sorteo mundialista fortalecería el T-MEC, Trump declaraba que quizás no iniciará la renegociación del Tratado, que lo dejaría que se agote en 2026 y entonces comenzaría a crear uno nuevo. No es una ocurrencia. Cuando se ven la cantidad de objeciones que existen de prácticamente todos los sectores productivos, financieros y de servicios sobre el TMEC en Estados Unidos, la mayoría de la ocasiones por evidentes vulneraciones del mismo por parte del gobierno de López Obrador o del tristemente célebre plan C que se aprobó en esta administración, suena lógico que en vez de remendar un tratado existente y que ha sido vulnerado, es mejor emprender la negociación de uno nuevo donde Estados Unidos y Canadá quieren imponer acuerdos que van mucho más allá del TMEC.
Primero, un convenio democrático, para que las instituciones, incluyendo las de justicia, tengan estén homologadas, en normas y procedimientos, en la forma y el fondo para operar institucionalmente los problemas. Quieren además un convenio paralelo en seguridad que homologue también criterios e instituciones y en donde haya compromisos adquiridos comunes. Dentro de eso hay propuestas de acuerdos en comunicaciones y ciberseguridad. Y todo en la lógica de sí tener un sólido mercado de América del Norte, como una sólida entidad económica, pero también de seguridad y posiblemente defensa en un mundo que se fracciona en bloques y donde el principal adversario es China. No está tan alejado de lo que es la Unión Europea.
Si se avanza hacia ese esquema, México no tiene más opciones que aceptarlo, primero porque es benéfico para el país y la región, daría estabilidad y crecimiento, y se podrían colocar temas en esa agenda común (pienso sobre todo en regularizar la migración), y porque además es la tendencia que están siguiendo los otros países, de competir a partir de sus bloques y porque, además, ha cambiado el momento en América latina. Política e ideológicamente México se está quedando sin aliados en la región, hoy sólo Brasil (en realidad un competidor geopolítico) y Colombia, gobernada por el impresentable Gustavo Petro, tienen simpatías ideológicas con México, y ambos países tienen elecciones en el 2026 en las que puede ganar la derecha, como lo está haciendo en todos los demás países de la región.
Sinceramente creo que a la presidenta Sheinbaum le irá bien en Washington, que Trump no hará ningún desplante y que incluso la tratará caballerosamente. Eso no quita que no lleguen los reclamos, las propuestas y los objetivos puestos en la propia estrategia trumpista, por ejemplo, Venezuela, pero también la corrupción, el narcotráfico, la migración, la energía, las inversiones, la presencia china y rusa en México, la certidumbre jurídica, y mucho más. Se necesitará pragmatismo, decisión y capacidad de abrir puertas por las cuales transitar en todos estos temas en el 2026 con encuentros formales de presidentes y negociadores mucho más cotidianos para acordar esa agenda que, con renegociación del TMEC o la elaboración del nuevo tratado, nos obligará a hacer cambios muy profundos que sería suicida no aceptar.










