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El error de septiembre o la normalidad

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Razones

Jorge Fernández Menéndez

Algunos de los más intransigentes seguidores de la 4T insisten en señalar, a partir de los resultados electorales, que los críticos del gobierno no entienden el país, ni a los sectores populares y que por ende no supieron interpretar la ola de votos que tuvo Claudia Sheinbaum el pasado 2 de junio.

Puede ser, la crítica muchas veces se equivoca o no acierta con el sentir popular. Los críticos de Hitler advirtieron los riesgos cuando llegó al poder por la vía popular, y muchos no pensaron que se pudiera mantener en él ni que lo que ocurría a fines de los 20 se convertiría en una norma atroz diez años después; los seguidores de Stalin no quisieron ver las terribles represiones en las que se sustentaba su régimen y que eran denunciadas por sus críticos, y hasta bien entrados los años 50 para muchos fue un héroe del proletariado; hoy muchos siguen entusiasmados, dentro y fuera de Cuba, con un régimen que después de 65 años en el poder no puede garantizar ni siquiera el mínimo sustento de su población. Cuando Trump presentó su candidatura presidencial en 2015, ante el temor de muchos críticos, se dijo que no era peligroso, que lo suyo era algo así como una tormenta de verano. Al año siguiente era elegido presidente de los Estados Unidos. Y los ejemplos se pueden ampliar hasta el hartazgo.

No quiero equiparar al gobierno de López Obrador con el de Trump, Hitler, Stalin o Castro, sólo son ejemplos extremos para demostrar que no siempre las críticas se reflejan en votos o apoyos populares. Existen razones de fondo para ello, una cierta conformación social, experiencias e historias del pasado que fijan una identidad, desconociendo aciertos o errores, y respaldan un liderazgo, bueno o incluso muy malo.

En México tenemos muchos casos en los que el deseo popular trasciende lo que muchos pensamos que debería ser la racionalidad. Me tocó estar en un poblado de la sierra mixe, en Oaxaca, hace varios años, donde buena parte de la comunidad exigía que una cooperativa de jóvenes que hacían Alebrijes, exportaban a Canadá y eran exitosos, repartiera el dinero que ganaba por su trabajo entre todos los pobladores. Como evidentemente no quisieron hacerlo los expulsaron de la comunidad y donde estaba el taller de Alebrijes, le pidieron al gobierno que construyera una cancha de básquet para hacer sus fiestas. Los jóvenes se instalaron en Ella, establecieron su empresa y los pobladores de la sierra mixe están más pobres que antes. Nadie se acuerda de la cancha de básquet.

Al inicio del sexenio de Peña Nieto el gobierno regaló televisores que pudieran recibir señales digitales, para acelerar la transición tecnológica, a toda la población. Pregunté porqué no utilizaban esos recursos para que la gente pudiera tener en su casa un piso firme o un baño, del que innumerables viviendas aún carecen. Me mostraron una encuesta nacional que exhibía que, por amplísimo margen, la gente prefería su televisor antes que un retrete o un piso de cemento. En algún viaje por el sur del país lo comprobé personalmente. Alguna vez escribimos un amplio reportaje al respecto.

Todo esto viene a cuento porque a veces la crítica se equivoca, pero a veces también acierta y es popularmente ignorada. Algo de eso pasa ahora con la propuesta de reforma judicial. Como decíamos ayer, habrá reforma judicial: Claudia Sheinbaum tiene los votos y el mandato para hacerlo. Pero no necesariamente tiene que ser exactamente sin cambiarle una coma, la reforma que planteó el presidente López Obrador en febrero pasado. Puede ser matizada, corregida, afinada como lo dejó entrever Sheinbaum el lunes

Elegir por voto popular, ministros, magistrados y jueces, unos mil 700 en total, es un despropósito que además acabaría con la carrera judicial que muchos hombres y mujeres han construido legítimamente durante años. Conllevaría a una deconstrucción del poder judicial que haría mucho más difícil rescatarlo. Aumentarían la impunidad y la ineficiencia.

Pero, además, en la más pura ley del mercado, la que algunos apologistas de la línea dura de la 4T no entienden, pondría a Claudia Sheinbaum, como señaló ayer un estudio de Citi, y como hemos insistido durante toda esta semana, ante el riesgo de un “error de septiembre”, en analogía al “error de diciembre” de 1994, que desencadenó la crisis económica y financiera de entonces.

Sé, lo hemos dicho aquí, que ni el país ni las circunstancias son las mismas, pero sí lo son los síntomas. Aquel error se generó por las diferencias entre el presidente saliente, Carlos Salinas y el entrante, Ernesto Zedillo, sobre el momento, forma, espacio y tiempo para mover la cotización del peso. No hubo acuerdo y cuando en diciembre se quiso cambiar la cotización, los mercados reaccionaron como lo hacen, en forma abrupta y con base a percepciones y datos duros y arrasaron con la certidumbre que se había construido los seis años anteriores.

México tiene una economía sólida, y la teníamos también en 1994, con fuertes expectativas hacia el futuro, como entonces. Pero recordemos que los mercados tienen vida propia y que generan tendencias que van más allá de las expectativas políticas o ideológicas. Puede ser, como me dijo un cercano colaborador de López Obrador en alguna ocasión, que el actual mandatario tenía que actuar como actuó para poner el sistema de cabeza y cambiarlo. A su sucesora le toca operar ese nuevo sistema, llevándolo hacia un ámbito de normalidad y certidumbre. Nada más, nada menos.

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