Jorge Fernández Menéndez
El triunfo demócrata en los comicios estadounidenses del martes resultó abrumador: el partido azul se quedó con la cámara de representes, con el senado, con la mayoría de las gubernaturas, incluyendo algunos estados que históricamente han sido republicanas como Kansas o Texas, e incluso llevó a una mujer afroamericana al gobierno de Georgia.
Es verdad que en la enorme mayoría de las elecciones de medio término de las últimas décadas casi siempre han ganado las oposiciones. Pero la magnitud del triunfo superó las expectativas de muchos, incluso en el partido demócrata. Lo importante en todo esto es tener una lectura del resultado sin lugares comunes, y sobre todo ver qué implicaciones tiene para nuestro país.
Primero, ¿por qué perdieron los republicanos? Sin duda por la economía, reflejada en una alta inflación, muy similar a la nuestra, y por el alza del precio del combustible, derivado de la guerra con Irán. La sociedad estadounidense nunca terminó de comprender la importancia de la guerra de Irán y de impedirle a ese país contar con un arma nuclear. El costo de la gasolina tuvo mucho más impacto que la geopolítica. La gente votó con el bolsillo. Para buena parte de la población la migración ilegal es una preocupación real, pero la violencia anti migratoria, con un papel central del ICE convertido casi en una fuerza de ocupación, tuvo un rechazo casi generalizado, fundamental a la hora de explicar los resultados.
También intervino la soberbia del poder. El apoyo de Trump y de la estructura del gobierno a candidatos radicales, de perfil MAGA, que desplazaron a candidatos republicanos tradicionales, el caso del senado en Texas fue paradigmático, perjudicó a los republicanos en muchos distritos. Como se ha dicho muchas veces, toda la política es local, y la ideología no puede reemplazar el arraigo, sea el candidato de derecha o izquierda.
Hay que destacar un punto importante: salvo algunas excepciones, no ganaron los demócratas de agenda claramente woke: los muy radicales o autodenominados socialistas (muchos de ellos en realidad populistas de izquierda) son los que más ruido hacen, pero la enorme mayoría de los que ganaron en el congreso son demócratas de centro o centro derecha, que crecieron, ocupando ese espacio, contra los radicales MAGA. Un buen ejemplo para México pensando en el 2027. También hay un cambio generacional que se había demorado por lo menos durante cuatro periodos de gobierno: en 2028 será imposible una elección presidencial entre octogenarios.
¿Será Trump un pato cojo (un lame duck, un presidente sin poder) como quieren creer algunos en México? Definitivamente no. Desde hace semanas la Casa Blanca venía trabajando en un modelo de operación previendo la pérdida del congreso. Trump gobernará con decretos y vetos, se endurecerá sobre todo en política exterior y no abandonará su agenda, en busca de fortalece su legado y de mantener el poder en 2026. Lo que sí es un hecho es que el resultado abrirá la competencia republicana para el 2028 donde ya hay dos anotados, el vicepresidente J.D. Vance y el secretario de Estado, Marco Rubio, dos perfiles conservadores con visiones muy diferentes de la política.
La relación con México no se modificará porque muchos temas están en manos del ejecutivo no del legislativo, y otros pueden tener agenda compartida en ambos partidos: seguirán siendo claves la seguridad y en ese sentido el desmantelamiento de las redes políticas de complicidad, así como la seguridad en la frontera (sin el elemento violento y provocador del ICE y las redadas generalizadas). En comercio los temas seguirán atados a la agenda de seguridad pero también a la apertura de la energía y a la inteligencia artificial que requiere inversiones enormes para centros de datos y otras actividades, y necesita energía, agua y compromisos de largo plazo para poder asentarse en México: está en manos del gobierno federal establecer las condiciones para integrar plenamente las cadenas productivas y apostar, este es un momento particularmente idóneo para ello, en la consolidación de América del Norte sin las anteojeras ideológicas que caracterizan a la 4T.
Debería quedar claro que el gobierno de Trump no va a presentar al congreso ningún capítulo estratégico del TMEC o de la relación con México que pueda ser modificado por la mayoría demócrata. Pero también es verdad que la nueva realidad política en Estados Unidos obliga ahora tanto con el ejecutivo como con el congreso, y pasando por los gobiernos locales, muchos de ellos nuevos, a invertir en todos los sentidos en una intensa labor de lobbyng que fue prácticamente abandonada durante los últimos ocho años, pensando que todo se debía concentrar en comunicación Palacio Nacional-Casa Blanca.
Hay muchos personajes interesantes para seguir después de la elección: Gina Hinojosa, de origen mexicano, la nueva gobernadora de Texas; James Talarico, senador en Texas; Xavier Becerra, de padres mexicanos, gobernador en California. Texas y California son nuestros dos principales socios comerciales. Mucho se puede hacer con ellos obteniendo buenos acuerdos, políticos, económicos, de seguridad, energéticos, militares en forma simultánea con la Casa Blanca.
Pero en México, mientras tanto, apostamos al autoritarismo y la concentración de poder: hay están para demostrarlo, la ley antimemes, una ley censura disfrazada; y las nuevas normas de ISR que destrozarán los negocios con utilidad reducida.










