El uso de la palabra
Dr. Raúl Vázquez Espinosa
Para Rodolfo Kusch, la cultura es la trama en la que el ser humano busca su ser y descubre, al mismo tiempo, que ya estaba arraigado a una tierra que lo precede y lo contiene. Habitamos un suelo y, al hacerlo, participamos de una totalidad que nos contiene y nos otorga sentido. La cultura se gesta precisamente en ese lugar habitado y se configura, en principio, mediante la relación entre el ser y el estar. Por un lado, habitamos una cultura que busca conscientemente el ser y procura otorgar significado a nuestra existencia; por otro, esa misma cultura se sostiene sobre pautas no conscientes que pertenecen al ámbito del estar. El estar precede al ser porque, al “estar-siendo”, actuamos culturalmente mucho antes de adquirir conciencia de ello. Nos movemos dentro de la cultura, participamos en su gestación y reproducimos sus patrones incluso antes de reconocerlos como tales. Para Kusch, por tanto, la búsqueda consciente y significativa del ser se entreteje con un estar previo y preconsciente que nos arraiga al suelo que habitamos y nos hace partícipes del mundo que nos rodea.
A estos dos elementos se suma un tercero, relacionado directamente con la comunidad. La búsqueda significativa del ser y el estar preconsciente en la cultura carecerían de sentido si fueran solamente construcciones individuales. La cultura adquiere su verdadera significación cuando es asumida por la comunidad, porque esta reconoce en ella un significado compartido. Por eso, la cultura no puede desligarse de la comunidad, del suelo que habitamos ni de las relaciones que establecemos con los demás. No es algo externo o añadido a la vida colectiva, sino una dimensión constitutiva de la propia comunidad. Nace en ella, se alimenta de sus experiencias y expresa su manera de estar, interpretar y relacionarse con el mundo.
Estos tres elementos, la búsqueda consciente del ser, el estar preconsciente y la pertenencia a una comunidad, conforman una tríada de momentos mediante los cuales la cultura se vive y adquiere, además, una consecuencia creativa. De acuerdo con Kusch, los autores y los artistas no son los únicos que producen obras culturales. Todas las personas y comunidades participan en la gestación de un universo simbólico. Somos creadores de cultura porque, mediante nuestras acciones cotidianas, nuestro lenguaje, nuestras costumbres y nuestras relaciones, contribuimos a producir el mundo compartido en el que vivimos.
La cultura cumple, en este sentido, una función existencial, por medio de ella concretamos nuestros proyectos y construimos el horizonte en el que se instala nuestra existencia. Dentro de ese horizonte simbólico se configura un mundo habitual sin el cual la vida no podría sostenerse. No sabríamos cómo vivir si no existieran costumbres que reconocemos como propias, si no empleáramos giros lingüísticos compartidos o si no pensáramos nuestros proyectos a partir de ciertos referentes comunes. Este universo cultural se construye mediante las relaciones humanas en las que proyectamos nuestra vida y a través de las instituciones que creamos. No se trata únicamente de las grandes instituciones sociales o políticas, sino de todo aquello que surge de nuestras relaciones y que, paulatinamente, configura una forma de convivencia y un determinado modelo cultural.
Desde esta perspectiva, la cultura posee un carácter profundamente ontológico porque se encuentra en una relación constante entre la búsqueda del ser, el estar preconsciente en el que nos desenvolvemos y el arraigo en la comunidad. En esta última, cada persona se constituye como gestora de la cultura, entendiendo la gestión en su sentido más originario, como gestación y creación permanente de un universo simbólico compartido. La cultura es, así, el ámbito en el que aprendemos a estar, buscamos ser y construimos colectivamente las condiciones necesarias para sostener nuestra existencia.
Cabría, entonces, arrebatarle a Rodolfo Kusch esta concepción de la cultura, pues él mismo comprende las creaciones culturales como parte de una gestación que desborda a quienes las crean. Siguiendo sus ideas, resulta necesario repensar esta propuesta a la luz del presente y preguntarnos cómo puede adquirir forma en nuestros espacios. El propio Kusch señala que habitamos lugares liminares con respecto a Occidente. Por ello, esta búsqueda ontológica profunda debe anidarse en el suelo donde habita nuestro universo simbólico y en el que nosotros mismos somos, a la vez, habitantes y habitados.
La gestación de la cultura no constituye una actividad única ni aislada, sino una práctica que rebasa nuestra piel. La cultura no se limita al individuo, pues se encuentra siempre en movimiento, entretejiéndose con las demás personas y generando constantemente un universo simbólico y material. Cada persona participa en esta gestación cultural mediante sus acciones, relaciones, costumbres, palabras y formas de interpretar el mundo. Lo simbólico y lo material no aparecen como dimensiones separadas, sino como partes de una misma realidad cultural que construimos colectivamente.
Estamos anegados por nuestra propia cultura y, al mismo tiempo, la recreamos de manera constante. La recreamos incluso en el estar-siendo, porque en ese movimiento cotidiano los patrones culturales y los símbolos ya se encuentran presentes, dando sentido a todo aquello que sucede en el suelo en el que estamos y somos. La cultura nos precede y nos envuelve, pero también se transforma mediante nuestra participación. Somos producto de ese universo cultural y, simultáneamente, responsables de su continua gestación.
Sin embargo, esta capacidad creadora es amenazada por aquellos procesos que Kusch denomina transculturales, mediante los cuales se nos arrebatan nuestros propios patrones y comenzamos a conducirnos de acuerdo con modelos neutros y uniformes, aunque casi siempre llevan el sello de la tradición occidental y, actualmente, del mundo anglonorteamericano. Como consecuencia, se debilita nuestro universo simbólico y se interrumpe la gestación de una cultura arraigada en la experiencia propia. En su lugar, se imponen patrones mediante los cuales el ser humano se desenvuelve de manera esquemática y unidireccional, alejándose del suelo, de la comunidad y de sus formas particulares de comprender la existencia.
Por esta razón, se trata asumir conscientemente nuestra participación en la gestación cultural y, al mismo tiempo, enriquecernos con los patrones que permanecen en el estar-siendo dentro de la cultura. El mundo sería demasiado pequeño si una sola forma cultural se impusiera sobre todas las personas y comunidades. Estamos llamados, entonces, a gestar cultura, a dejarnos impregnar por ella y a construir comunidad desde la diversidad de experiencias, símbolos, prácticas y relaciones que nos dan sentido. La cultura no consiste en conservar lo recibido, sino también en recrearlo, transformarlo y proyectarlo colectivamente, de manera que nuestro universo simbólico continúe siendo un espacio capaz de sostener y enriquecer la existencia.
En este sentido, al traer la propuesta de Kusch hacia nuestro propio horizonte, cabría relacionarla con el nosotros que emerge de la cultura tojolabal de Chiapas y reinterpretarla mediante la idea de un “nosotros” como creadores culturales. Si comprendemos que la cultura se gesta desde la persona, pero que esta crea culturalmente porque forma parte de una comunidad, entonces las relaciones que surgen de la gestación y la creación cultural nacen de un nosotros que hace posible la comunicación. Nuestros patrones cotidianos, nuestros símbolos compartidos, nuestras palabras, nuestros gestos y todo aquello que llevamos en la piel, pero que al mismo tiempo rebasa nuestra propia piel, forman parte de una totalidad existencial creada desde ese nosotros.
Construir es crear cultura. Y crear cultura es abrir un cauce de sentido mediante el cual formamos redes de humanidad y redes existenciales. Fortalecerlas exige dialogar, consciente e inconscientemente, con nosotros mismos y repensar nuestros patrones culturales a la luz del presente. Ese “nosotros” que gesta cultura nos otorga los rasgos de una identidad posible, porque en cada palabra, en cada gesto y en cada símbolo compartido construimos formas de reconocernos y de dar sentido concreto a nuestra existencia. Como afirma Kusch, “la cultura no vale porque la crean los individuos, o porque haya obras, sino porque la absorbe la comunidad” (Dos reflexiones sobre la cultura). Quizá por ello la cultura no sea únicamente lo que heredamos o conservamos, sino la casa común que levantamos entre todos y que, mientras la habitamos, también nos habita.










