Roy Gómez

Cristo se nos presenta en la tormenta, siempre como Maestro y Predicador. Hoy nos dice que cuenta con nosotros para ser continuadores de su misión comienza avisándonos de que en esa tarea evangelizadora vamos a encontrarnos con mil dificultades e incluso graves amenazas, ante las cuales ésta es su orden:  No tengan miedo….  Tan importante era este no tener miedo que en el pasaje que hemos leído Jesús repite tres veces la misma fórmula. Sí, es absolutamente necesario sobreponerse al miedo en esos momentos y hacer lo que el Señor quiere que hagamos.

Siempre fue difícil ser cristiano. Lo fue en los primeros tiempos de la Iglesia, en los que la confesión de la fe se pagaba casi siempre con el martirio y lo ha sido a lo largo de los dos mil años de cristianismo hasta nuestros mismos días. ¡Cuánto heroísmo para no dejar que el miedo se apoderarse de alguien ante las amenazas! Ser sacerdote, religioso o laico; ser una familia cristiana; ser un joven creyente y comprometido…, son opciones que comportan seguramente dificultades e incluso graves amenazas en no pocos lugares o ambientes. Al siglo XX se le consideró como el Siglo de los Mártires y los comienzos del actual no lo es menos. Son frecuentes, hoy como ayer, los malos tratos y asesinatos de cristianos por causa de su fe.          

A diferencia de lo del heroísmo en la defensa de la fe que puede estar pasando en países de misión, por estas nuestras viejas tierras, cristianas hace siglos, hay una convicción generalizada de que el temor o cobardía de estar invadiendo y atenuando a no pocos bautizados en la praxis de la vida cristiana. Hoy, en efecto, abundan los cristianos vergonzantes y miedosos. Frente a un ambiente social poco favorable a la fe cristiana, una de las tentaciones más frecuentes del creyente actual es el miedo que se disfraza de silencio, cuando tendría que haber una palabra sobre amor y familia, matrimonio y divorcio, vida y aborto, educación y libertad, dinero y honestidad profesional y tantos otros binomios que requieren un claro discernimiento y una respuesta consecuente.

No es suficiente que el creyente cristiano no ceda en su fuero interno a las máximas y criterios incompatibles con el evangelio y con sus propias y ortodoxas creencias en lo hondo de su conciencia, sino que ha de tener además el valor y el coraje de disentir y de confesar sus principios cuando hay que hacerlo; sin agresiva exposición de sus auténticas convicciones, pero con humilde firmeza. Y esto, aunque uno pierda amistades, popularidad, poder o ingresos económicos. Avergonzarse de las propias creencias, tener miedo a mostrarse diferente, amedrentarse ante el ridículo, es ceder al viejo respeto humano. El próximo día veinticuatro celebramos la fiesta de San Juan Bautista que tuvo el coraje de repetirle a Herodes: No te es lícito vivir con la mujer de tu hermano), a sabiendas de lo que le podía pasar.

A quien da testimonio Cristo le promete su defensa ante el Padre; al cobarde no lo defenderá, no por malo, sino por cobarde. Por haberse avergonzado de Él, carecerá de la intercesión de Cristo en el día de la revisión universal en que se decide todo. Confesar a Cristo es declararse suyo con la boca, con las obras, con el vestido, con la profesión. No llamar la atención puede ser un signo de dimisión y cobardía, sentir vergüenza de Cristo. A ésos no les defenderá Él en el día del juicio.

Ante el abandono de la vida cristiana por parte de tantos que un día creyeron y ante el ambiente de indiferencia religiosa, te pedimos nos hagas fuertes para que no claudiquemos en nuestras convicciones que tienen su fundamento en tu enseñanza… Que así sea…Luz.

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