Juan Pablo Zárate Izquierdo
México es un laboratorio político totalmente vivo. Se vive un momento muy singular de la historia política. Por todos lados se puede observar cómo quienes llegaron al poder con discursos de transformación, prometiendo acabar con privilegios y combatir la corrupción que señalaban en otros, comienzan a reflejar prácticas que denunciaban.
No se trata de un fenómeno nuevo ni exclusivo de México, pero su manifestación actual merece un análisis riguroso, despojado de simpatías partidistas y fundado en la observación sistemática de los comportamientos políticos.
George Orwell nos legó una alegoría sobre cómo el poder transforma a quienes lo ejercen. En aquella novela de “La rebelión en la granja” (publicada en 1945), los animales que derrocaron al granjero terminaron caminando en dos patas, vistiendo sus ropas y modificando los mandamientos hasta hacerlos irreconocibles. Esa comparación es tan fuerte que describe una constante histórica: la traición gradual a los principios originales una vez que se conquista el poder.
En un contexto histórico a nivel mundial se puede ver cómo la narrativa del cambio se ha convertido en justificación para concentrar poder, se ha observado cómo el combate a la corrupción se va diluyendo cuando los señalados son propios, cómo las instituciones que se prometió fortalecer son debilitadas cuando sus decisiones incomodan.
La transformación no ocurre de un día para otro. Es un proceso paulatino, casi imperceptible para quienes están inmersos en la dinámica política cotidiana. Primero se justifican pequeñas excepciones a las reglas en nombre de un bien mayor. Luego, esas excepciones se normalizan. Finalmente, lo que era excepcional se convierte en la regla, y quienes alguna vez fueron opositores feroces de ciertos privilegios, ahora los defienden como necesarios para su proyecto político.
El discurso se adapta, los enemigos cambian de nombre, pero las estructuras de poder permanecen, solo que con nuevos administradores.
El impacto social de esta dinámica es profundo y tiene varias facetas. Genera primero desencanto entre quienes creyeron genuinamente en la posibilidad de un cambio real. Muchos ciudadanos que depositaron su esperanza en un proyecto político se encuentran confrontando una realidad que contradice las promesas iniciales. Este desencanto no se traduce automáticamente en rechazo político, porque la maquinaria de justificación es poderosa: siempre hay un enemigo externo, siempre hay un complot, siempre hay razones por las cuales las cosas no funcionan como se prometió.
La polarización se profundiza, no porque los ciudadanos sean irracionales, sino porque el costo emocional de reconocer que se apostó por algo que derivó en lo mismo que se combatía es muy alto.
Este fenómeno se manifiesta en múltiples niveles en diversos países. Hay toda una construcción de narrativas épicas donde el movimiento en el poder se presenta como asediado por fuerzas opositoras que buscan su destrucción. Esta construcción no es gratuita: genera cohesión entre los seguidores, justifica errores y excesos, y, sobre todo, mantiene la movilización política. Pero también polariza a la sociedad de manera arriesgada, porque convierte cualquier crítica en traición, cualquier cuestionamiento en complicidad con el enemigo.
Los organismos autónomos que alguna vez fueron celebrados por el movimiento en la oposición, ahora son señalados como obstáculos. Los contrapesos constitucionales se interpretan como resistencias ilegítimas. Y lentamente, el Estado de derecho se subordina al proyecto político en turno. Lo preocupante no es solo lo que ocurre en el presente, sino todo ese precedente que se pretende establecer: si un gobierno puede modificar las reglas a su conveniencia, ¿qué impedirá que el siguiente haga lo mismo?
Aunque el INE no define aún el calendario oficial, el proceso electoral del 2027 iniciará en el último trimestre de este 2026 y este contexto cobra una importancia crucial. La ciudadanía mexicana enfrentará decisiones que definirán no solo quién gobierna, sino qué tipo de sistema político se quiere consolidar. ¿Se continua por un camino donde el poder se concentré cada vez más? ¿Se apuesta por una alternancia que podría repetir vicios con distintos actores? ¿O se exige algo genuinamente diferente? Estas preguntas no pueden responderse desde las emociones ni desde la lealtad partidista. Requieren análisis, información y, sobre todo, comprensión de todo aquello que históricamente se repite cuando no se aprende de ellos.
Aquí es donde cobra relevancia un análisis profundo, basado en evidencia y comparación histórica, para entender estos procesos. No se trata solamente de opiniones ni de simpatías personales, sino de identificar patrones, estudiar casos comparados, analizar datos y comprender las dinámicas del poder más allá del discurso. Cuando examinamos cómo se comportan los actores políticos una vez en el poder, cuando comparamos promesas con acciones, cuando evaluamos el impacto real de las políticas más allá del discurso, tenemos una imagen más clara de lo que realmente está ocurriendo y lo que repercutirá en 2027.
La sociedad mexicana necesita urgentemente estos análisis (el mismo sistema lo necesita), no como un ejercicio alejado de la realidad, sino como una herramienta para tomar decisiones. Reconocer los patrones de concentración de poder no es pesimismo, es realismo.
El riesgo que se enfrenta como sociedad es caer en el ciclo que describe perfectamente aquella fábula política de 1945: cada nueva administración promete ser diferente, combatir lo que la anterior representaba, pero termina reproduciendo las mismas dinámicas porque el poder, sin contrapesos efectivos y sin una ciudadanía vigilante y analítica, tiende inevitablemente a corromperse. No es una cuestión de buenas o malas intenciones individuales, sino de estructuras y de la naturaleza misma del ejercicio del poder que no pretende tener límites. También e interesante, es cuestión de corregir.
La pregunta que se debe hacer antes de 2027 no es simplemente ¿por quién votar?, sino ¿qué tipo de sistema se quiere?
Para responder estas preguntas es necesario informarse, estudiar, comparar, cuestionar. Se necesita entender que quienes llegan al poder (incluso históricamente), sin importar sus intenciones iniciales, responden a incentivos y presiones que terminan transformándolos.
El legado de Orwell no es solo literario, es una advertencia permanente sobre la capacidad del poder para transformar incluso a los más idealistas. En México, esa advertencia resuena con particular fuerza.
La ciudadanía tiene la oportunidad de aprender de la historia en México y de la historia universal, por construir su propio sistema. Pero eso solo será posible si se desarrolla la capacidad de ver más allá del discurso, de analizar más allá de las emociones, de decidir más allá de lealtades tribales.
Para las elecciones del 2027 la ciudadanía cobrará factura en todo.
Ejemplos de quienes llegan al poder y cambian en todo hay innumerables ya, quien lea estas líneas puede estar repasándolas en su memoria.
¿Hoy mismo, cuántos podríamos repasar?










