El uso de la palabra
Dr. Raúl Vázquez Espinosa
Pensar desde nosotros mismos implica volver la mirada hacia nuestra tradición intelectual y emprender el viaje de retorno hacia aquellos autores y pensadores que, desde nuestras circunstancias históricas, formularon preguntas esenciales sobre el mundo y la existencia. Reconocernos en esa genealogía crítica no es sólo un acto de justicia intelectual, sino también una forma de recuperar las interrogantes nacidas de nuestras propias tensiones y búsquedas colectivas, muchas veces ocultas bajo la hojarasca teórica de los discursos hegemónicos.
En ese horizonte aparece la figura de Eliseo Mellanes Castellanos, un pensador singular dentro de la tradición cultural chiapaneca del siglo XX. Vinculado a los círculos intelectuales del antiguo Instituto de Ciencias y Artes de Chiapas y contemporáneo de una generación empeñada en abrir espacios para la reflexión filosófica y literaria en el sureste mexicano, Mellanes desarrolló una escritura dispersa en revistas, periódicos y publicaciones culturales de su tiempo.
Para seguir las huellas de su trabajo es necesario rastrear publicaciones hoy casi inencontrables, dispersas entre hemerotecas y revistas culturales de la primera y segunda mitad del siglo XX. Allí permanece una obra fragmentaria, pero profundamente sugerente, donde conviven la reflexión filosófica, la preocupación ilustrada y una sensibilidad literaria poco común.
En 1988, la revista del Instituto de Ciencias y Artes de Chiapas publicó un breve ensayo del maestro Eliseo Mellanes en el que reunió algunas de sus reflexiones sobre la civilización y la libertad. Aunque el texto conserva las resonancias ideológicas propias de los años previos a la caída del Muro de Berlín, también contiene intuiciones originales y preguntas que, vistas desde el presente, mantienen una sorprendente vigencia. Sobre algunas de esas ideas voy a detenerme en esta oportunidad.
Entro en materia. Para nuestro autor, la civilización y la libertad mantienen una relación recíproca: la realización plena de una conduce necesariamente a la otra y ambas, en un despliegue concomitante, tendrían como horizonte la felicidad humana. Para comprender esta afirmación es necesario detenernos, aunque sea brevemente, en el significado de ambos conceptos. Cuando Mellanes Castellanos habla de civilización, la entiende desde una perspectiva universal: “es el largo trayecto que ha recorrido la humanidad desde el hombre de la caverna hasta el hombre actual que conquista los espacios siderales”.
En esa definición se advierte una visión profundamente moderna del devenir humano, donde la historia aparece como una marcha continua hacia formas cada vez más complejas de conocimiento, organización y dominio de la naturaleza. Sin embargo, detrás de esa idea de progreso no sólo se encuentra el entusiasmo por el desarrollo técnico o científico, sino también una preocupación ética. La civilización únicamente adquiere sentido si ese avance material se traduce en una ampliación efectiva de la libertad humana. De poco serviría conquistar los cielos o perfeccionar las máquinas si el hombre continúa sometido al miedo, la desigualdad o la opresión. En Mellanes Castellanos, la civilización no puede reducirse a la aspiración tecnológica; es, ante todo, una prueba espiritual y moral de la humanidad frente a sí misma.
Por otro lado, la civilización, en una segunda acepción, nos dice Mellanes Castellanos se “refiere a la evolución de un grupo étnico, que del estado salvaje se convierte al través de la ilustración, en un pueblo luminoso de características propias que lo distinguen de los demás”. Nos muestra como ejemplo a las civilizaciones pasadas, como la romana o la maya. Esta definición desplaza la idea de civilización del ámbito exclusivamente universal hacia el terreno concreto de los pueblos y sus procesos históricos particulares. Ya no se trata únicamente del avance de la humanidad en abstracto, sino de la manera en que determinadas culturas construyen formas propias de conocimiento, organización, arte y subjetividades colectivas. El término “pueblo luminoso” resulta especialmente revelador, pues sugiere que la civilización no radica en el poder militar o en el desarrollo material, sino en la capacidad de una comunidad para producir sentido, memoria y una visión singular del mundo.
En el caso de las civilizaciones antiguas que Mellanes evoca, lo decisivo no es sólo la magnitud de sus obras o la extensión de sus dominios, sino la huella espiritual e intelectual que dejaron en la historia. La referencia a los mayas, además, posee un significado particular en un pensador chiapaneco. Implica reconocer que la civilización no es patrimonio exclusivo de Occidente, sino una posibilidad plural construida, también, desde los pueblos originarios de América. Así, Mellanes Castellanos parece insinuar que toda cultura alcanza su mayor altura cuando logra desarrollar una identidad propia sin perder su vocación universal.
Bajo la mirada teórica de Lewis Morgan, Mellanes Castellanos asume una visión moderna de la civilización, al decir que “gracias a esas conquistas tecnológicas, llega la luz de la civilización hasta las montañas y los valles”. Cree que es la tecnología la que lleva la correcta razón a los campos de maíz, trigo y arroz; es gracias a ella que “florecen los vergeles y reverdecen las praderas; se encadenan rayos y domeñan ríos; las lámparas incandescentes alumbran como el sol; y hasta la blanca perla del diáfano rocío arrastra los vagones convertida en vapor”. Eliseo Mellanes Castellanos hace suyo uno de los grandes supuestos de la modernidad. La idea de que la historia humana avanza linealmente hacia formas cada vez más altas de racionalidad y dominio técnico del mundo. La civilización aparece, entonces, como iluminación de la naturaleza y superación de la precariedad mediante la técnica. Pero, en esa confianza casi prometeica, también se oculta un problema filosófico profundo, identificar el progreso material con el perfeccionamiento humano. La subordinación de los ríos, el control de la energía o la acción extractivista son presentadas como signos de emancipación, aunque esa misma racionalidad instrumental haya terminado muchas veces por convertir a la naturaleza y aun al propio ser humano, en objeto de explotación.
Vista desde hoy, esta concepción deja poco espacio para otras formas de existencia que no se organizan desde la lógica productiva de la modernidad. El riesgo es que la civilización termine confundida con homogeneización cultural y que el desarrollo técnico se vuelva criterio único para valorar a los pueblos.
Sin embargo, el propio Mellanes Castellanos revira y hace una lectura crítica de esta aseveración suya. Nos dice que no siempre la tecnología conlleva una mejora en la vida, sino más bien que es la misma tecnología, bajo la impronta del libre mercado, que puede hacer que la sociedad entre en un juego de peligros y beneficios sin mayor importancia. Pone como ejemplo, el aumento de la velocidad de los automóviles que no redunda en mayor seguridad sino mayor riesgo; las armas, nos dice, son cada vez más sofisticadas y efectivas, pero son artefactos para la muerte. Su visión es profundamente humanista, ya que para Mellanes Castellanos “no tiene sentido una civilización deshumanizada, ciega ante al hambre y la pobreza de las etnias autóctonas de algunas partes del planeta, sorda al dolor de los enfermos, e indiferente a la inseguridad del hombre en la calle.”
La civilización es, ante todo, garante de “una existencia más hermosa para la humanidad”; sin este objetivo no tiene sentido alguno el desarrollo tecnológico y económico. A partir de esto, la libertad, que es concomitante a la civilización, nos dice nuestro autor, es parte de progreso mismo; pero se trata de un progreso humanista, centrado en el crecimiento espiritual, más que en el unívoco desarrollo material. Para Mellanes Castellanos el progreso se trata de un camino hacia la libertad, ya que el “hombre progresa para ser libre, el hombre estudia y se prepara para ser más libre, el hombre trabaja para ser libre y es libre para trabajar”.
Mellanes Castellanos hace del concepto de libertad una síntesis de las nociones clásicas e ilustradas. La primera entiende a la libertad como el sometimiento del hombre a los dictados de la razón, sobre la pasión y; la segunda, el poder hacer todo lo que no dañe al otro. Su definición toma de ambas, pero las sintetiza y crea una definición propia. Nos dice que la libertad “es la facultad de hacer de una manera o de otra y de no hacer; pero siempre que este modo de obrar no dañe a otro, ni siquiera al propio sujeto”.
En la reflexión de Eliseo Mellanes Castellanos, la libertad no aparece como una abstracción jurídica ni como una simple autonomía individual, sino como una conquista ética del ser humano sobre sí mismo y sobre las condiciones que limitan su realización. Su pensamiento intenta reconciliar razón, responsabilidad y dignidad humana en una noción de libertad profundamente humanista, donde el progreso auténtico no consiste en acumular riqueza o dominio técnico, sino en ampliar las posibilidades espirituales y morales de la existencia.
Hacia el final de su ensayo, Eliseo Mellanes Castellanos imagina la desaparición de las cárceles tradicionales y su sustitución por espacios orientados a la reparación del daño y la readaptación humana. Desde ahí emerge una crítica profunda a una civilización que, bajo el culto al progreso, corre el riesgo de vaciar al hombre de sensibilidad y convertirlo en un ser ajeno a sí mismo y a los otros. Frente a ello, Mellanes Castellanos, defiende una idea de libertad ligada a la dignidad, la justicia y la reconciliación humana. Su reflexión termina por señalar una intuición filosófica fundamental. Ninguna sociedad puede llamarse civilizada si pierde la capacidad de reconocer la humanidad del otro.










