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Vacunas y pruebas, decisivas ante ómicron

Razones

 

Vacunas y pruebas, decisivas ante ómicron

 

Jorge Fernández Menéndez

Si el presidente López Obrador pudo presumir en un video en la mañanera, que los síntomas de Covid que sufre son leves, que no pasaban más allá de ardor y dolor de garganta y ronquera, es porque desde principios de diciembre pasado se aplicó la tercera dosis de la vacuna de Astra Zeneca. Estar vacunado, con dos o tres dosis, no implica que una persona no se vaya a contagiar, pero disminuye radicalmente la gravedad del covid, las hospitalizaciones y, por supuesto, la muerte de los infectados.

Ayer, el New York Times publicó las enormes diferencias que existen de contagios, hospitalizaciones y muertes en dos ciudades que cuentan, a diferencia nuestra, con un amplio espectro de personas que se han hecho pruebas para constatar si han sido infectados o no: Nueva York y Seattle. Los datos son de diciembre, pero sirven perfectamente para ilustrar la situación. En NYC, los no vacunados que enfermaron de ómicron eran más de tres mil por cada cien mil habitantes, los vacunados no llegan a 400. En Seattle, era casi 500 los contagiados por cada cien mil habitantes, mientras que los vacunados apenas llegaban a cien. La diferencia de hospitalizaciones es aún mayor, mientras había, para el 18 de diciembre, cuando estaba en realidad comenzado ómicron, 80 hospitalziados no vacunados por cada cien mil habitantes, entre los vacunados esa cifra se reducía a menos de diez. En Seattle los porcentajes eran similares. Cuando hablamos de muertes, había para el 18 de diciembre en NYC, cinco muertes por covid por cada cien mil habitantes entre los no vacunados y apenas una entre los vacunados, nuevamente en Seattle el porcentaje era similar.

La propia investigación del periódico neoyorquino establece que los riesgos y la extensión de hospitalziaciones por ómicron es mayor en Estados Unidos que en distintos países de Europa porque las tasas, los porcentajes de la población vacunada mayor de 12 años es mayor en esas naciones que en la Unión Americana y las medidas que se han impuesto para los no vacunados son más duras. Apenas ayer, por ejemplo, Italia anunció que quienes no estén vacunados o no certifiquen que han salido de la enfermedad 14 días antes, no podrán abordar el transporte público, ir a cafés, restaurantes o gimnasios. Biden también ha querido endurecer las medidas en Estados Unidos pero el movimiento negocionista, muy ligado a su vez al trumpismo más radical, las ha rechazado en ocasiones con apoyo judicial.

El caso del tenista Novak Djakovic es tan importante por esa razón. El serbio es el deportista negacionista de las vacunas de mayor influencia global. Su negativa a vacunarse la han seguido otros deportistas, pero la mayoría de ellos han sido literalmente obligados a vacunarse si quieren seguir compitiendo. En el caso de Djokovic la federación de tenis le ha permitido hacerlo por ser, sencillamente, el número uno del mundo, hasta que en Australia se topó con un gobierno y una sociedad que han tenido largas etapas de confinamiento (Melboune, la sede del torneo de tenis, tuvo 256 días de confinamiento, uno de los más largos del mundo) y ahora están lidiando con ómicron para evitar volver al aislamiento y ven como el tenista quiere participar del primer gran slam del año sin vacunarse, como lo exige la ley australiana.

En las próximas horas sabremos quién ganará en este pulso, si el tenista con el apoyo de sus patrocinadores, de la federación y del gobierno serbio (el caso ha derivado en un conflicto diplomático entre Serbia y Australia) o el gobierno y la sociedad australiana. Pero la disputa real es entre quienes niegan la importancia del covid y de las vacunas, los negacionistas, y quienes asumen, asumimos, que éstas son definitivas para frenar de una vez por todas la pandemia, con todas sus secuelas, directas e indirectas, para que se transforme en una enferemedad endémica más.

En este sentido, lo importante en nuestro país es que se vacune a todo el mundo. Nuestro porcentaje de vacunados con tercera dosis, para que tengan síntimas tan leves como los del presidente López Obrador, son una ínfima minoría. Hay un porcentaje mayor con dos dosis, y uno muy amplio con sólo una dosis. Los adolescentes y niños en su enorme mayoría no han sido vacunados. En total apenas un 56 por ciento de la población ha recibido por lo menos alguna dosis de vacunas. Lo incomprensible es que hay vacunas para avanzar rápidamente en el proceso, pero por alguna razón se está vacunando menos de lo necesario y sectores claves, como los niños y jóvenes, están fuera del esquema de vacunación, donde tampoco se permite participar a los privados.

La experiencia internacional es clara: lo que se necesita son vacunas universales y pruebas masivas. Eso genera un costo económico, pero éste, sin duda, es mucho menor que tener empresas paralizadas porque simplemente tantos de sus trabajadores se han contagiado simultáneamente, que no alcanzan los que quedan para mantenerlas con una actividad normal: lo que está ocurriendo en la aviación es paradigmático al respecto. Y eso ya lo sabíamos desde mediados de diciembre pasado. Pero, como ocurrió con el inicio de la pandemia, tardamos muchas semanas en asumirlo. Hay que vacunar y hacer pruebas. ¿Lo entenderá López Gatell? ¿lo entiende el presidente López Obrador?

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