Videos, la violencia perpetua a víctimas

Videos, la violencia perpetua a víctimas

Sumidero

Edgar Hernández Ramírez

Los hombres señalados por abusar sexualmente de un niño en Sabanilla, Chiapas, ya fueron detenidos. La ley deberá determinar su responsabilidad y aplicar las sanciones correspondientes. Pero mientras las autoridades perseguían a los presuntos agresores, otra forma de violencia avanzaba con mayor rapidez que cualquier patrulla.

Alguien decidió grabar la agresión. Después, alguien decidió compartirla. Y miles más la reenviaron.

El crimen dejó entonces de ocurrir en un lugar y un momento determinados. Se instaló en teléfonos y redes sociales. El niño no sólo fue víctima de una agresión física, también quedó sometido a una exposición interminable, repetida cada vez que alguien abrió el archivo, lo descargó o lo envió a otro contacto.

La primera violencia se ejerció sobre su cuerpo. La segunda, sobre su dignidad, su intimidad y su derecho a no revivir públicamente el horror.

Vivimos en una época en la que el teléfono suele aparecer antes que la solidaridad. Frente a una golpiza, un accidente o una escena de abuso, demasiadas personas ya no piensan primero en proteger, pedir ayuda o denunciar. Piensan en grabar. La cámara se ha convertido en una forma de mirar sin intervenir, de estar presente sin asumir responsabilidad.

Después llega el segundo impulso: compartir.

La tecnología ha creado una prolongación casi infinita de la violencia. Antes, un delito podía terminar cuando el agresor escapaba o era detenido. Hoy puede continuar durante meses o años, alojado en dispositivos, servidores y conversaciones privadas. El hecho físico concluye, pero su reproducción digital mantiene abierta la herida.

No se trata de equiparar jurídicamente a quien comparte el video con quien ejecuta la agresión. Las conductas no son iguales. Sin embargo, quien distribuye ese material participa en una cadena de revictimización. Cada reproducción devuelve a la víctima al momento de su sometimiento. Cada reenvío amplía la audiencia del dolor. Cada descarga convierte una intimidad destruida en objeto de curiosidad y consumo.

Quien recibe el video rara vez piensa en la persona detrás de las imágenes: un niño que deberá reconstruir su confianza, una familia herida y una comunidad marcada por un crimen que jamás debió convertirse en espectáculo. Mira unos segundos, siente horror o indignación y luego lo comparte, a veces con el argumento de denunciar.

Pero denunciar no significa multiplicar la humillación. Una prueba debe entregarse a las autoridades, no transformarse en contenido viral.

Lo más inquietante es que muchos de quienes participaron en la difusión probablemente no se consideran responsables. Dirán que sólo lo reenviaron, que ya circulaba o que todos lo habían visto. Esa aparente inocencia es una de las grandes coartadas de la violencia digital: diluir la responsabilidad entre miles hasta que nadie se sienta parte del daño.

El problema no es únicamente individual ni jurídico; también es cultural. Las plataformas premian lo impactante, los algoritmos multiplican lo escandaloso y los usuarios terminamos actuando como distribuidores gratuitos de aquello que afirmamos condenar.

Las instituciones también deben responder, no basta con detener a los presuntos agresores. Es necesario investigar quién produjo y distribuyó el material, retirarlo de las plataformas, proteger la identidad de la víctima y ofrecer acompañamiento psicológico y jurídico a su familia.

Proteger a un niño no consiste únicamente en castigar a sus agresores, también significa impedir que su sufrimiento permanezca disponible para la curiosidad pública.

Las leyes mexicanas sancionan la producción y distribución de contenidos que vulneran la integridad sexual de niñas, niños y adolescentes. Pero ninguna norma será suficiente mientras se siga creyendo que reenviar un video es un acto neutro.

La responsabilidad digital comienza con decisiones elementales: no abrir, no descargar, no compartir. Denunciar el contenido y detener la cadena antes de convertirse en otro eslabón.

También debemos preguntarnos qué clase de sociedad hemos construido cuando el dolor de un niño puede recorrer miles de pantallas antes de que alguien decida hacer lo más elemental y humano: detenerlo.

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