Letras Desnudas
Mario Caballero
En enero, no recuerdo si el 29 o el 30, recibí la grata llamada de un amigo al que no venía desde hace por lo menos un par de años. Conversamos por algunos minutos y nos pusimos de acuerdo en desayunar juntos dos días después.
El punto de reunión fue en un pequeño y modesto comedor ubicado en el centro de Tuxtla Gutiérrez, donde se sirve una deliciosa comida casera. No diré el nombre del lugar para que no se tome como que le estoy haciendo publicidad, pero la verdad se come muy rico. El olor a pan recién horneado es parte fundamental de su encanto.
Llegué con diez minutos de anticipación a la cita. El lugar estaba lleno. Recorrí con la vista la primera estancia, donde hay sólo cuatro mesas, pero no vi a mi amigo. Satisfecho, pasé a la siguiente, un poco más grande, y ahí lo vi, sentado en la mesa pegada a la ventana, sopeaba una concha en su café.
Después de las correspondientes salutaciones y ponernos al tanto de nuestras familias, mi amigo pasó al tema que quería platicarme y saber si de alguna forma podía ayudarlo.
La cosa está así: me contó que el día siete de enero, a un mes de haber entrado en funciones el gobierno actual, su nuevo jefe inmediato convocó a todos sus compañeros de trabajo a una reunión. En ese momento, él estaba comisionado en la Secretaría de Medio Ambiente e Historia Natural, pues su plaza de contralor depende de la Secretaría Anticorrupción y Buen Gobierno.
Al acabar la reunión, todos tenían nuevas instrucciones. Algunos iban a ser cambiados de adscripción, otros seguirían en Medio Ambiente, pero a él no le dijeron si continuaría realizando sus funciones en la dependencia o si sería cambiado. Ante la duda, se acercó a su nuevo jefe y éste lo llamó a su oficina.
Como podrá usted imaginarse, sí, lo llamaron para pedirle la renuncia. Mi amigo es contador público, egresado de la Unach, y tenía esa plaza desde hace más de 27 años, sólo le faltaban dos más y unos cuantos meses para jubilarse.
El día que desayunamos cargó con una carpeta hasta el tope de documentos para demostrarme cuándo había iniciado a trabajar (que fue el mismo año en que terminó la carrera), los puestos que había desempeñado durante casi tres décadas, las dependencias a las que había sido comisionado, las evaluaciones y certificados que había aprobado, los cursos y los talleres que había tomado… En fin, sólo le faltó llevar una copia de su fe de bautismo y su cartilla de vacunación.
Entre todo el legajo de papeles sacó un documento muy peculiar, en el que se hace constar que en sus 27 años de servicio en la administración pública jamás fue amonestado, denunciado o demandado por cometer alguna infracción o arbitrariedad.
Bueno, justificación para solicitarle la renuncia no había, pero el argumento que le dio su jefe (hoy exjefe) fue que un alto mando del Gobierno del Estado necesitaba su puesto.
De nada le sirvió decir que sólo le faltaban un par de años para jubilarse y demostrar con papel en mano que era un paciente diabético, que requería el trabajo para seguir su tratamiento.
Mi ayuda al respecto fue en vano. Logré que algunos funcionarios atendieran su caso, entre ellos un alto mando de la Secretaría Anticorrupción, quien sólo le dio la promesa de reinstalarlo, ya que aceptó que se trataba de una injusticia en su contra, pero después ni siquiera se dignó a contestar los mensajes ni las llamadas.
MISERIA HUMANA
La actitud asumida por todos esos funcionarios a los que no puse nombre, pero que ni falta hace, es de miserables.
Apuesto, doble contra sencillo, que cada uno de ellos odiaría que les pasara lo mismo que hicieron con mi amigo. Pero como ahora se sienten con poder, creen que pueden hacer lo que les venga en gana. Es la miseria humana: humillar a las personas, lastimarlas, quitarles el sustento y burlarse de su situación. Peor todavía, abusar del poder en beneficio personal y en detrimento de los derechos de los demás.
No generalizo, por supuesto, ya que conozco muy buenos servidores públicos y a varios gobernantes realmente comprometidos con la sociedad, pero la política en su mayor parte está poblada de miserables.
Ahí está el caso de Gerardo Fernández Noroña, quien antes decía defender al pueblo de los abusos de los poderosos, pero como ahora él es el poderoso, maltrata y si le da tiempo aplasta a todo aquel que se le ponga enfrente.
Como hizo con el abogado Carlos Velázquez de León, al que obligó a que le pidiera una disculpa pública en el Senado por haberlo increpado en el aeropuerto.
Tómese en cuenta que nunca en la historia de México un ciudadano le había pedido disculpas a un político.
Otro caso es el de Adán Augusto López Hernández, quien no está acusado de crimen organizado, sino de haber organizado el crimen en Tabasco cuando fue gobernador de ese estado a través de su secretario de Seguridad, Hernán Bermúdez Requena, identificado como el líder del grupo criminal La Barredora.
Además, se le señala de enriquecimiento ilícito.
Sin embargo, en lugar de separarse del cargo y ponerse a las órdenes de las instancias encargadas de investigar dichos casos, salió a justificarse con unos cuentos de vaqueros que ni su abuela se los creería.
OTROS CASOS
En la misma lógica de la miseria humana se encuentran varios políticos chiapanecos, que utilizaron los cargos públicos en beneficio propio.
Como Javier Jiménez Jiménez, quien salió de la Secretaría de Hacienda señalado de corrupción, abuso de poder y enriquecimiento ilícito. Hoy, siendo diputado local, se le acusa de haber desviado 600 millones de pesos a través de un contrato para la compra de paquetes tecnológicos que nunca aparecieron.
O Uriel Estrada Martínez, que siendo auditor superior del estado presuntamente extorsionó a los presidentes municipales con tal de no hacerles observaciones en la cuenta pública. Hoy también es diputado local y uno de los nuevos ricos de Chiapas.
O Pepe Cruz, exsecretario de Salud de Rutilio Escandón, quien dilapidó cientos de millones de pesos en propaganda electoral a costa de la salud de los chiapanecos.
Con el caso de La Barredora, los nombres de estos políticos suenan como posibles cómplices de los crímenes cometidos en Chiapas atribuidos a este grupo criminal.
Al respecto, no puede faltar la mención de Juan Sabines Guerrero, cuyo gobierno fue una desgracia. No sólo endeudó al estado por más de 40 mil millones de pesos, sino también condenó a la pobreza y la ignorancia a miles de chiapanecos. Según informes, en su sexenio se registraron cerca de 400 mil nuevos pobres.
En el colmo de su miseria humana, y como pago a su corrupción y latrocinio, ocupó un cargo diplomático para el que no tenía experiencia ni el mínimo conocimiento. Y en estos días en que se ha ventilado su renuncia al consulado de Orlando, se rumora que podría llegar a la Secretaría de Economía federal como encargado del proyecto de la frontera sur.
Así como estos personajes hay varios funcionarios en la actualidad que piensan más en las próximas elecciones que en cumplir con la responsabilidad que les fue encomendada. Y han llegado al extremo de ni siquiera ser capaces de pagar las cuentas de sus teléfonos celulares.
Es triste saber que la miseria humana ha invadido la política.










