Razones
Jorge Fernández Menéndez
Es el complemento de la reunión contra lo que Estados Unidos denomina el terrorismo de izquierda radical, que se realizó la semana pasada en Washington, con la asistencia de ministros de seguridad y justicia de 65 países. El departamento de Estado dio a conocer un informe sobre la infiltración del gobierno cubano en Estados Unidos y otros países en el que sostiene que “la presencia de altos mandos de inteligencia rusos en México —que se hacen pasar por diplomáticos para recabar información sobre Estados Unidos— ha sido fuente de tensión diplomática entre ambos países en los últimos años”.
No es nuevo: es la reiteración de una demanda que ha presentado una y otra vez el gobierno estadounidense desde el inicio del gobierno de López Obrador. Cuando comenzó la guerra en Ucrania, muchos espías rusos fueron expulsados de Estados Unidos y Europa, y el espionaje de ese país se redistribuyó por el mundo, redoblando su presencia en Turquía y México. Al mismo tiempo se asentaron en México grupos políticos muy cercanos al gobierno de Putin, como Podemos y creció como nunca la presencia de Cuba en México.
En diciembre pasado, The New York Times publicó en su portada un reportaje especial sobre la expansión de redes de espionaje ruso en México. Sin embargo, lo que detonó alarma al más alto nivel fue que, pese a recibir de la CIA una lista con más de dos decenas de nombres de espías rusos identificados, muchos de ellos haciéndose pasar por diplomáticos en nuestro país, no fueron expulsados de México. La advertencia quedó archivada, y los agentes rusos siguieron operando. Peor aún, según fuentes estadounidenses, desde el CNI, el sexenio pasado, se le filtró a la inteligencia rusa, el nombre de todos los agentes estadounidenses que operaban en México. Responsabilizan de ello al entonces director del CNI, Audomaro Martínez.
Según fuentes estadounidenses citadas por el NYT, agentes rusos vuelan desde ciudades de EU a Cancún, Los Cabos o Puerto Vallarta y se hacen pasar por turistas. Ahí, entre hoteles, bares y playas, tienen encuentros con informantes que les entregan información adquirida dentro de territorio estadounidense. Y, según explica el rotativo, ese tránsito entre Estados Unidos, México y Rusia complica el trabajo de la contrainteligencia estadounidense. Al operar fuera de su territorio, los espías logran eludir sistemas de vigilancia que, dentro de EU, son infinitamente más estrictos que en México.
México funciona como un “cuarto intermedio”, un punto de transferencia donde los operativos del Kremlin pueden reunirse, intercambiar datos encriptados y regresar sin llamar la atención.
El reportaje señalaba que algunos de los agentes rusos “más hábiles” están afincados en la capital mexicana. No es casualidad. Durante la Guerra Fría, México ya era conocido como la “Viena de Latinoamérica”, un terreno de juego para espías de diversas potencias. En la época entre la Primera y la Segunda Guerra Mundial, decenas de espías nazis se instalaron en México.
La invasión rusa a Ucrania en 2022 cambió las reglas: Washington necesitaba blindarse; el Kremlin necesitaba información, mientras México, con un gobierno que ha adoptado una postura distante hacia los intereses de Estados Unidos, se convirtió en un lugar ideal para instalar operaciones discretas.
Hay otro tema central: Rusia no sólo despliega agentes; despliega narrativas. Autoridades de Estados Unidos, Reino Unido y Francia han señalado su preocupación por el incremento de campañas de desinformación originadas desde México. Bots y cuentas automatizadas impulsan mensajes que buscan deteriorar la imagen de Estados Unidos y Europa, y amplificar tensiones políticas internas. Y también apoyan para sembrar narrativas y posicionar mensajes de la política interna de México. Es una combinación de inteligencia clásica y guerra informativa digital.
La administración de Andrés Manuel López Obrador desestimó las advertencias estadounidenses calificándolas de “paranoia”. Ellos dijeron que era complicidad. Ante la presión diplomática, México aceptó permitir que funcionarios estadounidenses dieran opinión sobre nuevas solicitudes de credenciales diplomáticas por parte de personal ruso. Desde entonces, algunas fueron rechazadas. Pero los espías ya instalados en México nunca fueron expulsados.
Putin tiene obsesión por sus “ilegales”, que son agentes con identidades falsas infiltrados en diversos países. La idea de que varios operan desde México encaja con su visión del mundo: un líder aislado, desconfiado, que considera el espionaje como herramienta esencial del poder ruso.
Hoy, el 80 por ciento de quienes están en altos cargos del gobierno ruso provienen del aparato de seguridad. Rusia no sólo heredó la cultura del espionaje: la convirtió en el eje de su sistema político.
China ha imitado este modelo. Su Ley de Seguridad Nacional está inspirada en la rusa; su visión del control interno y del espionaje externo se alimenta del éxito operativo que diseñó Moscú. Rusia depende más que nunca de China, pero los rusos, históricamente, han desarrollado un sistema de espionaje muy eficiente. Y el espionaje cubano, tan presente en México desde antes del inicio de la revolución castrista, ha estado íntimamente relacionado con sus homólogos rusos durante los últimos 70 años.
El tema trasciende, por mucho, la coyuntura. Es un capítulo central de la geopolítica global pero también de la nueva visión estratégica de la Casa Blanca. Y México tiene un espacio central en ella. Aquí parece que no lo entendemos.










