Razones

Jorge Fernández Menéndez

La unidad y la soberanía, los dos ejes del informe y de la narrativa presidencial, entran en una lógica impredecible cuando se transita hacia teorías de la conspiración.

Semanas atrás, el director de la DEA, Terrance Cole, en una reunión internacional de lucha contra las drogas, en Buenos Aires, describió al secretario de seguridad federal, Omar García Harfuch, como un “socio de confianza” y “un buen amigo”. Lo reiteró en otros ámbitos. Es evidente, antes y después de esa declaración, que para la administración Trump, García Harfuch es un interlocutor válido en temas de seguridad. Ese tendría que ser motivo de satisfacción para un gobierno que no está pasando por su mejor momento en la relación con Estados Unidos. Para transitar con un gobierno y un presidente como Trump la interlocución personal es clave: por eso es un error, por ejemplo, que la presidenta Sheinbaum, más allá de muchas llamadas telefónicas, no se haya sentado cara a cara con Trump.

Pero ayer se fue más allá. Durante la mañanera, la presidenta explicó que esos elogios selectivos —hablar bien de un integrante del gabinete mientras se presiona o se revoca visados a otros funcionarios del oficialismo, dijo— forman parte de una estrategia deliberada para “generar divisiones al interior del gabinete de seguridad” y debilitar a los gobiernos que, en sus palabras, defienden su soberanía.

“Piensan, agregó la presidenta, que por hablar bien de uno y mal de otros van a generar división, pero fracasan en eso, porque hay mucha coordinación y mucho patriotismo… Ellos buscan de una u otra manera debilitar a los gobiernos, porque esto es uno de sus objetivos y en particular gobiernos independientes, que defendemos la soberanía, buscan dividirnos internamente, es una de sus estrategias, no de ahora de siempre, generar divisiones al interior del gabinete de seguridad, generar división del gabinete federal, son tácticas de injerencia”.

¿De verdad pensamos que elogiar a un funcionario (han elogiado en distintos ámbitos a García Harfuch pero también al general Trevilla, a Marcelo Ebrard, a Roberto Velasco, entre otros pocos) es una estrategia injerencista para dividir al gobierno? ¿tanto dolió en los sectores duros de la 4T que en esa reunión de la DEA no se elogiara al gobierno como un todo? ¿de verdad piensan que se debe medir de la misma forma a García Harfuch que a Rocha Moya, al general Trevilla que a Fernández Noroña?

En el ámbito de la seguridad vale preguntarse si eso sería posible cuando estamos hablando de un gobierno que al mismo tiempo que ha detenido a más de 30 mil delincuentes y desmantelado todo tipo de laboratorios de drogas, ha decidido no desarticular las redes de complicidad y protección política de los cárteles, evidente en el caso de Rocha Moya o Enrique Inzunza y los demás acusados en Sinaloa. Pero también con el medio centenar de políticos y funcionarios a los que se les ha quitado la visa estadounidense y en las más de 200 investigaciones abiertas contra ellos en la justicia estadounidense.

Estados Unidos, lo hemos dicho aquí muchas veces, no tiene una doble o triple política en estos temas: tiene una misma estrategia que transita por vías alternas para enfrentar una realidad que dista de ser homogénea: somos el principal socio comercial de Estados Unidos, hay enormes cadenas integradas de producción regional, son  millones los ciudadanos estadounidenses que tienen origen mexicano, pero al mismo tiempo los cárteles son los proveedores de drogas que, como el fentanilo, ha matado a cientos de miles de estadounidenses, que fomentan la inmigración ilegal y que son parte de una trama internacional que afecta los intereses estadounidenses en muchas partes del mundo.  El CJNG o lo que fue el Cártel de Sinaloa tienen presencia en más de 40 países en el mundo.

Por supuesto que se buscará con quienes trabajar y a quienes oponerse, en un gobierno y con un partido en el poder que, por más que se diga, exhibe profundas divisiones internas y defiende simultáneamente intereses contradictorios. Colocar todo eso en el terreno de la injerencia es la demostración de como la paranoia se puede apoderar de muchas decisiones institucionales.

La de la injerencia es un narrativa que se queda sin sustento cuando se la quiere manipular de esta forma. Se suma a iniciativas incomprensibles como la de castigar la doble nacionalidad (asumiendo que existen mexicanos de primera y de segunda, incluyendo en ello a millones de paisanos que viven en Estados Unidos y que tienen doble nacionalidad) o la de hacer revisar inversiones por el gabinete de seguridad.

La doble vía, o el doble discurso lamentablemente es parte de nuestra narrativa. No existe la unidad de la que se presume en la 4T, así como la injerencia extranjera es un fantasma que se agita para disimular esas divisiones internas y las insuficiencias de muchas decisiones públicas.

En la política de la administración Trump, guste o no el mandatario estadounidense, hay algo que queda claro: van por la destrucción de las cadenas de complicidad con los grupos criminales. Lo reiteró ayer el embajador Ronald Johnson en un evento con la UIF: “se trata de hacer más efectiva nuestras acciones y unir esfuerzos e ir tras sus recursos (de los carteles) en todas las etapas. La red completa y quienes la facilitan y vamos contra la corrupción. Esa corrupción que aleja inversiones, lastima a los ciudadanos y genera inseguridad”. Que nadie se llame a engaño, es una política estratégica.

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