Montreal ’76, a 50 años: La memoria, los recuerdos

Jesús Martínez Soriano

Montreal, Canadá. Sin duda alguna Montreal tiene un encanto muy especial, entre otras razones por estar considerada como la capital cultural de Canadá y por ser la segunda metrópoli más grande con población francófona en occidente, solo después de París. Para mi, esta fue la primera ciudad canadiense que se quedó grabada en mi memoria, debido a que aquí tuvieron lugar los juegos olímpicos de 1976, que en la televisión de México eran promocionados con una melodía clásica difícil de olvidar, Una quinta de Beethoven, en versión música disco del arreglista y compositor estadounidense Walter Murphy. Lo anterior a pesar de no tener el recuerdo de muchos detalles, ni tampoco de haber tenido la capacidad de dimensionar en ese momento la trascendencia de tal suceso, pues era yo apenas un niño. Por ello mismo, uno de los lugares que tenía yo planeado visitar aquí era el estadio olímpico, al que llego justo en estas fechas en las que se cumplen 50 años de la celebración de los juegos. Para mi sorpresa, atestiguo que la ciudad preserva varios testimonios materiales, fotográficos y videográficos de lo que fue Montreal 76.

Los testimonios

Desde que desciendo del metro en la estación Pie-IX o Pío-IX de la línea 1 del metro, muy cerca de donde se localiza el estadio olímpico, empiezo a identificar el legado de aquella justa deportiva. En los andenes aún permanece una escultura tallada en bronce del logotipo oficial de los juegos olímpicos (los famosos cinco anillos entrelazados), que abarca todo lo alto de la pared, del piso al techo. Posteriormente, camino por el túnel que comunica a esa estación del metro con el estadio; en el trayecto observo pinturas, fotografías y gráficos, todos alusivos a las olimpiadas, entre los que destaca la imagen de la rumana Nadia Comaneci, quien fuera la atleta más destacada en Montreal 76, no solo por haber conquistado 5 medallas: 3 de oro, una de plata y una de bronce, sino también por haber obtenido la primera calificación perfecta de 10 en la gimnasia, contando apenas con 14 años de edad.

De igual forma, ahí se encuentran instaladas varias pantallas en las que son reproducidas escenas de la inauguración, del estadio y de algunas competencias. Más adelante llego hasta donde se encuentra una especie de rotonda o plaza circular, techada con una cúpula transparente y rodeada de carteles y lienzos con datos e imágenes de las olimpiadas, así como de varias columnas, de la que cuelgan diversos pendones con más información y fotografías del mismo tema, clasificada en varias secciones, como: “Preparando el escenario olímpico”, “La visión creativa de 1976”, “La herencia” y “Juegos inolvidables”. En ese espacio, además, permanece resguardada la antorcha olímpica, pintada en color rojo, con el logotipo en blanco de esos juegos, así como pantallas de diferentes tamaños recreando las escenas icónicas de aquella competencia deportiva.

En el mismo complejo visualizo una tienda de souvenirs, casi todo de Montreal 76; a un costado se encuentra una cafetería que luce casi vacía a esa hora de la mañana, 11:30 a.m., en donde ingreso para tomar un café y desayunar algo ligero. Me atiende de manera muy amable una joven que parece de origen francófono, quien me pregunta mi nacionalidad y dice haberme observado contemplando los testimonios ahí exhibidos; le comento el porqué de mi interés en ello y me informa que para el 1 de agosto (fecha en que fueron clausurados los juegos) tendría lugar una ceremonia conmemorativa del 50 aniversario de la justa olímpica, con la presencia de la legendaria Nadia Comaneci, a la cual me invitó a asistir, gesto que le agradecí de forma cordial.

Un estadio que se preserva a pesar de sus múltiples complicaciones

El estadio olímpico ha sido llamado The Big O debido a su forma circular y a la figura del componente de su techo que se asemeja a la letra O; también tiene un parecido a una gigantesca

nave espacial; fue diseñado por el arquitecto francés Roger Taillibert, con un estilo neofuturista, imitando formas de la naturaleza como conchas marinas, plantas y animales. Su elemento más famoso, la torre contigua inclinada, simboliza la modernidad y la innovación técnica de la época, de la cual se suspendería una cubierta retráctil de fibra sintética. Pero quizá pocos saben que esa edificación, iniciada en 1973, experimentó varios retrasos e incluso tuvo que ser inaugurada, sin haber sido terminada, en julio de 1976 debido al inicio de los juegos. En ese momento solo se concluyó lo que es propiamente el estadio, sin la torre inclinada ni el domo retráctil, y no fue sino hasta 1987 cuando la obra quedó totalmente completada.

Sin embargo, dos años más tarde, en 1989, el gran coloso de Montreal sufrió su primer desperfecto, cuando el forro del techo de Kevlar (fibra sintética) se desgarró; posteriormente, en 1991 un vendaval abrió un agujero de 30 por 15 metros, por lo cual la cubierta fue sustituida con materiales más resistentes, ya de manera fija, sin el retráctil. Siete años más tarde, en 1998, la nueva techumbre volvió a colapsar debido al peso de la nieve, por lo que fueron suspendidas todas las actividades de invierno. Para complicar aún más las cosas, en 2012 una losa de concreto de unos 90 metros cuadrados se desprendió de la parte superior del estacionamiento. Los excesivos gastos que conllevaron tanto su construcción como las constantes remodelaciones, provocaron que a dicho estadio se le denominara de manera despectiva the Big Owe, o la gran deuda.  Hay que recordar que el presupuesto original para su construcción fue de 130 millones de dólares, pero el costo al momento de inaugurase en 1976, fue de unos 800 millones, y el precio final, con intereses y múltiples reparaciones, terminó siendo de más de 1,500 millones de dólares, mismos que fueron cubiertos hasta 2006. No obstante todo ese lamentable historial, los gobiernos de la Provincia de Quebec y de la Alcaldía de Montreal, han decidido preservar el estadio olímpico, entre otras cosas debido a lo costoso y complicado que resultaría su demolición, y porque representa un ícono de la arquitectura moderna y es patrimonio de la ciudad de Montreal, iniciando su remodelación en 2024, misma que concluirá en 2028. Su pretensión es convertirlo en un coloso de grandes eventos artísticos, culturales y deportivos.

El legado histórico que algunos buscan preservar y otros parecen dejar en el olvido

Los juegos olímpicos dejan un legado y una historia en cada sede en donde tienen lugar: instalaciones, hazañas deportivas, anécdotas, etcétera, que algunas ciudades buscan preservar de diferentes maneras. Por ejemplo, Tokio, sede olímpica en 1964 y 2020, cuenta con un museo olímpico ubicado frente del Estadio Nacional, en el que se destacan los grandes momentos de esas justas; Ámsterdam, sede de los juegos en 1928, alberga un espacio museístico en su Estadio Olímpico que tiene el mismo propósito. Y qué decir de Montreal, sede de los juegos olímpicos de 1976 que, a pesar de haber adecuado su estadio, primero para fungir como sede del desaparecido equipo de béisbol Expos de Montreal y posteriormente como recinto de diversos evento culturales y artísticos, cuenta con un corredor subterráneo lleno de testimonios de los juegos, como ya lo hemos descrito anteriormente. Mantiene también, en el frente del estadio, sobre el Boulevard Pío-IX, un letrero en color cromado, sobre una base de concreto con fondo en negro, que a la letra dice: Estadio Olímpico de Montreal, y algunos metros atrás, en metal cromado, el logotipo de los juegos olímpicos (los cinco anillo entrelazados) y la base de la llama olímpica. Y al fondo, el coloso luce imponente rodeado de las banderas de los 92 países participantes de aquella justa ondeando en lo más alto.

Pero, por otro lado, existen sedes de las que prácticamente no queda ningún vestigio de esa que es una de las competencias deportivas más importantes a nivel mundial, en el lugar o entorno en donde se llevaron a cabo, como es el caso de la Ciudad de México. Actualmente el Estadio Olímpico, sede de las olimpiadas de 1968, es utilizado casi de manera exclusiva para los encuentros de fútbol soccer del equipo de fútbol de la Universidad Nacional Autónoma de México, la UNAM, sin preservar prácticamente ningún testimonio de aquellas olimpiadas; tampoco en su entorno, en la llamada Ciudad Universitaria, se observa ningún testimonio de los juegos olímpicos que a muchos no nos tocó presenciar, pero cuyas glorias quizá a algunos les  gustaría conocer y recordar. A pesar de lo incomodo que resultan las comparaciones, durante mi recorrido por el parque olímpico de Montreal, no puedo evitar preguntarme ¿Por qué a los mexicanos no parece interesarnos preservar y difundir los testimonios de aquellos 16 días del mes de octubre de 1968, en los que tuvieron lugar las olimpiadas y en los que los ojos del mundo estuvieron puestos en nuestro país?

Compartir:

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *