El hombre que va con el siglo

Hernán León Velasco

Tuxtla Gutiérrez, Chiapas

El 20 de agosto de 1920, en Tuxtla Gutiérrez, nació un niño al que le nombraron Fernán Pavía Farrera. Nadie lo sabía entonces, pero aquel niño traía consigo una tarea que solo el tiempo podía dictar: ser testigo y memoria de un siglo entero.

Su infancia estuvo acompañada por el sonido lejano del jazz, por las imágenes del cine mudo que hablaban en silencios, por el teléfono que multiplicaba voces. También conoció la sombra de la Gran Depresión de 1929, ese terremoto económico que hizo temblar al mundo. Y, ya joven, vio encenderse la Segunda Guerra Mundial: Hiroshima y Nagasaki se volvieron heridas abiertas en la conciencia humana, pero también llegó la Declaración Universal de los Derechos Humanos, como un respiro necesario para creer de nuevo en el hombre.

El joven de aquel tiempo eligió la medicina. Mientras otros se dedicaban a destruir, él optó por sanar. Aprendió que el cuerpo humano no es solo un conjunto de órganos, sino un mapa de esperanzas. Médico cirujano, cronista, escritor, investigador: en cada oficio suyo habitó la pasión por entender y explicar, por mirar y narrar, por curar y dejar testimonio.

Y mientras él avanzaba, el mundo cambiaba a pasos de gigante. Llegaron los antibióticos que transformaron la vida, el ADN que reveló su secreto en espiral, la Luna convertida en destino de astronautas, la computadora personal, el internet que unió a los pueblos en un segundo, las redes sociales que hicieron del instante un escaparate y la inteligencia artificial que hoy crea un mundo paralelo.

Aquí cabe sonreír: el Dr. Pavía ya era médico cuando la penicilina salvó a millones, ya escribía cuando las máquinas apenas aprendían a sumar y, cuando el hombre llegó a la Luna, él ya había alcanzado la cumbre más difícil: mantenerse fiel a su propósito. A sus 105 años no solo guarda la memoria de todo lo vivido: sigue escribiendo y sigue investigando, como si el tiempo, en lugar de desgastarlo, lo hubiera nombrado su cómplice.

Su vida es más que longevidad: es un espejo donde podemos vernos todos. Porque no solo fue testigo de guerras, pandemias, catástrofes y descubrimientos; también fue protagonista de un oficio mayor: el de recordar. Y recordar no es mirar atrás: es encender luz en el presente.

Celebrar al Dr. Pavía es celebrar a la humanidad que sobrevive a sí misma. Es entender que no basta con vivir más de cien años: hay que hacerlo con la conciencia despierta y el espíritu intacto.

Él no cumplió años: cumplió con el siglo.

Y sigue cumpliendo con el tiempo,

por los caminos de Dios.

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